domingo, 29 de noviembre de 2015

BIENVENIDOS A BOLIVIA

MARZO 27

Al amanecer regresan a sus cuarteles las tropas que anoche salieron fuera de la población. El enemigo no se presentó.

Llega un piquete del Buin y los Gendarmes de Antofagasta, que estaban destacados en Sierra Gorda.

Varios trenes artillados con fuerzas enemigas habían tratado de llegar a ese punto, pero no pudieron ejecutarlo por encontrar obstáculos en la vía férrea en algunas partes y por haber sido destruida en otras.

En consejo de oficiales generales se acuerda evacuar la plaza de Calama y a las 2 P. M. está toda la División fuerte de 2.200 hombres en la estación del ferrocarril.

Comienza a efectuarse esta operación con todo orden y regularidad.

A las 4 P. M. sale el primer convoy, a las 5 el segundo y a las 9 el último. En éste marchan el Intendente de Antofagasta, señor Enrique Villegas y todos los empleados civiles.

La caballería ha salido a las 7 P. M. para San Pedro de Atacama, llevando además algunas carretas con víveres, caballos y mulas en regular número.

MARZO 28

Al amanecer llegamos a Acotan después de haber atravesado durante la noche las estaciones de Cere, Conchi, San Pedro y Polapi y el famoso puente del Loa, que es considerado como uno de los más altos del mundo.

El frío que hace es terrible y que menos, si estamos al pie de la cordillera y a no menos de 16,000 sobre el nivel del mar.

El castañeteo de los dientes forma una música especial y todos se preocupan de encender pequeñas fogatas para calentar los entumecidos miembros. El té, el café y la simple agua caliente se sirven en profusión y posee un tesoro el que cuenta con unas pocas cucharadas siquiera de aquellos refrigerantes líquidos.

A las 8. A. M. El pito de las locomotoras anuncia que nos ponemos en marcha y, durante el trayecto que nos separa la de la estación de Ollagua, nos es dado contemplar la obra majestuosa de la naturaleza, divisando aquí páramos inmensos, allá las hermosas lagunas de Ascotán y Carcote, a todos lados los Andes soberbios, coronados de perpetuas nieves y en medio de ellos la inmensa espiral de humo y fuego que arroja por su cráter el volcán Ollagua.

A las 11 A. M. llegamos a la estación de este nombre, después de cruzar y detenernos momentáneamente en la de Cebollar.

Aquí nos anuncian que debemos esperar la llegada de dos representantes del sub.-prefecto de Uyuni, coronel don Adolfo Flores, que son portadores de instrucciones del Gobierno boliviano con referencia al paso de nuestra división por el territorio de aquella nación.

En efecto, a las 7 P. M. llegan el comandante don Casto Julio Suárez y don Zacarías González, secretario éste del coronel Flores.

MARZO 29

Amanecimos en Ollagua esperando la llegada del último convoy que había quedado en Ascotán.

En la conferencia habida entre los delegados bolivianos y los señores Enrique Villegas y coronel Camus, se ha acordado que el desarme de nuestras fuerzas tenga lugar en esta estación, última en territorio chileno, y que la entrega de armamento habrá de efectuarse en la ciudad de Pulacayo.

Comienza a efectuarse la operación del desarme después de haberse leído la siguiente orden del día: “Señores jefes, oficiales y soldados de la división de Antofagasta:

No existiendo los elementos necesarios para batir a los enemigos de la Patria y de la Constitución en este territorio, necesitamos volver al centro de la República para prestar con verdadero provecho nuestros servicios al Supremo Gobierno.

Para ello se hace preciso atravesar por territorio extranjero; y bien sabéis que uno de los principios más sagrados del Derecho Internacional es respetar la soberanía y la ley general de las naciones en virtud de la cual es absolutamente prohibido introducir tropas armadas en territorio neutral y amigo.

Vamos a depositar nuestras armas en manos honradas y nobles cuya cortesía y facilidades para nuestro cómodo tránsito han comprometido nuestra gratitud, y volveremos a tomarlas en nuestra hermosa capital a fin de cooperar, con toda la energía de nuestra alma, al restablecimiento de la paz, en mala hora ultrajada por hijos descarriados.

No se os ha presentado por ahora la oportunidad de poner a prueba vuestra bravura y lealtad a favor de la República; sin embargo de que también se necesita fuerza de voluntad para dominar, aunque sea por corto tiempo, la ansiedad que el amor de la Patria os inspira para batiros en su honor; pero si hacemos con paciencia, orden y entusiasmo la travesía hasta arribar la división en perfecto estado de disciplina y valor a nuestra capital, encontraréis muchas y brillantes oportunidades para manifestar a S. E. El Presidente de la República que vuestro honor, lealtad y amor a nuestras sagradas leyes han ocupado y siguen ocupando un lugar preferente en vuestros honrados y valientes pechos.

