A
TRAVES DEL DESIERTO Y DE LA CORDILLERA
EXTRACTO
DE MI DIARIO DE CAMPAÑA
Eduardo Kinast
Matus de la Parra
Santiago de Chile
Imprenta de “Los Debates”
1891
Dedicatoria
“Al señor
Intendente de la provincia de Antofagasta don Enrique Villegas, al señor
coronel don Hermógenes Camus, a los señores Jefes, Oficiales y soldados de la
DIVISIÓN DEL DESIERTO, dedica este trabajo.
EL AUTOR
ACLARACIÓN
Al dar a luz el presente folleto, aparte del deseo de
rectificar los innumerables errores con que se publicó en LA NACIÓN el extracto
de mi diario de campaña y de dejar constancia perenne de los sacrificios y mil
penalidades que sufrieron durante la travesía del desierto y las cordilleras
los leales soldados que componían la División Camus, para que ellos sirvan de
ejemplo a los soldados del porvenir, llamados por su Constitución a sostener en
todo caso al Gobierno constituido, he querido satisfacer las preguntas que
muchos me han dirigido acerca del papel que desempeñé ante aquella división.
Comenzaré respondiendo a dichas
preguntas, por decir que desde el 1º de enero de 1885 residía en el pueblo de
la Noria donde desempeñaba las funciones de Oficial del Registro Civil y
encargado de la Estafeta de Correos.
Al iniciarse la revolución en Chile
con el levantamiento de la Escuadra el 7 de Enero, atendiendo a mis aficiones
periodísticas y disponiendo de las columnas de la VOZ DE CHILE, la mejor
publicación diaria que veía la luz pública en Tarapacá, me dediqué a escribir
algunos artículos condenando la actitud antipatriótica de aquellos malos hijos
de Chile que de la noche a la mañana se levantaban en armas para cubrir de luto
el glorioso pabellón de la patria.
El día 23 de febrero a las 2 P. M.
se presentó a la Noria el Delegado del Supremo Gobierno en la provincia de
Tarapacá don Anselmo Blanlot Holley acompañado de un piquete de granaderos a
caballo al mando del alférez Jordan. A la sazón el subdelegado sustituto don
Pedro P. López no se encontraba en el pueblo, como tampoco el juez de
subdelegación Pedro Julio Hermosilla; ambos se habían marchado días antes a
Iquique para ponerse a disposición del titulado intendente de aquella ciudad
don Gregorio Urrutia, a cuyas órdenes siguen sirviendo actualmente. En consecuencia,
no había en la Noria, al arribo del señor Blanlot Holley, otro empleado público
que yo, por cuya razón y cumpliendo con mi deber, salí al encuentro de este
distinguido caballero para ponerme a sus órdenes y hacerle entrega del pueblo.
El Delegado del Supremo Gobierno
creyó conveniente conferirme el cargo de mandatario único de la Noria con
facultades extraordinarias y así lo hizo saber de viva voz a los habitantes del
pueblo, congregados en la calle Domingo Santa María.
Después de ejecutar algunas
operaciones en el pueblo el señor Blanlot H. se retiró a la Estación Central
donde estaba acampada desde la mañana una parte de la división Robles y a cuyo
punto me dirigí al día siguiente para ofrecer mis servicios a aquel valiente
jefe de nuestro ejército.
No es llegado el momento de dar a
conocer la conferencia que tuve con el coronel Robles en presencia de los
señores coroneles Gana y Arrate. A su tiempo se sabrá ella.
Recibí orden de desempeñar algunas
comisiones y el 1º de marzo fui a dejar hasta la estación de Gallinazos,
término de la línea férrea, un piquete de caballería compuesto de 20 hombres de
granaderos al mando del capitán don Luis Leclerc y teniente don Juan A.
Durán. Acompañábame en esta comisión el
sargento mayor don Félix Vivanco, ayudante del estado mayor general.
De regreso de Gallinazos cargamos en
aquella estación dos carros con pasto, cebada y algunos víveres de propiedad de
los señores Sotomayor, Carrasco y Cª y uniéndolos a nuestro convoy los
arrastramos hasta la estación central donde dimos cuenta de nuestro cometido al
señor coronel Robles.
Al día siguiente recibí órdenes para
trasladarme nuevamente en ferrocarril al interior con el objeto de disminuir la
presión en los estanques del agua de Pica y acaparar algunos víveres en las
oficinas salitreras, necesarios para la división. Esta vez fui acompañado del
teniente coronel don Manuel 2º Blanco.
A las 8 de la noche estábamos de
vuelta en la Central.
El día 3 desempeñé análogas o
parecidas comisiones, y a las 6 de la tarde cuando la división marchaba sobre
Pozo Amonte obtuve permiso para ir a la Noria, con el objeto de comunicarme con
mi familia.
En la mañana del 4 un vecino del
pueblo de mi residencia me notició que las fuerzas revolucionarias habían
ocupado la estación Central y calculó, como era natural, que horas más tarde
penetrarían en la Noria.
Me encontraba solo en el pueblo, sin
un soldado con que poder hacer resistencia y, queriendo poner a salvo a los
míos, me dirigí a la oficina Paposo, distante ocho cuadras del lugar, con el
objeto de buscar mulas para trasladar mi familia a Pica.
Me encontraba en ese establecimiento
cuando a sus puertas se presentó un teniente del batallón Taltal de apellido
Rojas, según él lo dijo en alta voz, solicitando caballos y a la vez
preguntando por mí.
