ABRIL
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Acabo de
recibir una invitación para el banquete que esta tarde ofrecerá a los jefes de
la división y de cuerpo el vicecónsul chileno señor Harrison.
Es
necesario comprar un nuevo sombrero para reponer el perdido anoche, cambiar el
pantalón que llevo puesto, pues presenta algunos desperfectos que no se pueden
presentar y dar un quillaizaso al
paletó a fin de que el conjunto disimule en parte los estragos del viaje por el
desierto.
Se ha dado
permiso a la tropa para que en pequeños grupos y a cargo de sus respectivos
oficiales, puedan venir a la población a comprar al comercio las prendas de
vestir y demás artículos que les sean necesarios.
A las 6 P.
M. nos encontramos en casa del señor Adolfo Harrison y momentos después
alrededor de una elegante y bien servida mesa, en cuyo centro se destacan
hermosas piezas montadas, cubiertas de frutas tropicales y ramos de lindas y
perfumadas flores, que llenan el ambiente del recinto donde, junto con
contemplar las ondulaciones del pabellón querido, se respira el aire de la
Patria.
¡Es un
pedazo de Chile, si no es Chile entero aquel que cobija la gloriosa bandera tricolor
y donde se anida la representación del país a quien hoy desgarran las entrañas
un puñado de aventureros que han hecho del agio y de la usura su dios y su ley!
Ocupaban
las cabeceras de la mesa el señor y la señora de Harrison, sentándose a la
derecha de ésta los señores Enrique Villegas, intendente de Antofagasta; N.
Aramayo, comerciante de Tupiza; Luis Sotomayor, comandante de Pontoneros;
Anacleto Lagos, comandante del 4º de línea; Eduardo Kinast; Vicente
Subercaseaux, ayudante del coronel Camus; N. Oviedo, abogado boliviano; y a su
izquierda los señores Hermógenes Camus, Francisco Arraya, sub prefecto de
Tupiza; B. Silva, jefe de Estado Mayor; J. F. Urcullu, comandante del Andes;
José F. Riquelme, comandante de la brigada de Artillería y Santiago Herrera G.,
comandante del Linares.
Al
destaparse la primera botella de champagne, el vicecónsul señor Harrison ofrece
el banquete a los señores Villegas y Camus, deseando que la división que ellos
comandan arribe con feliz éxito a la capital de Chile.
El señor
Arraya bebe por sus huéspedes, los soldados de Chile, por el digno
representante de nuestra nación en Tupiza y por su distinguida esposa.
Don Enrique
Villegas, en sentidas frases, da las gracias al señor Harrison por su
espléndida manifestación, propia de un representante de Chile en el extranjero,
y a la vez agradece los generosos conceptos emitidos por el señor Arraya a
favor de los jefes, oficiales y soldados que están de tránsito en Bolivia.
Dice que
llegando a Chile se apresurará a dar cuenta al Supremo Gobierno de la hermosa
manifestación del señor vicecónsul y de las franquicias que las autoridades y
pueblo bolivianos nos han ofrecido en el trayecto.
El autor de
estos apuntes sigue en el uso de la palabra y pide una copa por el Presidente
de Bolivia representado dignamente por el señor subprefecto y formuló votos por
que más tarde los soldados de aquella nación hermana se confundan en un abrazo
con los soldados de Chile, a fin de marchar siempre unidos para sostener la
preponderancia de la América del Sur.
El coronel
Camus abundando en las ideas emitidas por el señor Villegas se adhiere a los
sentimientos de gratitud expresados por este caballero y agrega que conservará
un recuerdo eterno de su paso con los suyos, por Bolivia y sobre todo por
Tupiza, donde existen personas como los señores Harrison y Arraya.
El
comandante Lagos habla de la mujer y pide una copa por la arrogante matrona y
distinguida esposa de nuestro representante.
Habla el
comandante Herrera Gandarillas y dice que su brindis es por el soldado, no
importa cual sea su nacionalidad ni la bandera por que combate; por el soldado,
que representa en todas partes el honor de la patria, siempre que no vaya a
emplear las armas que se les da para defenderla, en sepultarlas traidoramente
por sus espaldas.
El primer
jefe del batallón Andes, teniente coronel don Juan. F. Urcullu, se pone de pie
e invita a beber una copa por el Excmo. Presidente de la República de Chile,
don José Manuel Balmaceda.
Dice que,
protegido por la bandera tricolor que flamea en las puertas del consulado, no
cree quebrantar las reglas internacionales al traer a colación el recuerdo de
la lucha política que se desarrolla en el seno de la patria. Repite que pide
una copa por el Presidente de Chile, verdadera encarnación del principio
político que domina en el país, por el magistrado de convicciones profundas y
de energía incontrastable, a cuyas órdenes sirve por lealtad y por deber, y
agrega que aguarda el momento de poder trasmontar los Andes para poder
ofrecerle no sólo su espada sino que también la de sus oficiales y soldados, de
cuya adhesión está bien cierto.
