domingo, 29 de noviembre de 2015

LA DIVISION CAMUS

A TRAVES DEL DESIERTO Y DE LA CORDILLERA
EXTRACTO DE MI DIARIO DE CAMPAÑA
 Eduardo Kinast Matus de la Parra
 Santiago de Chile
Imprenta de “Los Debates”
1891

Dedicatoria

“Al señor Intendente de la provincia de Antofagasta don Enrique Villegas, al señor coronel don Hermógenes Camus, a los señores Jefes, Oficiales y soldados de la DIVISIÓN DEL DESIERTO, dedica este trabajo.
EL AUTOR


ACLARACIÓN

Al dar a luz el presente folleto, aparte del deseo de rectificar los innumerables errores con que se publicó en LA NACIÓN el extracto de mi diario de campaña y de dejar constancia perenne de los sacrificios y mil penalidades que sufrieron durante la travesía del desierto y las cordilleras los leales soldados que componían la División Camus, para que ellos sirvan de ejemplo a los soldados del porvenir, llamados por su Constitución a sostener en todo caso al Gobierno constituido, he querido satisfacer las preguntas que muchos me han dirigido acerca del papel que desempeñé ante aquella división.

Comenzaré respondiendo a dichas preguntas, por decir que desde el 1º de enero de 1885 residía en el pueblo de la Noria donde desempeñaba las funciones de Oficial del Registro Civil y encargado de la Estafeta de Correos.

Al iniciarse la revolución en Chile con el levantamiento de la Escuadra el 7 de Enero, atendiendo a mis aficiones periodísticas y disponiendo de las columnas de la VOZ DE CHILE, la mejor publicación diaria que veía la luz pública en Tarapacá, me dediqué a escribir algunos artículos condenando la actitud antipatriótica de aquellos malos hijos de Chile que de la noche a la mañana se levantaban en armas para cubrir de luto el glorioso pabellón de la patria.

El día 23 de febrero a las 2 P. M. se presentó a la Noria el Delegado del Supremo Gobierno en la provincia de Tarapacá don Anselmo Blanlot Holley acompañado de un piquete de granaderos a caballo al mando del alférez Jordan. A la sazón el subdelegado sustituto don Pedro P. López no se encontraba en el pueblo, como tampoco el juez de subdelegación Pedro Julio Hermosilla; ambos se habían marchado días antes a Iquique para ponerse a disposición del titulado intendente de aquella ciudad don Gregorio Urrutia, a cuyas órdenes siguen sirviendo actualmente. En consecuencia, no había en la Noria, al arribo del señor Blanlot Holley, otro empleado público que yo, por cuya razón y cumpliendo con mi deber, salí al encuentro de este distinguido caballero para ponerme a sus órdenes y hacerle entrega del pueblo.


      El Delegado del Supremo Gobierno creyó conveniente conferirme el cargo de mandatario único de la Noria con facultades extraordinarias y así lo hizo saber de viva voz a los habitantes del pueblo, congregados en la calle Domingo Santa María.

Después de ejecutar algunas operaciones en el pueblo el señor Blanlot H. se retiró a la Estación Central donde estaba acampada desde la mañana una parte de la división Robles y a cuyo punto me dirigí al día siguiente para ofrecer mis servicios a aquel valiente jefe de nuestro ejército.

No es llegado el momento de dar a conocer la conferencia que tuve con el coronel Robles en presencia de los señores coroneles Gana y Arrate. A su tiempo se sabrá ella.

Recibí orden de desempeñar algunas comisiones y el 1º de marzo fui a dejar hasta la estación de Gallinazos, término de la línea férrea, un piquete de caballería compuesto de 20 hombres de granaderos al mando del capitán don Luis Leclerc y teniente don Juan A. Durán.  Acompañábame en esta comisión el sargento mayor don Félix Vivanco, ayudante del estado mayor general.

De regreso de Gallinazos cargamos en aquella estación dos carros con pasto, cebada y algunos víveres de propiedad de los señores Sotomayor, Carrasco y Cª y uniéndolos a nuestro convoy los arrastramos hasta la estación central donde dimos cuenta de nuestro cometido al señor coronel Robles.

Al día siguiente recibí órdenes para trasladarme nuevamente en ferrocarril al interior con el objeto de disminuir la presión en los estanques del agua de Pica y acaparar algunos víveres en las oficinas salitreras, necesarios para la división. Esta vez fui acompañado del teniente coronel don Manuel 2º Blanco.

A las 8 de la noche estábamos de vuelta en la Central.

El día 3 desempeñé análogas o parecidas comisiones, y a las 6 de la tarde cuando la división marchaba sobre Pozo Amonte obtuve permiso para ir a la Noria, con el objeto de comunicarme con mi familia.

En la mañana del 4 un vecino del pueblo de mi residencia me notició que las fuerzas revolucionarias habían ocupado la estación Central y calculó, como era natural, que horas más tarde penetrarían en la Noria.

Me encontraba solo en el pueblo, sin un soldado con que poder hacer resistencia y, queriendo poner a salvo a los míos, me dirigí a la oficina Paposo, distante ocho cuadras del lugar, con el objeto de buscar mulas para trasladar mi familia a Pica.

Me encontraba en ese establecimiento cuando a sus puertas se presentó un teniente del batallón Taltal de apellido Rojas, según él lo dijo en alta voz, solicitando caballos y a la vez preguntando por mí.

