ABRIL
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A las 5.45
A. M. en marcha.
El guía que
encamina la división desde Uyuni, un indio del país, pierde el camino al salir
de Inca Cachi y nos obliga a dar un enorme rodeo.
El
intendente Villegas y el coronel Camus que marchan hoy a vanguardia encuentran
a unos cuantos caballeros que forman parte de la guardia nacional del mineral
de Tatasi, quienes les advierten la circunstancia de haber perdido la división
el verdadero rumbo y nos ofrecen un nuevo guía que nos conducirá en derechura a
Guadalupe.
Después de
trepar, a las oraciones, una encumbrada cima, comenzamos a descender la cuesta
de Cala Cruz, el paso más infernal que hombre nacido haya podido atravesar.
Muchos de los nuestros no aceptan la denominación de Cala Cruz, creyendo que
más apropiadamente debe llamarse cuesta del Calvario, por la infinidad de
caídas que sufrimos en el descenso.
Al pie de
esta cuesta se extiende la larga y estrecha quebrada de Chorolque, por cuya
falda y haciendo innumerables zig-zag
corre el río Guadalupe, el que cruzamos en el espacio de una hora más de
sesenta veces.
Los más
avanzados de la división comenzamos a llegar a las ocho de la noche al
renombrado establecimiento de Guadalupe, donde el administrador y empleados,
todos bolivianos, nos reciben de la manera más afectuosa, descollando entre
ellos el médico del establecimiento, doctor don Sixto Renjel.
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Todo el día
están llegando los soldados que quedaron en el camino la noche de ayer. Cada
cual reniega de las pasadas y repasadas infinitas del río pues muchos venían
completamente mojados y transidos de frío. Sin embargo, la comida del día, como
la de los anteriores, es buena y abundante., lo que hace mitigar las fatigas de
la jornada que, a no habernos extraviado, habría sido infinitamente más corta.
Pasamos la
tarde visitando el establecimiento que, se me dijo, era el segundo en su clase
en América, figurando en primer término el de Pulacayo, que beneficia las
substancias de Huanchaca, como Guadalupe la de los minerales de Tatasi y
Borrugalete.
Guadalupe
pertenece a una sociedad anónima, cuyo mayor accionista es don Gregorio
Pacheco, ex presidente de Bolivia, quien habría impartido las órdenes del caso
para que se nos tratara de la mejor manera posible.
El
establecimiento da ocupación comúnmente a 300 a 400 individuos, contando con
una población que no baja de las mil almas, que encuentran allí todo lo necesario
para vivir cómodamente: una buena recoba surtida de toda clase de frutas y
legumbres, un extenso hotel con mesas de billar y otros divertimientos,
escuelas e instrucción primaria, médico, botica de primera clase, un gran
almacén de mercaderías surtidas y oficinas de correos y telégrafos con
comunicaciones universales.
El
establecimiento corre bajo la administración de don José Antonio Seonai y la
elaboración y beneficio de los metales bajo la dirección del inteligente
químico don Romualdo Porcel, quien ha bebido sus vastos conocimientos en la
escuela de nuestro sabio mineralogista don Ignacio Domeyko. Tiene por ayudante
al joven don Cástulo Pacheco, sobrino del ex presidente del mismo apellido.
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Sin que nos
falte un solo soldado emprendemos la marcha a las 6.15 A. M. después de
expresar nuestros agradecimientos al señor Seoani por la amable acogida que nos
ha dispensado.
Desde que
salimos de Guadalupe notamos que todo el trayecto había sido recientemente
arreglado y limpio para nuestro paso.
Ya se nos
había notificado de este nuevo acto de deferente galantería mandado a ejecutar
por el subprefecto de Tupiza.
Después de
recorrer una dilatada cuesta que nos ofrece la más hermosa perspectiva llegamos
a la sociedad de Salo a cuya entrada existe un precioso bosque de espinos, en
cuyas frondosas ramas se anidan multitud de avecitas de variados especies y
colores.