El coronel
Camus, adhiriéndose en todo a lo dicho por Urcullu, en elocuentes palabras
traza ligeramente la corta historia de la división de su mando, y dice sentirse
orgulloso de mandar una legión de soldados que, le consta, sabrán mantenerse
firmes al honor de la bandera porque combaten o porque combatirán mañana hasta
morir.
No hay
traidores en nuestras filas, dice en un arranque de noble entusiasmo, y los que
hoy formamos en ellas llegaremos todos a la patria querida, probados en el
crisol del sacrificio y de la lealtad, para que el Excmo. Señor Balmaceda
disponga de nuestra sangre y de nuestras vidas.
El señor
Arraya expresa que, sin mezclarse en la contienda que divide a los hijos de
Chile, admira y aplaude a los individuos que forman la división Camus quienes,
fieles a la idea que sirven, han emprendido una marcha casi sin precedentes en
la historia del mundo y comparable sólo a la que Napoleón I hizo para llegar a
la frontera de Rusia.
Nuevamente
hablaron los señores Oviedo, Herrera G., Kinast, Lagos, Camus y Arraya, este
último diciendo que ha dado oportuna cuenta a su Gobierno y a las autoridades
argentinas del modo y forma como la división chilena ejecuta su paso por el
territorio boliviano, sin haber dado ocasión al menor reclamo ni a la más
insignificante queja, lo que acusa la nobleza y disciplina de los individuos
que la componen. No es, señores, dice, una tropa de desalmados que debía venir talando
los campos, incendiando los pueblos y violando a las mujeres, como se propaló
en Tupiza por elementos extraños, la que hoy tengo el honor de albergar en el
suelo de la provincia de mi mando, sino, al contrario, una agrupación de
hombres de honor a quienes, azares de la vida política han arrojado a extraño
territorio, pero territorio hermano donde habrán de encontrar cuanto me sea
posible proporcionarles a fin de hacerles más llevaderos los sufrimientos de la
penosa travesía.
El señor
vicecónsul da por terminado el banquete saludando a sus huéspedes y al
representante del poder constitucional en Chile, Excmo. Señor Presidente de la
República don José Manuel Balmaceda.
La banda de
músicos del regimiento Buin 1º de línea que había concurrido para amenizar esta
simpática y patriótica fiesta, tocó las más brillantes piezas de su repertorio,
rompiendo con entusiastas pasos dobles y las Canciones Nacional y de Yungay, al
finalizar cada uno de los brindis apuntados, los que fueron aplaudidos
frenéticamente, con especialidad de los señores Villegas, Camus, Arraya y
Urcullu.
Al salir de
la casa del señor Harrison fuimos invitados a la del subprefecto, donde, en
grata y placentera charla, permanecimos hasta las dos de la madrugada del
siguiente día, recibiendo las interminables manifestaciones de aprecio de tan
distinguido funcionario.
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El señor
Harrison, vicecónsul de Chile, ofrece un nuevo banquete en su casa habitación a
los señores jefes de cuerpo y ayudantes de la división. Me dicen que en éste, como
en el del día anterior, se pronunciaron entusiastas y elocuentes brindis. Los
concurrentes sólo tienen palabras de elogio para el honorable anfitrión.
El señor
Eduardo Hausen y su amable esposa continúan prodigándonos sus atenciones. Hoy
hemos comido varios en su casa y algunos han aceptado tan hospitalario techo.
Esto nos libra de las aventuras del principal
hotel de Tupiza.
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El
subprefecto Arraya nos invita a muchos de los que vivimos fuera de su casa,
para almorzar y comer. Se trata del día del natalicio del Presidente de
Bolivia, doctor don Aniceto Arce.
El almuerzo
y comida remedan banquetes de primera clase, donde se beben los más exquisitos
licores y se saborean riquísimas viandas.
La
población se ha vestido de gala y por todas partes flamea la bandera de
Bolivia.
Las tropas
nuestras cruzan la población en diversas direcciones, proveyéndose de prendas
de vestir y artículos alimenticios, y sus habitantes contemplan admirados la
gentil apostura de nuestros sufridos soldados.
Los soldados
bolivianos van del brazo con muchos de ellos y los obsequian a porfía.
¡Imitan
dignamente a su jefe superior el señor Arraya!
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A las 8 A.
M. se levanta el campamento y la división cruza la ciudad siguiendo su
peregrinación.
Los
habitantes de Tupiza cubren ambas aceras de la calle del Comercio para
presenciar el desfile de nuestros valientes soldados.