Se le contestó que yo no estaba ahí y que caballos no había en la oficina, lo que el cándido teniente creyó a pie juntillas; más como viera ensillado el que a mí me había conducido, lo tomó de la brida y entregándoselo a un soldado que le acompañaba, se marchó con él, profiriendo amenazas de destrucción y diciendo que un fuerte piquete de soldados de su cuerpo venía en camino para tomar posesión de la Noria.

Esto debía suceder necesariamente, y antes de caer en poder de los enemigos subí sobre una nueva cabalgadura que me proporcionó el caballeresco administrador de Paposo y me dirigí al pueblo para prevenir a mi esposa de lo que ocurría y ordenarle que se retirara a toda costa y sin pérdida de tiempo a Pica, a fin de evitar, de esta manera, los vejámenes que ella y mis pequeños hijos pudieran sufrir.

Volviendo bridas y al escape de mi cabalgadura marché sobre Pozo Almonte para incorporarme a la división Robles y dar cuenta de lo sucedido.

Al salir a la pampa divisé, por la quebrada que baja de Gentilar, un grupo de caballería que venía en mi seguimiento; mas, como conocedor de los caminos, pude sacarle considerable ventaja y llegar a Pozo Almonte a las 2.15 P. M., donde di conocimiento de lo ocurrido en la Noria a los coroneles Robles y Gana.

Al día siguiente recibí orden de salir en busca de la división Wood y lo acontecido posteriormente está relatado en mi diario de campaña que va a continuación.

Cerrada, pues, para mí la costa del litoral, me vi obligado a seguir viaje con la división Camus, sirviendo de ayudante privado al jefe de ella hasta llegar a los Andes.

He aquí explicada mi conducta y satisfechas las preguntas que se me han hecho con referencia al papel que desempeñé en la DIVISIÓN DEL DESIERTO.

Santiago, julio de 1981.
EDUARDO KINAST

 LA DIVISIÓN CAMUS


Pozo Almonte, marzo 4 de 1891.-
Señor E. Kinast.-
Noria.-

Estimado señor.
Agradezco a usted las noticias de nos ha mandado. El señor coronel Robles estima por conveniente que usted permanezca en su puesto para que así nos dé a conocer todos los movimientos del enemigo y todas las noticias que crea usted conveniente comunicarnos. Sólo en último caso, si el enemigo penetrara en la Noria, marchará usted a incorporarse a la división Wood  [1] a fin de que la conduzca a este lugar o bien la traiga directamente de Gallinazo guíe por la pampa; dándonos aviso inmediatamente.- Damos a usted las gracias por las medicinas que nos ha enviado.- Tiene el gusto de saludarle su afectísimo amigo y S.S.- M. Arrate.- P.D.- Intertanto mande propio a encontrar la división Wood para que apure su marcha y tener conocimiento exacto de su arribo.- Vale.”



En los precisos momentos en que el señor coronel don Miguel Arrate trazaba en Pozo Almonte los renglones de la carta que dejamos copiada, el pueblo de Noria era ocupado por fuerzas de la revolución.

Sin elementos de defensa, pues no tenía a mi disposición un solo soldado, hube de retirarme al cuartel general donde di cuenta de lo ocurrido al señor coronel don Eulogio Robles, quien se sirvió disponer aguardara órdenes en Pozo Almonte.

            Al día siguiente, 5 de marzo, fui llamado a presencia del valiente y malogrado jefe, recibiendo de sus labios la orden de salir en busca de la división que debía reforzar la nuestra y que, contradictorias noticias, la hacían ya en el punto denominado Gallinazos, ya en Cerro Gordo, ya en Quillagua, en la orilla opuesta del Loa.

Después de impartir las órdenes necesarias para que se me proveyera de las mejores cabalgaduras de la división, tanto para mí como para cuatro comisionados de la policía secreta de Iquique, que debían acompañarme, mientras dichos individuos se proveían de los víveres indispensables para la expedición, ascendí los cerros donde estaba colocada nuestra artillería para observar las posiciones del enemigo.

Un desaliento general se apoderó de mi espíritu, al contemplar las numerosas fuerzas de la revolución, dobles en número a las nuestras, que coronaban los cerros inmediatos, al ver los diversos movimientos que aquellas ejecutaban, aprestándose para el ataque y comprendí que no debía retardar el cumplimiento de la misión que se acababa de confiarme pues la llegada de un refuerzo sería lo único que podría darnos la victoria. 

Si aquel refuerzo no llegaba a tiempo, el desastre, a mi juicio, era inevitable, a pesar de que conocía la bravura indomable del jefe de la división, de que conocía de decisión de los jefes de cuerpos que la formaban y de habernos asegurado de la lealtad de cada uno de los soldados que habían jurado morir defendiendo la noble causa del derecho y de la Constitución.

Después de tomar un ligero refrigerio en compañía de mis distinguidos amigos el coronel Arrate, tenientes coroneles Silva y Almeida, sargentos mayores Larraín y otros, emprendí la marcha con los comisionados Canto, Flores, Rodríguez y un jovencito cuyo nombre se me escapa.

A las 8 de la noche llegábamos a los Canchones de la Huaica donde se me comunicó que fuerzas de caballería enemiga habían cruzado durante el día entre Gallinazos y Cerro Gordo, el camino que precisamente debíamos seguir.

En vista de tal noticia resolví pernoctar en la Huaica y a las 5 de la mañana del día siguiente emprendimos de nuevo la marcha.




[1]  Era creencia general en Pozo Almonte que la división que debía reforzar la nuestra venía mandada por el coronel don Carlos Wood. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario