domingo, 29 de noviembre de 2015

UN BANQUETE EN LAS ALTURAS

ABRIL 15

Acabo de recibir una invitación para el banquete que esta tarde ofrecerá a los jefes de la división y de cuerpo el vicecónsul chileno señor Harrison.

Es necesario comprar un nuevo sombrero para reponer el perdido anoche, cambiar el pantalón que llevo puesto, pues presenta algunos desperfectos que no se pueden presentar y dar un quillaizaso al paletó a fin de que el conjunto disimule en parte los estragos del viaje por el desierto.

Se ha dado permiso a la tropa para que en pequeños grupos y a cargo de sus respectivos oficiales, puedan venir a la población a comprar al comercio las prendas de vestir y demás artículos que les sean necesarios.

A las 6 P. M. nos encontramos en casa del señor Adolfo Harrison y momentos después alrededor de una elegante y bien servida mesa, en cuyo centro se destacan hermosas piezas montadas, cubiertas de frutas tropicales y ramos de lindas y perfumadas flores, que llenan el ambiente del recinto donde, junto con contemplar las ondulaciones del pabellón querido, se respira el aire de la Patria.

¡Es un pedazo de Chile, si no es Chile entero aquel que cobija la gloriosa bandera tricolor y donde se anida la representación del país a quien hoy desgarran las entrañas un puñado de aventureros que han hecho del agio y de la usura su dios y su ley!

Ocupaban las cabeceras de la mesa el señor y la señora de Harrison, sentándose a la derecha de ésta los señores Enrique Villegas, intendente de Antofagasta; N. Aramayo, comerciante de Tupiza; Luis Sotomayor, comandante de Pontoneros; Anacleto Lagos, comandante del 4º de línea; Eduardo Kinast; Vicente Subercaseaux, ayudante del coronel Camus; N. Oviedo, abogado boliviano; y a su izquierda los señores Hermógenes Camus, Francisco Arraya, sub prefecto de Tupiza; B. Silva, jefe de Estado Mayor; J. F. Urcullu, comandante del Andes; José F. Riquelme, comandante de la brigada de Artillería y Santiago Herrera G., comandante del Linares.

Al destaparse la primera botella de champagne, el vicecónsul señor Harrison ofrece el banquete a los señores Villegas y Camus, deseando que la división que ellos comandan arribe con feliz éxito a la capital de Chile.

El señor Arraya bebe por sus huéspedes, los soldados de Chile, por el digno representante de nuestra nación en Tupiza y por su distinguida esposa.

Don Enrique Villegas, en sentidas frases, da las gracias al señor Harrison por su espléndida manifestación, propia de un representante de Chile en el extranjero, y a la vez agradece los generosos conceptos emitidos por el señor Arraya a favor de los jefes, oficiales y soldados que están de tránsito en Bolivia.

Dice que llegando a Chile se apresurará a dar cuenta al Supremo Gobierno de la hermosa manifestación del señor vicecónsul y de las franquicias que las autoridades y pueblo bolivianos nos han ofrecido en el trayecto.

El autor de estos apuntes sigue en el uso de la palabra y pide una copa por el Presidente de Bolivia representado dignamente por el señor subprefecto y formuló votos por que más tarde los soldados de aquella nación hermana se confundan en un abrazo con los soldados de Chile, a fin de marchar siempre unidos para sostener la preponderancia de la América del Sur.

El coronel Camus abundando en las ideas emitidas por el señor Villegas se adhiere a los sentimientos de gratitud expresados por este caballero y agrega que conservará un recuerdo eterno de su paso con los suyos, por Bolivia y sobre todo por Tupiza, donde existen personas como los señores Harrison y Arraya.

El comandante Lagos habla de la mujer y pide una copa por la arrogante matrona y distinguida esposa de nuestro representante.

Habla el comandante Herrera Gandarillas y dice que su brindis es por el soldado, no importa cual sea su nacionalidad ni la bandera por que combate; por el soldado, que representa en todas partes el honor de la patria, siempre que no vaya a emplear las armas que se les da para defenderla, en sepultarlas traidoramente por sus espaldas.

El primer jefe del batallón Andes, teniente coronel don Juan. F. Urcullu, se pone de pie e invita a beber una copa por el Excmo. Presidente de la República de Chile, don José Manuel Balmaceda.

Dice que, protegido por la bandera tricolor que flamea en las puertas del consulado, no cree quebrantar las reglas internacionales al traer a colación el recuerdo de la lucha política que se desarrolla en el seno de la patria. Repite que pide una copa por el Presidente de Chile, verdadera encarnación del principio político que domina en el país, por el magistrado de convicciones profundas y de energía incontrastable, a cuyas órdenes sirve por lealtad y por deber, y agrega que aguarda el momento de poder trasmontar los Andes para poder ofrecerle no sólo su espada sino que también la de sus oficiales y soldados, de cuya adhesión está bien cierto.