La guardia
nacional, armas al brazo, marcha a vanguardia como avanzada de honor hasta la
salida de la ciudad, donde es despedida por los nuestros con un atronador viva
a Bolivia.
Los
comerciantes tupizanos que nos han acompañado hasta allí, me dicen que ven
partir con sentimiento a la brillante División Camus, pues ella había abierto
un paréntesis a la monotonía que venían sufriendo las transacciones desde
tiempo atrás, con los buenos pesos y las buenas ganancias que ella les dejara.
Todavía
almorzamos algunos, una vez más, en casa del señor Hausen y, al consignar por
última vez su nombre en estos apuntes, quede constancia de la gratitud por las
atenciones que inmerecidamente me prodigaron él y su simpática esposa.
El
subprefecto Arraya no quiere despedirse todavía de nosotros, y después de
sentar a su mesa por postrera vez a los jefes de nuestra división, monta a
caballo para acompañarnos hasta la frontera argentina.
Durante el
día hemos atravesado por los caseríos de Tonrata, Santa Rosa y Suipacha,
llegando a Nazareno a las 7 P. M., donde debemos pernoctar.
La
naturaleza, siempre majestuosa y llena de caprichos, nos ha mostrado en el
trayecto obras sin igual: empinados desfiladeros cortados a pico, sobre cuyo
fondo se arrastran mansamente las aguas de un río, montañas inmensas, arenales
infinitos, aquí aridez, allá vegetación exuberante y más allá el río Suipacha con sus vueltas y
revueltas que hacían dificultoso el paso de la tropa.
Nazareno es
un pequeño caserío habitado por cerca de trescientos indígenas que se ocupan en
el cultivo de la alfalfa y del maíz, principales y casi únicas producciones de
su suelo.
Los vecinos
del lugarejo, apenas llegada la división, nos ofrecieron en abundancia pan,
frutas, chicha y causcos que
expendieron, con no despreciable provecho, en muy cortos momentos.
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Emprendimos
la marcha a las 7 A. M. y llegamos a las 4.30 P. M. a Mojo, término de la jornada
en este día.
En el
trayecto y en los caseríos de Humacha, Yuruma y Moraya, el vecindario nos ha
salido al encuentro para vendernos pan, huevos cocidos y otros comestibles que
se agotaban al paso.
La división
viene bien socorrida, los bolivianos lo saben o lo calculan y aprovechan el
paso, nunca visto por ellos, de más de 2.000 hombres para hacer su negocio. ¡Y
a fe que lo han hecho bonito! ¡No pueden quejarse!
He visto
mujeres ancianas llorando de alegría y bendiciendo a los chilenos que tanto consumen y que tan rumbosos son para la
paga.
Los que no
han alcanzado a expender todas sus mercancías, en la marcha nos han seguido a
retaguardia y aquí se han lamentado de no haber traído más.
-Quien
hubiera sabido Viracocha (caballero)
que los chilenos eran tan generosos y venían con tanta plata para haber tenido
más chichita, me decía un indio del lugar a quien los nuestros le habían
consumido algunas botijas de la jora.
Mojo, fundo
de propiedad de don Juan Escalier, Corregidor del lugar, produce como los demás
de la zona de Tupiza, alfalfa, maíz, y en pequeña cantidad trigo, cebada, habas
y papas, que sirven para el consumo de los minerales de Bolivia.
Una buena
señora nos ofrece su ranchito para pasar la noche, que aceptamos con los
debidos agradecimientos yo y algunos de los compañeros favorecidos.
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Después de
caminar diez horas consecutivas, llegamos a las 3.30 P. M. a Matancilla, otro
fundo de propiedad del señor Escalier, postrer alojamiento que tendremos en el
suelo de Bolivia.
Mañana a primera
hora debemos traspasar la frontera argentina.
Hoy se han
recibido comunicaciones del cónsul chileno en Salta, un señor Huerta, diciendo
que el gobernador de aquella provincia argentina exige (¿?) que la división
marche en dirección a ella, camino de la quebrada de León, en vez de la vía de
Jujuy, que es la adoptada por nuestros jefes como más fácil y abundante de
recursos.
En la
travesía indicada por el cónsul Huerta tendríamos una jornada de quince leguas
sin agua, lo que necesariamente habría de causar la pérdida de la mitad a lo
menos de nuestros soldados, y en vista de ello los jefes, con aplauso general,
se deciden por la ruta designada de antemano.
No
comprendo cómo el señor Huerta, antiguo vecino de Salta y conocedor de las
pampas argentinas, haya podido ofrecer a los señores Villegas y Camus una vía
tan peligrosa y difícil de atravesar como la quebrada de León.
¡Sólo lo
acepto como cosas del tiempo o... como cosas de la revolución!
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