domingo, 29 de noviembre de 2015

A TRAVÉS DEL DESIERTO EN BUSCA DE LA DIVISIÓN CAMUS

MARZO 6

El caballo de Flores se ha cansado. Lo he cambiado por una mula de don J. Soto en Cumiyalla, otorgando por ella el correspondiente recibo.

He destruido en el mismo lugar el teléfono de los estanques de agua de Pica, para evitar que se denuncie mi viaje.

Son las 11 A. M., y diviso frente a los cerros de Pintados dos jinetes que provistos de anteojos nos observan con marcada atención. Hago poner los caballos al paso para desviar sus sospechas. Avanzan al galope y se detienen como a 100 metros de distancia para observarnos nuevamente. No me han conocido indudablemente, porque retroceden y los pierdo de vista.

A la 1 P. M. encuentro en Pique de Agua dos carreteros que han oído decir que la división Wood está en Quillagua.

A las 7 P. M. llego a Cerro Gordo dejando atrás al comisionado Canto, cuyo caballo se gasta y no puede seguir. Ordeno dejarlo botado en el camino y le mando una mula que me dan en el establecimiento.

El gerente de él, don José Benito González, me comunica que días antes una montonera revolucionaria, mandada por Timoleón Lorca, había sorprendido un propio que de Calama traía comunicaciones oficiales del intendente de Antofagasta para mí y el coronel Robles. Uno de los subalternos de Lorca, Abraham Pinto, había pasado para Iquique el día anterior llevando dichas comunicaciones, que es indudable contienen noticias sobre la división Wood.

Me cuenta asimismo que un piquete de 20 hombres, de granaderos a caballo, mandados por el capitán Luis Leclerc y el teniente Agustín Durán, el que yo había despachado el día I.º de Gallinazos, había batido en el Monte de Soledad a la montonera de Lorca, matando a un individuo y aprisionando al resto.

No me toma de nuevo la noticia, pues conociendo a Leclerc y Durán, y sabiendo la misión que los llevaba, era de esperar lo sucedido.

Después de comer, el señor González me aconseja marchar sin pérdida de tiempo, porque sabe que un piquete de 30 hombres de la caballería revolucionaria, que en la mañana había estado a buscarme en el establecimiento, volvería en la noche.

Acepto el consejo y después de remudar animales, sigo marcha, acampando a la una de la mañana en plena pampa.

MARZO 7

El frío es intenso y no podemos dormir. Son las 3 A. M., ¡arriba todos y adelante!

A las 5 A. M. tenemos a la vista el famoso y temido Monte de Soledad. La sed nos amenaza, pero uno de los comisionados me dice llegaremos pronto a la aguada. Efectivamente, a las 9,45 estamos al frente de un pequeño y sucio pozo de agua, el único a 20 leguas a la redonda.

Echamos pie a tierra y después de saciar nuestra sed con el gredoso y mugriento líquido, cedimos nuestro lugar a las bestias.

Mientras los animales descansan, aprovecho el tiempo en reconocer el terreno. Penetro en un pequeño monte de espinos y me llama la atención lo removido del suelo que acusa la reciente pasada de muchos animales cabalgares. Es indudable que allí ha sido el teatro del combate entre las fuerzas regulares de Leclerc y la montonera de Lorca.

Mi idea se confirma, viendo más allá una fosa recién abierta y una tosca cruz de madera que le presta sombra.

¡Una víctima más sacrificada inconscientemente en aras de la ambición desmedida de un puñado de hombres que han renegado la sangre que corre por sus venas!

¡Soldado de la revolución, descansa en paz y que Dios perdone tu extravío!

El descanso ha sido suficiente. Son las 10,30 A. M. y de nuevo a caminar.

Hemos andado sin cesar todo el día y no divisamos el término de la jornada. El comisionado Flores, que dice conocer el camino, me asegura que marchamos rectamente sobre Quillagua, pero yo creo que nos hemos extraviado.

¡Extraviados! ¡Y solos en el desierto! ¡Y la noche se acerca! ¡Y el agua se nos acaba!

Allá a la distancia se divisa un bulto, se acerca,... son dos... ¡estamos salvados!

Mando a su encuentro, nos hacen señas que nos reunamos a ellos, partimos a la carrera.

Es Carlos Vargas, propio y guía del piquete de Leclerc que va a Quillagua.

Seguimos juntos y a las 8 P. M. caímos sobre la ribera del Loa en medio de un inmenso y pintoresco bosque de algarrobos y pimientos.

Pero ¿y las casas del fundo? Imposible encontrarlas en la oscuridad de la noche.

Hice encender grandes fogatas con la leña esparcida alrededor para contrarrestar los rigores del frío, y acurrucados unos con otros, pasamos la noche dormitando a ratos, oyendo algunos los percances y aventuras que habían ocurrido a mis comisionados cuando la toma de la plaza de Iquique por las tropas de la escuadra.

MARZO 8

A las 5 A. M. nos ponemos en demanda de las casas del fundo, que encontramos a pocas cuadras de distancia.

Nos recibe con francas manifestaciones de cariño el antiguo amigo don Genaro Canelo, uno de los más acaudalados y activos propietarios de Quillagua.

Allí encontramos el piquete de granaderos mandados por el capitán Leclerc y los 16 prisioneros del combate de Monte de Soledad.