El coronel Camus, adhiriéndose en todo a lo dicho por Urcullu, en elocuentes palabras traza ligeramente la corta historia de la división de su mando, y dice sentirse orgulloso de mandar una legión de soldados que, le consta, sabrán mantenerse firmes al honor de la bandera porque combaten o porque combatirán mañana hasta morir.

No hay traidores en nuestras filas, dice en un arranque de noble entusiasmo, y los que hoy formamos en ellas llegaremos todos a la patria querida, probados en el crisol del sacrificio y de la lealtad, para que el Excmo. Señor Balmaceda disponga de nuestra sangre y de nuestras vidas.

El señor Arraya expresa que, sin mezclarse en la contienda que divide a los hijos de Chile, admira y aplaude a los individuos que forman la división Camus quienes, fieles a la idea que sirven, han emprendido una marcha casi sin precedentes en la historia del mundo y comparable sólo a la que Napoleón I hizo para llegar a la frontera de Rusia.

Nuevamente hablaron los señores Oviedo, Herrera G., Kinast, Lagos, Camus y Arraya, este último diciendo que ha dado oportuna cuenta a su Gobierno y a las autoridades argentinas del modo y forma como la división chilena ejecuta su paso por el territorio boliviano, sin haber dado ocasión al menor reclamo ni a la más insignificante queja, lo que acusa la nobleza y disciplina de los individuos que la componen. No es, señores, dice, una tropa de desalmados que debía venir talando los campos, incendiando los pueblos y violando a las mujeres, como se propaló en Tupiza por elementos extraños, la que hoy tengo el honor de albergar en el suelo de la provincia de mi mando, sino, al contrario, una agrupación de hombres de honor a quienes, azares de la vida política han arrojado a extraño territorio, pero territorio hermano donde habrán de encontrar cuanto me sea posible proporcionarles a fin de hacerles más llevaderos los sufrimientos de la penosa travesía.

El señor vicecónsul da por terminado el banquete saludando a sus huéspedes y al representante del poder constitucional en Chile, Excmo. Señor Presidente de la República don José Manuel Balmaceda.

La banda de músicos del regimiento Buin 1º de línea que había concurrido para amenizar esta simpática y patriótica fiesta, tocó las más brillantes piezas de su repertorio, rompiendo con entusiastas pasos dobles y las Canciones Nacional y de Yungay, al finalizar cada uno de los brindis apuntados, los que fueron aplaudidos frenéticamente, con especialidad de los señores Villegas, Camus, Arraya y Urcullu.

Al salir de la casa del señor Harrison fuimos invitados a la del subprefecto, donde, en grata y placentera charla, permanecimos hasta las dos de la madrugada del siguiente día, recibiendo las interminables manifestaciones de aprecio de tan distinguido funcionario.


ABRIL 16

El señor Harrison, vicecónsul de Chile, ofrece un nuevo banquete en su casa habitación a los señores jefes de cuerpo y ayudantes de la división. Me dicen que en éste, como en el del día anterior, se pronunciaron entusiastas y elocuentes brindis. Los concurrentes sólo tienen palabras de elogio para el honorable anfitrión.

El señor Eduardo Hausen y su amable esposa continúan prodigándonos sus atenciones. Hoy hemos comido varios en su casa y algunos han aceptado tan hospitalario techo. Esto nos libra de las aventuras del principal hotel de Tupiza.


ABRIL 17

El subprefecto Arraya nos invita a muchos de los que vivimos fuera de su casa, para almorzar y comer. Se trata del día del natalicio del Presidente de Bolivia, doctor don Aniceto Arce.

El almuerzo y comida remedan banquetes de primera clase, donde se beben los más exquisitos licores y se saborean riquísimas viandas.

La población se ha vestido de gala y por todas partes flamea la bandera de Bolivia.

Las tropas nuestras cruzan la población en diversas direcciones, proveyéndose de prendas de vestir y artículos alimenticios, y sus habitantes contemplan admirados la gentil apostura de nuestros sufridos soldados.

Los soldados bolivianos van del brazo con muchos de ellos y los obsequian a porfía.

¡Imitan dignamente a su jefe superior el señor Arraya!


ABRIL 18

A las 8 A. M. se levanta el campamento y la división cruza la ciudad siguiendo su peregrinación.

Los habitantes de Tupiza cubren ambas aceras de la calle del Comercio para presenciar el desfile de nuestros valientes soldados.