Vuestra conducta en el desierto ha sido digna de los soldados chilenos y espero confiadamente de vuestro patriotismo y virtudes cívicas que la orden del día que se dará a nuestra llegada al centro de la República será escuchada por los mismos valientes ciudadanos a quienes se dirige la presente, sin que falte uno solo a esta cita de honor, para que continuéis dando a la Patria días de gloria y de ventura.

Vuestro jefe y amigo

H. CAMUS

No han faltado en este acto sus notas discordantes.

Algunos oficiales y alguien con honores de jefe, ignorando por completo el derecho de soberanía de las naciones, desconociendo en absoluto las leyes que reglan las relaciones internacionales de los países, han pretendido romper sus espadas para no depositarlas en manos de un gobierno amigo.

¡Bien dice quien dice que Don Quijote, a pesar de haber muerto célibe, dejó numerosos descendientes!

A las 2.50 P. M. un convoy conduciendo el armamento y a los señores Villegas, Camus, ayudantes de Estado Mayor y algunos empleados civiles, se pone en marcha hacia la estación de Chiguana, primera del territorio boliviano, donde nos aguarda  el coronel Flores, subprefecto de la provincia de Uyuni.

A las 8 en punto atravesamos la raya que separa a Chile de Bolivia y todos a la vez damos un adiós silencioso a la Patria querida.

A las 3.40 P. M. se ofrece a nuestra vista, flameando sobre elevado mástil la bandera del iris, la bandera de Bolivia, cuyos pliegues, flotando al viento, nos envían cariñoso y fraternal saludo.

Estamos en Chiguana y, al detenerse el tren, descendimos los viajeros, al mismo tiempo que la “Columna Uyuni”, compuesta de cuarenta individuos de tropa, al mando de su jefe el sargento mayor don Simón Colodro, formada en batalla a lo largo del andén tercia sus rifles, ofreciéndonos con este saludo militar una prueba más de la favorable acogida que nos aguarda.

El coronel don Adolfo Flores, vestido de rigurosa parada, nos sale al encuentro para ofrecernos un corto descanso y algunos refrescos.

Igual cosa hace el comandante Suárez invitándonos a beber una copa en un carro-cantina de campaña.

Allí el sargento mayor don Alejandro Bustamante, pidió a sus compañeros de expedición saludar, copa en mano, al noble y generoso pueblo boliviano, agradeciendo la franca hospitalidad que nos ofrece. Las elocuentes y patrióticas frases del mayor Bustamante fueron aplaudidas con frenético entusiasmo.

Con no menos elocuencia contestó el comandante Suárez, agradeciendo la manifestación que se hacía al pueblo de Bolivia, el cual, olvidando pasados rencores, abría cariñoso sus brazos a los hijos de la nación hermana, ofreciéndole franco paso por su territorio en los momentos en que, azares de la vida política, lo habían arrojado a él.

 Con unísonos vivas a Bolivia y Chile terminó esta corta pero significativa manifestación de la confraternidad internacional.

Mientras tanto los señores Flores, Camus y Villegas han pactado la entrega en depósito del armamento de la división en la ciudad de Pulacayo, donde habrá de recibirlo el delegado ad hoc del Supremo Gobierno de Bolivia, don Guillermo Leiton.

Arriada la bandera boliviana, se embarcan en el convoy nuestros jefes, el coronel Flores y sus ayudantes y la “Columna Uyuni”, para seguir hasta la ciudad de este nombre, asiento de la subprefectura.

A las 7 P. M. nos detenemos un instante en la estación de Julaca y a las 10 P. M. llegamos a la de Uyuni, donde la guardia nacional de esta ciudad nos espera con armas terciadas. Enseguida marchamos al hotel Baubillard, donde se nos esperaba con una excelente comida.

Recibiendo las manifestaciones que nos prodigaban a porfía las autoridades, jefes militares y respetables vecinos de la ciudad, penetra al gran comedor del hotel un individuo en completo estado de ebriedad y nos lanza una andanada de los más torpes insultos, de los más crasos dicterios. Un compañero trata de castigar con sus puños al insolente, pero la policía de Uyuni no le da tiempo, pues lo atrapa y lo hace conducir al cuartel a dormir la soberana mona.

Averiguando quién es él, nos dicen que es un chileno de apellido González, zángano de profesión, recién llegado de Iquique para hacer propaganda revolucionaria.

