MARZO
27
Al amanecer
regresan a sus cuarteles las tropas que anoche salieron fuera de la población.
El enemigo no se presentó.
Llega un piquete
del Buin y los Gendarmes de Antofagasta, que estaban destacados en Sierra
Gorda.
Varios
trenes artillados con fuerzas enemigas habían tratado de llegar a ese punto,
pero no pudieron ejecutarlo por encontrar obstáculos en la vía férrea en
algunas partes y por haber sido destruida en otras.
En consejo
de oficiales generales se acuerda evacuar la plaza de Calama y a las 2 P. M.
está toda la División fuerte de 2.200 hombres en la estación del ferrocarril.
Comienza a
efectuarse esta operación con todo orden y regularidad.
A las 4 P.
M. sale el primer convoy, a las 5 el segundo y a las 9 el último. En éste
marchan el Intendente de Antofagasta, señor Enrique Villegas y todos los
empleados civiles.
La
caballería ha salido a las 7 P. M. para San Pedro de Atacama, llevando además
algunas carretas con víveres, caballos y mulas en regular número.
MARZO
28
Al amanecer
llegamos a Acotan después de haber atravesado durante la noche las estaciones
de Cere, Conchi, San Pedro y Polapi y el famoso puente del Loa, que es
considerado como uno de los más altos del mundo.
El frío que
hace es terrible y que menos, si estamos al pie de la cordillera y a no menos
de 16,000 sobre el nivel del mar.
El
castañeteo de los dientes forma una música especial y todos se preocupan de
encender pequeñas fogatas para calentar los entumecidos miembros. El té, el
café y la simple agua caliente se sirven en profusión y posee un tesoro el que
cuenta con unas pocas cucharadas siquiera de aquellos refrigerantes líquidos.
A las 8. A.
M. El pito de las locomotoras anuncia que nos ponemos en marcha y, durante el
trayecto que nos separa la de la estación de Ollagua, nos es dado contemplar la
obra majestuosa de la naturaleza, divisando aquí páramos inmensos, allá las
hermosas lagunas de Ascotán y Carcote, a todos lados los Andes soberbios,
coronados de perpetuas nieves y en medio de ellos la inmensa espiral de humo y
fuego que arroja por su cráter el volcán Ollagua.
A las 11 A.
M. llegamos a la estación de este nombre, después de cruzar y detenernos
momentáneamente en la de Cebollar.
Aquí nos
anuncian que debemos esperar la llegada de dos representantes del sub.-prefecto
de Uyuni, coronel don Adolfo Flores, que son portadores de instrucciones del
Gobierno boliviano con referencia al paso de nuestra división por el territorio
de aquella nación.
En efecto,
a las 7 P. M. llegan el comandante don Casto Julio Suárez y don Zacarías
González, secretario éste del coronel Flores.
MARZO
29
Amanecimos
en Ollagua esperando la llegada del último convoy que había quedado en Ascotán.
En la
conferencia habida entre los delegados bolivianos y los señores Enrique
Villegas y coronel Camus, se ha acordado que el desarme de nuestras fuerzas
tenga lugar en esta estación, última en territorio chileno, y que la entrega de
armamento habrá de efectuarse en la ciudad de Pulacayo.
Comienza a
efectuarse la operación del desarme después de haberse leído la siguiente orden
del día: “Señores jefes, oficiales y soldados de la división de Antofagasta:
No
existiendo los elementos necesarios para batir a los enemigos de la Patria y de
la Constitución en este territorio, necesitamos volver al centro de la
República para prestar con verdadero provecho nuestros servicios al Supremo
Gobierno.
Para ello
se hace preciso atravesar por territorio extranjero; y bien sabéis que uno de
los principios más sagrados del Derecho Internacional es respetar la soberanía
y la ley general de las naciones en virtud de la cual es absolutamente
prohibido introducir tropas armadas en territorio neutral y amigo.
Vamos a
depositar nuestras armas en manos honradas y nobles cuya cortesía y facilidades
para nuestro cómodo tránsito han comprometido nuestra gratitud, y volveremos a
tomarlas en nuestra hermosa capital a fin de cooperar, con toda la energía de
nuestra alma, al restablecimiento de la paz, en mala hora ultrajada por hijos
descarriados.
No se os ha
presentado por ahora la oportunidad de poner a prueba vuestra bravura y lealtad
a favor de la República; sin embargo de que también se necesita fuerza de
voluntad para dominar, aunque sea por corto tiempo, la ansiedad que el amor de
la Patria os inspira para batiros en su honor; pero si hacemos con paciencia,
orden y entusiasmo la travesía hasta arribar la división en perfecto estado de
disciplina y valor a nuestra capital, encontraréis muchas y brillantes
oportunidades para manifestar a S. E. El Presidente de la República que vuestro
honor, lealtad y amor a nuestras sagradas leyes han ocupado y siguen ocupando
un lugar preferente en vuestros honrados y valientes pechos.