La guardia nacional, armas al brazo, marcha a vanguardia como avanzada de honor hasta la salida de la ciudad, donde es despedida por los nuestros con un atronador viva a Bolivia.

Los comerciantes tupizanos que nos han acompañado hasta allí, me dicen que ven partir con sentimiento a la brillante División Camus, pues ella había abierto un paréntesis a la monotonía que venían sufriendo las transacciones desde tiempo atrás, con los buenos pesos y las buenas ganancias que ella les dejara.

Todavía almorzamos algunos, una vez más, en casa del señor Hausen y, al consignar por última vez su nombre en estos apuntes, quede constancia de la gratitud por las atenciones que inmerecidamente me prodigaron él y su simpática esposa.

El subprefecto Arraya no quiere despedirse todavía de nosotros, y después de sentar a su mesa por postrera vez a los jefes de nuestra división, monta a caballo para acompañarnos hasta la frontera argentina.

Durante el día hemos atravesado por los caseríos de Tonrata, Santa Rosa y Suipacha, llegando a Nazareno a las 7 P. M., donde debemos pernoctar.

La naturaleza, siempre majestuosa y llena de caprichos, nos ha mostrado en el trayecto obras sin igual: empinados desfiladeros cortados a pico, sobre cuyo fondo se arrastran mansamente las aguas de un río, montañas inmensas, arenales infinitos, aquí aridez, allá vegetación exuberante y más  allá el río Suipacha con sus vueltas y revueltas que hacían dificultoso el paso de la tropa.

Nazareno es un pequeño caserío habitado por cerca de trescientos indígenas que se ocupan en el cultivo de la alfalfa y del maíz, principales y casi únicas producciones de su suelo.

Los vecinos del lugarejo, apenas llegada la división, nos ofrecieron en abundancia pan, frutas, chicha y causcos que expendieron, con no despreciable provecho, en muy cortos momentos.

ABRIL 19

Emprendimos la marcha a las 7 A. M. y llegamos a las 4.30 P. M. a Mojo, término de la jornada en este día.

En el trayecto y en los caseríos de Humacha, Yuruma y Moraya, el vecindario nos ha salido al encuentro para vendernos pan, huevos cocidos y otros comestibles que se agotaban al paso.

La división viene bien socorrida, los bolivianos lo saben o lo calculan y aprovechan el paso, nunca visto por ellos, de más de 2.000 hombres para hacer su negocio. ¡Y a fe que lo han hecho bonito! ¡No pueden quejarse!

He visto mujeres ancianas llorando de alegría y bendiciendo a los chilenos que tanto consumen y que tan rumbosos son para la paga.

Los que no han alcanzado a expender todas sus mercancías, en la marcha nos han seguido a retaguardia y aquí se han lamentado de no haber traído más.

-Quien hubiera sabido Viracocha (caballero) que los chilenos eran tan generosos y venían con tanta plata para haber tenido más chichita, me decía un indio del lugar a quien los nuestros le habían consumido algunas botijas de la jora.

Mojo, fundo de propiedad de don Juan Escalier, Corregidor del lugar, produce como los demás de la zona de Tupiza, alfalfa, maíz, y en pequeña cantidad trigo, cebada, habas y papas, que sirven para el consumo de los minerales de Bolivia.

Una buena señora nos ofrece su ranchito para pasar la noche, que aceptamos con los debidos agradecimientos yo y algunos de los compañeros favorecidos.


ABRIL 20

Después de caminar diez horas consecutivas, llegamos a las 3.30 P. M. a Matancilla, otro fundo de propiedad del señor Escalier, postrer alojamiento que tendremos en el suelo de Bolivia.

Mañana a primera hora debemos traspasar la frontera argentina.

Hoy se han recibido comunicaciones del cónsul chileno en Salta, un señor Huerta, diciendo que el gobernador de aquella provincia argentina exige (¿?) que la división marche en dirección a ella, camino de la quebrada de León, en vez de la vía de Jujuy, que es la adoptada por nuestros jefes como más fácil y abundante de recursos.

En la travesía indicada por el cónsul Huerta tendríamos una jornada de quince leguas sin agua, lo que necesariamente habría de causar la pérdida de la mitad a lo menos de nuestros soldados, y en vista de ello los jefes, con aplauso general, se deciden por la ruta designada de antemano.

No comprendo cómo el señor Huerta, antiguo vecino de Salta y conocedor de las pampas argentinas, haya podido ofrecer a los señores Villegas y Camus una vía tan peligrosa y difícil de atravesar como la quebrada de León.


¡Sólo lo acepto como cosas del tiempo o... como cosas de la revolución!

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