MARZO 6
El caballo
de Flores se ha cansado. Lo he cambiado por una mula de don J. Soto en Cumiyalla,
otorgando por ella el correspondiente recibo.
He
destruido en el mismo lugar el teléfono de los estanques de agua de Pica, para
evitar que se denuncie mi viaje.
Son las 11
A. M., y diviso frente a los cerros de Pintados dos jinetes que provistos de anteojos
nos observan con marcada atención. Hago poner los caballos al paso para desviar
sus sospechas. Avanzan al galope y se detienen como a 100 metros de distancia
para observarnos nuevamente. No me han conocido indudablemente, porque
retroceden y los pierdo de vista.
A la 1 P.
M. encuentro en Pique de Agua dos carreteros que han oído decir que la división Wood está en Quillagua.
A las 7 P.
M. llego a Cerro Gordo dejando atrás al comisionado Canto, cuyo caballo se
gasta y no puede seguir. Ordeno dejarlo botado en el camino y le mando una mula
que me dan en el establecimiento.
El gerente
de él, don José Benito González, me comunica que días antes una montonera
revolucionaria, mandada por Timoleón Lorca, había sorprendido un propio que de
Calama traía comunicaciones oficiales del intendente de Antofagasta para mí y
el coronel Robles. Uno de los subalternos de Lorca, Abraham Pinto, había pasado
para Iquique el día anterior llevando dichas comunicaciones, que es indudable
contienen noticias sobre la división Wood.
Me cuenta
asimismo que un piquete de 20 hombres, de granaderos a caballo, mandados por el
capitán Luis Leclerc y el teniente Agustín Durán, el que yo había despachado el
día I.º de Gallinazos, había batido en el Monte de Soledad a la montonera de Lorca,
matando a un individuo y aprisionando al resto.
No me toma
de nuevo la noticia, pues conociendo a Leclerc y Durán, y sabiendo la misión
que los llevaba, era de esperar lo sucedido.
Después de
comer, el señor González me aconseja marchar sin pérdida de tiempo, porque sabe
que un piquete de 30 hombres de la caballería revolucionaria, que en la mañana
había estado a buscarme en el establecimiento, volvería en la noche.
Acepto el
consejo y después de remudar animales, sigo marcha, acampando a la una de la
mañana en plena pampa.
MARZO
7
El frío es
intenso y no podemos dormir. Son las 3 A. M., ¡arriba todos y adelante!
A las 5 A.
M. tenemos a la vista el famoso y temido Monte de Soledad. La sed nos amenaza,
pero uno de los comisionados me dice llegaremos pronto a la aguada.
Efectivamente, a las 9,45 estamos al frente de un pequeño y sucio pozo de agua,
el único a 20 leguas a la redonda.
Echamos pie
a tierra y después de saciar nuestra sed con el gredoso y mugriento líquido,
cedimos nuestro lugar a las bestias.
Mientras
los animales descansan, aprovecho el tiempo en reconocer el terreno. Penetro en
un pequeño monte de espinos y me llama la atención lo removido del suelo que
acusa la reciente pasada de muchos animales cabalgares. Es indudable que allí
ha sido el teatro del combate entre las fuerzas regulares de Leclerc y la
montonera de Lorca.
Mi idea se
confirma, viendo más allá una fosa recién abierta y una tosca cruz de madera
que le presta sombra.
¡Una
víctima más sacrificada inconscientemente en aras de la ambición desmedida de
un puñado de hombres que han renegado la sangre que corre por sus venas!
¡Soldado de
la revolución, descansa en paz y que Dios perdone tu extravío!
El descanso
ha sido suficiente. Son las 10,30 A. M. y de nuevo a caminar.
Hemos
andado sin cesar todo el día y no divisamos el término de la jornada. El
comisionado Flores, que dice conocer el camino, me asegura que marchamos
rectamente sobre Quillagua, pero yo creo que nos hemos extraviado.
¡Extraviados!
¡Y solos en el desierto! ¡Y la noche se acerca! ¡Y el agua se nos acaba!
Allá a la
distancia se divisa un bulto, se acerca,... son dos... ¡estamos salvados!
Mando a su
encuentro, nos hacen señas que nos reunamos a ellos, partimos a la carrera.
Es Carlos
Vargas, propio y guía del piquete de Leclerc que va a Quillagua.
Seguimos
juntos y a las 8 P. M. caímos sobre la ribera del Loa en medio de un inmenso y
pintoresco bosque de algarrobos y pimientos.
Pero ¿y las
casas del fundo? Imposible encontrarlas en la oscuridad de la noche.
Hice
encender grandes fogatas con la leña esparcida alrededor para contrarrestar los
rigores del frío, y acurrucados unos con otros, pasamos la noche dormitando a
ratos, oyendo algunos los percances y aventuras que habían ocurrido a mis
comisionados cuando la toma de la plaza de Iquique por las tropas de la
escuadra.
MARZO
8
A las 5 A.
M. nos ponemos en demanda de las casas del fundo, que encontramos a pocas
cuadras de distancia.
Nos recibe
con francas manifestaciones de cariño el antiguo amigo don Genaro Canelo, uno
de los más acaudalados y activos propietarios de Quillagua.
Allí
encontramos el piquete de granaderos mandados por el capitán Leclerc y los 16
prisioneros del combate de Monte de Soledad.
