domingo, 29 de noviembre de 2015

MARCHAS Y CONTRAMARCHAS HASTA TUPIZA

ABRIL 11

A las 5.45 A. M. en marcha.

El guía que encamina la división desde Uyuni, un indio del país, pierde el camino al salir de Inca Cachi y nos obliga a dar un enorme rodeo.

El intendente Villegas y el coronel Camus que marchan hoy a vanguardia encuentran a unos cuantos caballeros que forman parte de la guardia nacional del mineral de Tatasi, quienes les advierten la circunstancia de haber perdido la división el verdadero rumbo y nos ofrecen un nuevo guía que nos conducirá en derechura a Guadalupe.

Después de trepar, a las oraciones, una encumbrada cima, comenzamos a descender la cuesta de Cala Cruz, el paso más infernal que hombre nacido haya podido atravesar. Muchos de los nuestros no aceptan la denominación de Cala Cruz, creyendo que más apropiadamente debe llamarse cuesta del Calvario, por la infinidad de caídas que sufrimos en el descenso.

Al pie de esta cuesta se extiende la larga y estrecha quebrada de Chorolque, por cuya falda y haciendo innumerables zig-zag corre el río Guadalupe, el que cruzamos en el espacio de una hora más de sesenta veces.

Los más avanzados de la división comenzamos a llegar a las ocho de la noche al renombrado establecimiento de Guadalupe, donde el administrador y empleados, todos bolivianos, nos reciben de la manera más afectuosa, descollando entre ellos el médico del establecimiento, doctor don Sixto Renjel.


ABRIL 12

Todo el día están llegando los soldados que quedaron en el camino la noche de ayer. Cada cual reniega de las pasadas y repasadas infinitas del río pues muchos venían completamente mojados y transidos de frío. Sin embargo, la comida del día, como la de los anteriores, es buena y abundante., lo que hace mitigar las fatigas de la jornada que, a no habernos extraviado, habría sido infinitamente más corta.

Pasamos la tarde visitando el establecimiento que, se me dijo, era el segundo en su clase en América, figurando en primer término el de Pulacayo, que beneficia las substancias de Huanchaca, como Guadalupe la de los minerales de Tatasi y Borrugalete.

Guadalupe pertenece a una sociedad anónima, cuyo mayor accionista es don Gregorio Pacheco, ex presidente de Bolivia, quien habría impartido las órdenes del caso para que se nos tratara de la mejor manera posible.

El establecimiento da ocupación comúnmente a 300 a 400 individuos, contando con una población que no baja de las mil almas, que encuentran allí todo lo necesario para vivir cómodamente: una buena recoba surtida de toda clase de frutas y legumbres, un extenso hotel con mesas de billar y otros divertimientos, escuelas e instrucción primaria, médico, botica de primera clase, un gran almacén de mercaderías surtidas y oficinas de correos y telégrafos con comunicaciones universales.

El establecimiento corre bajo la administración de don José Antonio Seonai y la elaboración y beneficio de los metales bajo la dirección del inteligente químico don Romualdo Porcel, quien ha bebido sus vastos conocimientos en la escuela de nuestro sabio mineralogista don Ignacio Domeyko. Tiene por ayudante al joven don Cástulo Pacheco, sobrino del ex presidente del mismo apellido.


ABRIL 13

Sin que nos falte un solo soldado emprendemos la marcha a las 6.15 A. M. después de expresar nuestros agradecimientos al señor Seoani por la amable acogida que nos ha dispensado.

Desde que salimos de Guadalupe notamos que todo el trayecto había sido recientemente arreglado y limpio para nuestro paso.

Ya se nos había notificado de este nuevo acto de deferente galantería mandado a ejecutar por el subprefecto de Tupiza.

Después de recorrer una dilatada cuesta que nos ofrece la más hermosa perspectiva llegamos a la sociedad de Salo a cuya entrada existe un precioso bosque de espinos, en cuyas frondosas ramas se anidan multitud de avecitas de variados especies y colores.

A las 5 P. M. llegamos a las casas de Salo donde, desde una hora antes, nos aguarda el subprefecto de Tupiza, don Francisco Arraya, quien, acompañado de sus ayudantes y algunos ordenanzas, ha hecho el viaje expreso desde la ciudad de su residencia para saludar a los jefes de nuestra división y ofrecerles los recursos que ésta necesitare.

La hacienda de Salo es también propiedad de la compañía Guadalupe o más propiamente del señor Gregorio Pacheco y tiene una extensión de seis leguas, más o menos, de terrenos de regadío, que producen la alfalfa, el maíz, trigo, habas y papas; pero la principal entrada del fundo la dan la ganadería y los potreros de talaje.

El señor Arraya nos invita a hacer los honores a una suculenta comida que devoramos con franco apetito.


ABRIL 14

A las 8 A. M. seguimos camino de Tupiza donde llegamos a las 4.30 P. M. Durante el trayecto nos ha acompañado el subprefecto de la provincia hasta a llevar a su casa a los señores Villegas, Camus y algunos ayudantes, ofreciéndoles sus habitaciones como confortable alojamiento.