Vuestra
conducta en el desierto ha sido digna de los soldados chilenos y espero
confiadamente de vuestro patriotismo y virtudes cívicas que la orden del día
que se dará a nuestra llegada al centro de la República será escuchada por los
mismos valientes ciudadanos a quienes se dirige la presente, sin que falte uno
solo a esta cita de honor, para que continuéis dando a la Patria días de gloria
y de ventura.
Vuestro
jefe y amigo
H.
CAMUS
No han
faltado en este acto sus notas discordantes.
Algunos
oficiales y alguien con honores de jefe, ignorando por completo el derecho de
soberanía de las naciones, desconociendo en absoluto las leyes que reglan las
relaciones internacionales de los países, han pretendido romper sus espadas
para no depositarlas en manos de un gobierno amigo.
¡Bien dice
quien dice que Don Quijote, a pesar de haber muerto célibe, dejó numerosos
descendientes!
A las 2.50
P. M. un convoy conduciendo el armamento y a los señores Villegas, Camus,
ayudantes de Estado Mayor y algunos empleados civiles, se pone en marcha hacia
la estación de Chiguana, primera del territorio boliviano, donde nos
aguarda el coronel Flores, subprefecto
de la provincia de Uyuni.
A las 8 en
punto atravesamos la raya que separa a Chile de Bolivia y todos a la vez damos
un adiós silencioso a la Patria querida.
A las 3.40
P. M. se ofrece a nuestra vista, flameando sobre elevado mástil la bandera del
iris, la bandera de Bolivia, cuyos pliegues, flotando al viento, nos envían
cariñoso y fraternal saludo.
Estamos en
Chiguana y, al detenerse el tren, descendimos los viajeros, al mismo tiempo que
la “Columna Uyuni”, compuesta de cuarenta individuos de tropa, al mando de su
jefe el sargento mayor don Simón Colodro, formada en batalla a lo largo del
andén tercia sus rifles, ofreciéndonos con este saludo militar una prueba más
de la favorable acogida que nos aguarda.
El coronel
don Adolfo Flores, vestido de rigurosa parada, nos sale al encuentro para
ofrecernos un corto descanso y algunos refrescos.
Igual cosa
hace el comandante Suárez invitándonos a beber una copa en un carro-cantina de
campaña.
Allí el
sargento mayor don Alejandro Bustamante, pidió a sus compañeros de expedición
saludar, copa en mano, al noble y generoso pueblo boliviano, agradeciendo la
franca hospitalidad que nos ofrece. Las elocuentes y patrióticas frases del
mayor Bustamante fueron aplaudidas con frenético entusiasmo.
Con no
menos elocuencia contestó el comandante Suárez, agradeciendo la manifestación
que se hacía al pueblo de Bolivia, el cual, olvidando pasados rencores, abría
cariñoso sus brazos a los hijos de la nación hermana, ofreciéndole franco paso
por su territorio en los momentos en que, azares de la vida política, lo habían
arrojado a él.
Con unísonos vivas a Bolivia y Chile terminó
esta corta pero significativa manifestación de la confraternidad internacional.
Mientras
tanto los señores Flores, Camus y Villegas han pactado la entrega en depósito
del armamento de la división en la ciudad de Pulacayo, donde habrá de recibirlo
el delegado ad hoc del Supremo
Gobierno de Bolivia, don Guillermo Leiton.
Arriada la
bandera boliviana, se embarcan en el convoy nuestros jefes, el coronel Flores y
sus ayudantes y la “Columna Uyuni”, para seguir hasta la ciudad de este nombre,
asiento de la subprefectura.
A las 7 P.
M. nos detenemos un instante en la estación de Julaca y a las 10 P. M. llegamos
a la de Uyuni, donde la guardia nacional de esta ciudad nos espera con armas
terciadas. Enseguida marchamos al hotel Baubillard, donde se nos esperaba con
una excelente comida.
Recibiendo
las manifestaciones que nos prodigaban a porfía las autoridades, jefes
militares y respetables vecinos de la ciudad, penetra al gran comedor del hotel
un individuo en completo estado de ebriedad y nos lanza una andanada de los más
torpes insultos, de los más crasos dicterios. Un compañero trata de castigar
con sus puños al insolente, pero la policía de Uyuni no le da tiempo, pues lo
atrapa y lo hace conducir al cuartel a dormir la soberana mona.
Averiguando
quién es él, nos dicen que es un chileno de apellido González, zángano de
profesión, recién llegado de Iquique para hacer propaganda revolucionaria.