¡Buen tipo de revolucionario es el tal González! ¡Cómo todos ellos! Trayendo a colación mis recuerdos, saco en limpio que había conocido al González en Iquique, desempeñando cierto papel en cierta casa de las muchas que abundan en aquella ciudad, emporio del salitre y del yodo.

El alojamiento es difícil en el hotel: todos los cuartos están ocupados, y aunque muchos de los vecinos de la localidad han ofrecido sus propias habitaciones a nuestros compañeros, yo me he quedado sin lecho donde recostar mi larga y estropeada humanidad.

Un alojado del hotel, el señor Carlos E. Moore, agente viajero de la casa Aramayo, Francke y Cª, chileno de nacionalidad, ha oído tal vez mis quejas y se acerca generoso para ofrecerme su propio cuarto y su propia cama, que acepto después de mil excusas.

El señor Moore me dice “que tiene placer en auxiliar, aunque de escaso modo, a un partidario de la causa del orden de su patria, a un servidor del Excmo. Señor Balmaceda, a quien profesa respetuosa veneración por su actitud digna y levantada en la situación a que lo han arrastrado los malos hijos de Chile”.

Esta espontánea y leal manifestación del señor Moore me compensa de sobra el mal rato que pasara oyendo las torpes injurias del ciudadano González.

MARZO 30

En la madrugada de hoy se ha hecho la entrega del armamento en Pulacayo. Esta operación se ha ejecutado bajo la inmediata dirección del teniente coronel don Nicanor Donoso, comisionado al efecto.

Se designa como campamento para la tropa el lugarejo denominado “Posta Vieja”, a 5 kilómetros de Uyuni.

Comienzan a llegar a él los distintos cuerpos que forman la división.

A la hora de almuerzo, el ciudadano González, el revolucionario de la noche anterior, vuelve a molestarnos con sus injurias soeces y su habitual lenguaje de taberna.

La policía, que le acababa de dar suelta, lo mete nuevamente a chirona.

He salido a recorrer la población que es de reciente data, pues sólo se inauguró oficialmente el 6 de agosto de 1889.

Levantada sobre una vasta planicie, sus edificios que ocupan hasta hoy un perímetro de cuatro a cinco cuadras, son construidos de piedras y cal en su mayor parte y están destinados a casas de comercio, de las cuales hay algunas de importancia.

Los edificios destinados a estación del ferrocarril y habitaciones del personal de empleados, son de madera y su aspecto elegantísimo.

La ciudad de Uyuni, capital de la provincia de Porco, del departamento de Potosí, no tiene vida propia y se mantiene con las transacciones que le procuran los asientos mineros de Huanchaca, San Cristóbal de Lipez y algunos pueblos indígenas del interior.

La mayor parte de la población de Uyuni es extranjera, descollando en número los chilenos, empleados y trabajadores en las diversas secciones del ferrocarril de Huanchaca.

Unos cuantos de éstos, con sus pretendidos sentimientos revolucionarios, nos molestan a cada momento y procuran, por todos los medios a su alcance, hacer que la tropa nuestra se regrese a Antofagasta para servir en las filas de los sublevados.

¡Pretensión inútil, pues los soldados nuestros saben a quién sirven, tienen conciencia de sus actos y no permitirán jamás que se les tilde con el apodo de traidores!

Noté que en Uyuni, población ya numerosa en habitantes, no hay un solo médico ni un mal botiquín y no comprendo cómo no se le ha dotado aún de tan indispensables servicios.

Aquí nos encontramos con una grave dificultad para efectuar nuestras transacciones de hospedaje y abastecimiento. El billete chileno, recibido con alguna dificultad, sólo vale la mitad de su precio efectivo, pues en Bolivia circula la plata sellada de 9 décimos de fino y el billete, que también lo hay, se cotiza a la par de la plata.

Aparte de la enorme diferencia de cambio que tiene nuestra moneda, los precios de las mercaderías son exorbitantes. Por ejemplo, un par de zapatos de pacotilla vale 10 a 12 bolivianos, o sea 20 a 24 pesos chilenos; un atado de cigarros chilenos 20 centavos de boliviano, o sea, 40 centavos de nuestra moneda y así los demás artículos, ya sean de consumo o prendas de vestir.


A este paso la renta que disfrutamos viene a quedar reducida a su más simple expresión.

2 comentarios:

  1. Estimado Eduardo: Me interesa ubicar otros antecedentes de Eduardo Kinast, como editor de El Padre Padilla y luego de otros periódicos de caricatura.

    Escribir a mgarcia@arayaygarcia.cl

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  2. Estimado Eduardo: Me interesa ubicar otros antecedentes de Eduardo Kinast, como editor de El Padre Padilla y luego de otros periódicos de caricatura.

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