Se me
apersona primero que todos el jefe de la montonera don Timoleón Lorca para
narrarme el desastre de los suyos.
La suerte
le fue adversa en el Monte de Soledad; pretendió sorprender a los nuestros,
pero fue sorprendido. Se batió durante media hora, pero imposible luchar con
los bravos granaderos: eran todos unas fieras; la retirada le fue imposible y
fue hecho prisionero con su segundo don Alejandro Sola, antiguo preceptor de
instrucción primaria y catorce de sus soldados, dejando uno tendido en el
campo, aquel cuya tumba había yo visto el día antes en medio de la Soledad del
Monte.
Abraham
Pinto, otro de los que llamaban sus oficiales, había huido al comenzar el
combate con ocho de sus soldados.
Timoleón
Lorca me dice que el tal Pinto es un cobarde, un miserable ¡Bien le conocerá!
Hemos
conversado un rato más. Lorca fía en su buena estrella y me dice que concluida
la contienda volverá a establecerse en Iquique, donde fundará un diario para
hacer la historia de la revolución. Me ofrece desde luego sus columnas para que pueda rebatir las ideas o el
principio que él sustente.
Le aconsejo
que para entonces no moje las puntas de su pluma en la hiel que destilaban sus
artículos que provocaron las huelgas de junio y julio del año pasado, que no
derrame el veneno contenido en sus publicaciones revolucionarias de reciente
data.
Me voy a
ver al amigo Leclerc que aún descansa de las pasadas fatigas del viaje. Allí lo
encontré acompañado de los tenientes coroneles don Víctor A. Bianchi y don
Manuel Saldivia, ayudantes de la división Camus, llegados la noche anterior.
Por ellos
me impuse que dicha división venía aún marchando sobre el Toco y que no la
mandaba, como yo creía, el coronel Wood, sino el de igual clase de guardias
nacionales don Hermógenes Camus, y que sólo llegaría a Quillagua al
subsiguiente día.
¡Y en Pozo
Almonte se creía que esa división debía encontrarse en Cerro Gordo!
¡Ojalá que
la demora no sea fatal para el intrépido coronel Robles!
Los
detalles que el capitán Leclerc me da sobre el comandante de Monte Soledad, no
son distintos a los suministrados por Lorca, con la diferencia que éste no hace
alarde de bravura ni de heroísmo, limitándose a decirme con sencillez
verdaderamente militar, que tuvo la suerte de vencer por hallarse prevenido;
que él, Durán y los suyos había cumplido con su deber y que se felicitaba de no
haber tenido una sola baja en su tropa, ni siquiera un contuso.
Sin
embargo, de lo que Leclerc me dice, debo consignar en mi diario que, según las
distintas versiones recogidas en opuestas filas, Lucho y su segundo Durán se batieron
como bravos, y que. Mediante su serenidad y acertadas disposiciones, alcanzaron
el más completo de los triunfos, peleando de igual a igual con la montonera
enemiga.
MARZO
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A las 7 A.
M. llega a visitarnos don Ricardo Sloman, administrador de la oficina Santa Fe,
del Toco, y nos comunica que por telégrafo he sabido que ayer en la tarde había
fondeado en Tocopilla la corbeta O’Higgins
conduciendo tropas de desembarco, ignorando su número.
Agrega que
la división Camus había acampado en la oficina Santa Isabel.
A las 2 P.
M. un propio de Cerro Gordo trae una carta para Leclerc, en la que el gerente
de ese establecimiento, don José B. González, comunica la llegada allí de un
oficial de policía de apellido Gómez con la noticia de que la división Robles
había sido derrotada en Pozo Almonte la tarde del día 7.
Aunque
algunos se resisten a dar crédito a tal noticia, Leclerc manda ensillar la
caballada para estar listo en cualquier evento.
Con este
motivo se produce cierto movimiento en el campamento y de improviso suenan dos
tiros hacia el sitio donde el prisionero Lorca está con un centinela de vista.
Llega éste
a comunicar que Lorca, aprovechando la llegada del propio que vio pasar a su
lado y el movimiento que luego se produjo, había tratado de fugarse en
dirección al río, por cuya razón y después de haberle dado por dos veces la voz
de alto sin ser obedecido, se vio obligado a disparar sobre él, matándolo en el
acto.
¡Otra
víctima más! ¡Pobre Timoleón! Has pagado con la vida tu loca temeridad.
¡Bien había
calculado que procurarías aprovechar la primera oportunidad para recobrar tu
libertad perdida! ¡Querías volver a reunirte con los tuyos para seguir luchando
por una causa que Dios y los hombres reprueban! La causa era mala y Dios no
permitió que fueras más allá. Ya habías hecho demasiado y demasiado malo. Pero
Dios te habrá perdonado como te hemos perdonado tus adversarios.
¡Paz en tu
tumba! ¡Y que el cielo de el consuelo necesario a tu pobre viuda y a tus
pequeños y huérfanos hijos!
Leclerc se
resuelve a esperar al oficial Gómez que viene de Cerro Gordo para cerciorarse
por completo de la noticia enviada de aquel establecimiento.
A las 3 P.
M. me pongo en marcha con los comandantes Saldivia y Bianchi para llevar la
desastrosa noticia al coronel Camus.
A las 8 P.
M. nos hemos detenido a comer en la oficina de Santa Fe, emprendiendo de nuevo
la marcha después de concluida esta necesaria operación.
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