Se le contestó que yo no estaba ahí y
que caballos no había en la oficina, lo que el cándido teniente creyó a pie
juntillas; más como viera ensillado el que a mí me había conducido, lo tomó de
la brida y entregándoselo a un soldado que le acompañaba, se marchó con él,
profiriendo amenazas de destrucción y diciendo que un fuerte piquete de
soldados de su cuerpo venía en camino para tomar posesión de la Noria.
Esto debía suceder necesariamente, y
antes de caer en poder de los enemigos subí sobre una nueva cabalgadura que me
proporcionó el caballeresco administrador de Paposo y me dirigí al pueblo para
prevenir a mi esposa de lo que ocurría y ordenarle que se retirara a toda costa
y sin pérdida de tiempo a Pica, a fin de evitar, de esta manera, los vejámenes
que ella y mis pequeños hijos pudieran sufrir.
Volviendo bridas y al escape de mi
cabalgadura marché sobre Pozo Almonte para incorporarme a la división Robles y
dar cuenta de lo sucedido.
Al salir a la pampa divisé, por la
quebrada que baja de Gentilar, un grupo de caballería que venía en mi
seguimiento; mas, como conocedor de los caminos, pude sacarle considerable
ventaja y llegar a Pozo Almonte a las 2.15 P. M., donde di conocimiento de lo
ocurrido en la Noria a los coroneles Robles y Gana.
Al día siguiente recibí orden de
salir en busca de la división Wood y lo acontecido posteriormente está relatado
en mi diario de campaña que va a continuación.
Cerrada, pues, para mí la costa del
litoral, me vi obligado a seguir viaje con la división Camus, sirviendo de
ayudante privado al jefe de ella hasta llegar a los Andes.
He aquí explicada mi conducta y
satisfechas las preguntas que se me han hecho con referencia al papel que
desempeñé en la DIVISIÓN DEL DESIERTO.
Santiago, julio de 1981.
EDUARDO KINAST
LA DIVISIÓN CAMUS
Pozo Almonte, marzo
4 de 1891.-
Señor E. Kinast.-
Noria.-
Estimado señor.
Agradezco a usted
las noticias de nos ha mandado. El señor coronel Robles estima por conveniente
que usted permanezca en su puesto para que así nos dé a conocer todos los
movimientos del enemigo y todas las noticias que crea usted conveniente
comunicarnos. Sólo en último caso, si el enemigo penetrara en la Noria,
marchará usted a incorporarse a la división Wood [1] a fin de
que la conduzca a este lugar o bien la traiga directamente de Gallinazo guíe
por la pampa; dándonos aviso inmediatamente.- Damos a usted las gracias por las
medicinas que nos ha enviado.- Tiene el gusto de saludarle su afectísimo amigo
y S.S.- M. Arrate.- P.D.- Intertanto mande propio a encontrar la división Wood
para que apure su marcha y tener conocimiento exacto de su arribo.- Vale.”
En los
precisos momentos en que el señor coronel don Miguel Arrate trazaba en Pozo
Almonte los renglones de la carta que dejamos copiada, el pueblo de Noria era
ocupado por fuerzas de la revolución.
Sin
elementos de defensa, pues no tenía a mi disposición un solo soldado, hube de
retirarme al cuartel general donde di cuenta de lo ocurrido al señor coronel
don Eulogio Robles, quien se sirvió disponer aguardara órdenes en Pozo Almonte.
Al día siguiente, 5 de marzo, fui
llamado a presencia del valiente y malogrado jefe, recibiendo de sus labios la
orden de salir en busca de la división que debía reforzar la nuestra y que,
contradictorias noticias, la hacían ya en el punto denominado Gallinazos, ya en
Cerro Gordo, ya en Quillagua, en la orilla opuesta del Loa.
Después de
impartir las órdenes necesarias para que se me proveyera de las mejores
cabalgaduras de la división, tanto para mí como para cuatro comisionados de la
policía secreta de Iquique, que debían acompañarme, mientras dichos individuos
se proveían de los víveres indispensables para la expedición, ascendí los
cerros donde estaba colocada nuestra artillería para observar las posiciones del
enemigo.
Un
desaliento general se apoderó de mi espíritu, al contemplar las numerosas
fuerzas de la revolución, dobles en número a las nuestras, que coronaban los
cerros inmediatos, al ver los diversos movimientos que aquellas ejecutaban,
aprestándose para el ataque y comprendí que no debía retardar el cumplimiento
de la misión que se acababa de confiarme pues la llegada de un refuerzo sería
lo único que podría darnos la victoria.
Si aquel refuerzo no llegaba a tiempo,
el desastre, a mi juicio, era inevitable, a pesar de que conocía la bravura
indomable del jefe de la división, de que conocía de decisión de los jefes de
cuerpos que la formaban y de habernos asegurado de la lealtad de cada uno de
los soldados que habían jurado morir defendiendo la noble causa del derecho y
de la Constitución.
Después de
tomar un ligero refrigerio en compañía de mis distinguidos amigos el coronel
Arrate, tenientes coroneles Silva y Almeida, sargentos mayores Larraín y otros,
emprendí la marcha con los comisionados Canto, Flores, Rodríguez y un jovencito
cuyo nombre se me escapa.
A las 8 de
la noche llegábamos a los Canchones de la Huaica donde se me comunicó que
fuerzas de caballería enemiga habían cruzado durante el día entre Gallinazos y
Cerro Gordo, el camino que precisamente debíamos seguir.
En vista de
tal noticia resolví pernoctar en la Huaica y a las 5 de la mañana del día
siguiente emprendimos de nuevo la marcha.
[1] Era creencia general en Pozo
Almonte que la división que debía reforzar la nuestra venía mandada por el
coronel don Carlos Wood.
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