Se me apersona primero que todos el jefe de la montonera don Timoleón Lorca para narrarme el desastre de los suyos.

La suerte le fue adversa en el Monte de Soledad; pretendió sorprender a los nuestros, pero fue sorprendido. Se batió durante media hora, pero imposible luchar con los bravos granaderos: eran todos unas fieras; la retirada le fue imposible y fue hecho prisionero con su segundo don Alejandro Sola, antiguo preceptor de instrucción primaria y catorce de sus soldados, dejando uno tendido en el campo, aquel cuya tumba había yo visto el día antes en medio de la Soledad del Monte.

Abraham Pinto, otro de los que llamaban sus oficiales, había huido al comenzar el combate con ocho de sus soldados.

Timoleón Lorca me dice que el tal Pinto es un cobarde, un miserable ¡Bien le conocerá!

Hemos conversado un rato más. Lorca fía en su buena estrella y me dice que concluida la contienda volverá a establecerse en Iquique, donde fundará un diario para hacer la historia de la revolución. Me ofrece desde luego sus columnas para que pueda rebatir las ideas o el principio que él sustente.

Le aconsejo que para entonces no moje las puntas de su pluma en la hiel que destilaban sus artículos que provocaron las huelgas de junio y julio del año pasado, que no derrame el veneno contenido en sus publicaciones revolucionarias de reciente data.

Me voy a ver al amigo Leclerc que aún descansa de las pasadas fatigas del viaje. Allí lo encontré acompañado de los tenientes coroneles don Víctor A. Bianchi y don Manuel Saldivia, ayudantes de la división Camus, llegados la noche anterior.

Por ellos me impuse que dicha división venía aún marchando sobre el Toco y que no la mandaba, como yo creía, el coronel Wood, sino el de igual clase de guardias nacionales don Hermógenes Camus, y que sólo llegaría a Quillagua al subsiguiente día.

¡Y en Pozo Almonte se creía que esa división debía encontrarse en Cerro Gordo!

¡Ojalá que la demora no sea fatal para el intrépido coronel Robles!

Los detalles que el capitán Leclerc me da sobre el comandante de Monte Soledad, no son distintos a los suministrados por Lorca, con la diferencia que éste no hace alarde de bravura ni de heroísmo, limitándose a decirme con sencillez verdaderamente militar, que tuvo la suerte de vencer por hallarse prevenido; que él, Durán y los suyos había cumplido con su deber y que se felicitaba de no haber tenido una sola baja en su tropa, ni siquiera un contuso.

Sin embargo, de lo que Leclerc me dice, debo consignar en mi diario que, según las distintas versiones recogidas en opuestas filas, Lucho y su segundo Durán se batieron como bravos, y que. Mediante su serenidad y acertadas disposiciones, alcanzaron el más completo de los triunfos, peleando de igual a igual con la montonera enemiga.

MARZO 9

A las 7 A. M. llega a visitarnos don Ricardo Sloman, administrador de la oficina Santa Fe, del Toco, y nos comunica que por telégrafo he sabido que ayer en la tarde había fondeado en Tocopilla la corbeta O’Higgins conduciendo tropas de desembarco, ignorando su número.

Agrega que la división Camus había acampado en la oficina Santa Isabel.

A las 2 P. M. un propio de Cerro Gordo trae una carta para Leclerc, en la que el gerente de ese establecimiento, don José B. González, comunica la llegada allí de un oficial de policía de apellido Gómez con la noticia de que la división Robles había sido derrotada en Pozo Almonte la tarde del día 7.

Aunque algunos se resisten a dar crédito a tal noticia, Leclerc manda ensillar la caballada para estar listo en cualquier evento.

Con este motivo se produce cierto movimiento en el campamento y de improviso suenan dos tiros hacia el sitio donde el prisionero Lorca está con un centinela de vista.

Llega éste a comunicar que Lorca, aprovechando la llegada del propio que vio pasar a su lado y el movimiento que luego se produjo, había tratado de fugarse en dirección al río, por cuya razón y después de haberle dado por dos veces la voz de alto sin ser obedecido, se vio obligado a disparar sobre él, matándolo en el acto.

¡Otra víctima más! ¡Pobre Timoleón! Has pagado con la vida tu loca temeridad.

¡Bien había calculado que procurarías aprovechar la primera oportunidad para recobrar tu libertad perdida! ¡Querías volver a reunirte con los tuyos para seguir luchando por una causa que Dios y los hombres reprueban! La causa era mala y Dios no permitió que fueras más allá. Ya habías hecho demasiado y demasiado malo. Pero Dios te habrá perdonado como te hemos perdonado tus adversarios.

¡Paz en tu tumba! ¡Y que el cielo de el consuelo necesario a tu pobre viuda y a tus pequeños y huérfanos hijos!

Leclerc se resuelve a esperar al oficial Gómez que viene de Cerro Gordo para cerciorarse por completo de la noticia enviada de aquel establecimiento.

A las 3 P. M. me pongo en marcha con los comandantes Saldivia y Bianchi para llevar la desastrosa noticia al coronel Camus.


A las 8 P. M. nos hemos detenido a comer en la oficina de Santa Fe, emprendiendo de nuevo la marcha después de concluida esta necesaria operación.

No hay comentarios:

Publicar un comentario