¡Buen tipo
de revolucionario es el tal González! ¡Cómo todos ellos! Trayendo a colación
mis recuerdos, saco en limpio que había conocido al González en Iquique,
desempeñando cierto papel en cierta casa
de las muchas que abundan en aquella ciudad, emporio del salitre y del yodo.
El
alojamiento es difícil en el hotel: todos los cuartos están ocupados, y aunque
muchos de los vecinos de la localidad han ofrecido sus propias habitaciones a
nuestros compañeros, yo me he quedado sin lecho donde recostar mi larga y
estropeada humanidad.
Un alojado
del hotel, el señor Carlos E. Moore, agente viajero de la casa Aramayo, Francke
y Cª, chileno de nacionalidad, ha oído tal vez mis quejas y se acerca generoso
para ofrecerme su propio cuarto y su propia cama, que acepto después de mil
excusas.
El señor
Moore me dice “que tiene placer en auxiliar, aunque de escaso modo, a un partidario
de la causa del orden de su patria, a un servidor del Excmo. Señor Balmaceda, a
quien profesa respetuosa veneración por su actitud digna y levantada en la
situación a que lo han arrastrado los malos hijos de Chile”.
Esta
espontánea y leal manifestación del señor Moore me compensa de sobra el mal
rato que pasara oyendo las torpes injurias del ciudadano González.
MARZO
30
En la
madrugada de hoy se ha hecho la entrega del armamento en Pulacayo. Esta
operación se ha ejecutado bajo la inmediata dirección del teniente coronel don
Nicanor Donoso, comisionado al efecto.
Se designa
como campamento para la tropa el lugarejo denominado “Posta Vieja”, a 5
kilómetros de Uyuni.
Comienzan a
llegar a él los distintos cuerpos que forman la división.
A la hora
de almuerzo, el ciudadano González, el revolucionario de la noche anterior,
vuelve a molestarnos con sus injurias soeces y su habitual lenguaje de taberna.
La policía,
que le acababa de dar suelta, lo mete nuevamente a chirona.
He salido a
recorrer la población que es de reciente data, pues sólo se inauguró
oficialmente el 6 de agosto de 1889.
Levantada
sobre una vasta planicie, sus edificios que ocupan hasta hoy un perímetro de
cuatro a cinco cuadras, son construidos de piedras y cal en su mayor parte y están
destinados a casas de comercio, de las cuales hay algunas de importancia.
Los
edificios destinados a estación del ferrocarril y habitaciones del personal de
empleados, son de madera y su aspecto elegantísimo.
La ciudad
de Uyuni, capital de la provincia de Porco, del departamento de Potosí, no
tiene vida propia y se mantiene con las transacciones que le procuran los
asientos mineros de Huanchaca, San Cristóbal de Lipez y algunos pueblos
indígenas del interior.
La mayor
parte de la población de Uyuni es extranjera, descollando en número los
chilenos, empleados y trabajadores en las diversas secciones del ferrocarril de
Huanchaca.
Unos
cuantos de éstos, con sus pretendidos sentimientos revolucionarios, nos
molestan a cada momento y procuran, por todos los medios a su alcance, hacer
que la tropa nuestra se regrese a Antofagasta para servir en las filas de los
sublevados.
¡Pretensión
inútil, pues los soldados nuestros saben a quién sirven, tienen conciencia de
sus actos y no permitirán jamás que se les tilde con el apodo de traidores!
Noté que en
Uyuni, población ya numerosa en habitantes, no hay un solo médico ni un mal
botiquín y no comprendo cómo no se le ha dotado aún de tan indispensables
servicios.
Aquí nos
encontramos con una grave dificultad para efectuar nuestras transacciones de
hospedaje y abastecimiento. El billete chileno, recibido con alguna dificultad,
sólo vale la mitad de su precio efectivo, pues en Bolivia circula la plata
sellada de 9 décimos de fino y el billete, que también lo hay, se cotiza a la
par de la plata.
Aparte de
la enorme diferencia de cambio que tiene nuestra moneda, los precios de las
mercaderías son exorbitantes. Por ejemplo, un par de zapatos de pacotilla vale
10 a 12 bolivianos, o sea 20 a 24 pesos chilenos; un atado de cigarros chilenos
20 centavos de boliviano, o sea, 40 centavos de nuestra moneda y así los demás
artículos, ya sean de consumo o prendas de vestir.
A este paso
la renta que disfrutamos viene a quedar reducida a su más simple expresión.
Estimado Eduardo: Me interesa ubicar otros antecedentes de Eduardo Kinast, como editor de El Padre Padilla y luego de otros periódicos de caricatura.
ResponderEliminarEscribir a mgarcia@arayaygarcia.cl
Estimado Eduardo: Me interesa ubicar otros antecedentes de Eduardo Kinast, como editor de El Padre Padilla y luego de otros periódicos de caricatura.
ResponderEliminarEscribir a mgarcia@arayaygarcia.cl