A la entrada de la ciudad nos esperaba la Guardia Nacional compuesta de 30 o 40 jóvenes de lo más distinguido de la población.

La división quedó acantonada frente al lugar denominado la Banda y en un sitio perfectamente apropiado para el objeto.

No tardó en llenarse aquello de una abigarrada multitud de vendedoras indígenas, que van a ofrecer a los nuestros comidas del país, pan, chicha de jora, frutas, etc., a precios relativamente caros, lo que no obsta para que el despacho se haga en un abrir y cerrar de ojos.

También se han trasladado al campamento los propietarios del comercio extranjero y nuestro representante en la ciudad, el vicecónsul de Chile, don Adolfo Harrison, que ha enviado algunas cargas de pan para obsequiarlas a la tropa.

Y no escaseaban entre los visitantes algunas respetables señoras y algunos hermosísimos pimpollos, que contemplan con avidez y asombro la arrogante aunque desastrada figura de nuestros rotos y el orden y la disciplina que reina en las filas.

Tupiza es una ciudad de antiguas construcciones con tres calles paralelas, más o menos rectas y de alguna extensión, y cinco o seis transversales. Tiene una anchurosa plaza en uno de cuyos costados se levanta la iglesia parroquial, edificio de antigua data y en estado de amenazante ruina. Al poniente de la misma plaza y al costado de los edificios que ocupan la aduana y correos se construye actualmente una nueva iglesia de estilo moderno y que promete ser bastante hermosa.

El comercio es numeroso y existen algunas casas al por mayor que giran con no despreciable capital, contándose entre ellas la de los señores Aramayo Francke y Cª, Eduardo Hausen, Reyes Hermanos, Harrison y otras.

La población no excede actualmente de 2.000 habitantes.

Recomiendo sus calles y de paso en el almacén del señor Eduardo Hausen, fui galantemente invitado por este caballero y su distinguida esposa, la señora Essilda Franco de Hausen para comer en su casa.

Mientras iba al hotel a cambiar en parte lo roído de mi traje, dos compañeros míos recibieron igual invitación.

Reunidos todos pasamos al comedor donde se nos trató a cuerpo de rey, saliendo encantados de los modales que gastaron para con nosotros los dueños de casa.

El señor Hausen nos ofrece hospitalario techo que sólo uno de nuestros compañeros aceptó, por haber tomado los otros anticipado alojamiento en el principal hotel Tupiza. 

Mejor Dios nos hubiera librado de anticipación, pues al ir a ocupar la pieza que se nos destinó a Juan F. Urcullo, Santiago Herrera G., Vicente Subercaseaux y a mí, se nos vino el alma a los pies. ¡Aquello no es pieza de hotel, pero ni de fogón!

Tres aparatos, a modo de catres, y un ex sofá sobre los cuales había esparcidos tiras de mugrientos trapos, cueros de llamas de color indefinido, una anciana mesa que había perdido dos de sus patas en fuerza del transcurso de los años y una silla de palo, ascendida a la categoría de velador, porque sobre ella se equilibraba una vela de sebo, componían el mobiliario de nuestra común habitación.

Pero no es esto sólo, que el cuarto antes que por nosotros, había sido invadido por huéspedes extraños. Las paredes y los techos se presentaban cubiertos de asquerosas y repugnantes vinchucas y por sobre la presunta mesa y el ascendido velador marchan en batalla, como un ejército numeroso, multitud de chinches que se aprestan a ofrecernos desigual combate.

Después de consultarnos mutuamente, después de comprender las dificultades que se nos presentan para salir tarde de la noche y en una población desconocida en busca de nueva habitación, nos resolvemos a todo, sí, a todo, a pasar la velada en medio de nuestros enemigos, aunque tomando las medidas del caso para no ser atacados sorpresivamente.

Distribuimos algunas velas encendidas alrededor de la pieza y con la consigna de estar listos a la primera voz de alarma, cada uno va a tomar su pretendido lecho.

Un grito de horror se escapa de los labios de Santiago herrera al alzar el extremo de uno de los trapos que cubrían el suyo. Acaba de ver una bestia feroz, de color plomizo y pequeñas dimensiones que le sale al encuentro. ¡Una nueva especie de enemigo a quien combatir!

¡Qué hacerle! Nuestros cuerpos están rendidos y nos piden tomar la horizontal.

Un nuevo grito del compañero Herrera nos hace poner en pie sobresaltados. Pero el grito es esta vez de ¡incendio! Y es efectivo.

Había colocado mi sombrero, mi sombrero de castro plomo, que me acompañaba desde Quillagua, en un madero saliente de la cama de Subercaseaux y en una de las muchas vueltas que daba batiéndose en retirada del enemigo, lo arrojó al suelo yendo a caer sobre una de las velas que incontinenti le prendió fuego.


Entre otras, es la mayor peripecia, la de la pérdida de mi bonito sombrero plomo, la que me ha ocurrido por alojarnos en el hotel principal de Tupiza.

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