A las 5 P.
M. llegamos a las casas de Salo donde, desde una hora antes, nos aguarda el
subprefecto de Tupiza, don Francisco Arraya, quien, acompañado de sus ayudantes
y algunos ordenanzas, ha hecho el viaje expreso desde la ciudad de su
residencia para saludar a los jefes de nuestra división y ofrecerles los
recursos que ésta necesitare.
La hacienda
de Salo es también propiedad de la compañía Guadalupe o más propiamente del
señor Gregorio Pacheco y tiene una extensión de seis leguas, más o menos, de
terrenos de regadío, que producen la alfalfa, el maíz, trigo, habas y papas;
pero la principal entrada del fundo la dan la ganadería y los potreros de
talaje.
El señor
Arraya nos invita a hacer los honores a una suculenta comida que devoramos con
franco apetito.
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A las 8 A.
M. seguimos camino de Tupiza donde llegamos a las 4.30 P. M. Durante el
trayecto nos ha acompañado el subprefecto de la provincia hasta a llevar a su
casa a los señores Villegas, Camus y algunos ayudantes, ofreciéndoles sus
habitaciones como confortable alojamiento.
A la
entrada de la ciudad nos esperaba la Guardia Nacional compuesta de 30 o 40
jóvenes de lo más distinguido de la población.
La división
quedó acantonada frente al lugar denominado la Banda y en un sitio
perfectamente apropiado para el objeto.
No tardó en
llenarse aquello de una abigarrada multitud de vendedoras indígenas, que van a
ofrecer a los nuestros comidas del país, pan, chicha de jora, frutas, etc., a
precios relativamente caros, lo que no obsta para que el despacho se haga en un
abrir y cerrar de ojos.
También se
han trasladado al campamento los propietarios del comercio extranjero y nuestro
representante en la ciudad, el vicecónsul de Chile, don Adolfo Harrison, que ha
enviado algunas cargas de pan para obsequiarlas a la tropa.
Y no
escaseaban entre los visitantes algunas respetables señoras y algunos
hermosísimos pimpollos, que contemplan con avidez y asombro la arrogante aunque
desastrada figura de nuestros rotos y el orden y la disciplina que reina en las
filas.
Tupiza es
una ciudad de antiguas construcciones con tres calles paralelas, más o menos
rectas y de alguna extensión, y cinco o seis transversales. Tiene una anchurosa
plaza en uno de cuyos costados se levanta la iglesia parroquial, edificio de
antigua data y en estado de amenazante ruina. Al poniente de la misma plaza y
al costado de los edificios que ocupan la aduana y correos se construye
actualmente una nueva iglesia de estilo moderno y que promete ser bastante
hermosa.
El comercio
es numeroso y existen algunas casas al por mayor que giran con no despreciable
capital, contándose entre ellas la de los señores Aramayo Francke y Cª, Eduardo
Hausen, Reyes Hermanos, Harrison y otras.
La
población no excede actualmente de 2.000 habitantes.
Recomiendo
sus calles y de paso en el almacén del señor Eduardo Hausen, fui galantemente
invitado por este caballero y su distinguida esposa, la señora Essilda Franco
de Hausen para comer en su casa.
Mientras
iba al hotel a cambiar en parte lo roído de mi traje, dos compañeros míos
recibieron igual invitación.
Reunidos
todos pasamos al comedor donde se nos trató a cuerpo de rey, saliendo encantados
de los modales que gastaron para con nosotros los dueños de casa.
El señor
Hausen nos ofrece hospitalario techo que sólo uno de nuestros compañeros
aceptó, por haber tomado los otros anticipado alojamiento en el principal hotel Tupiza.
Mejor Dios
nos hubiera librado de anticipación, pues al ir a ocupar la pieza que se nos
destinó a Juan F. Urcullo, Santiago Herrera G., Vicente Subercaseaux y a mí, se
nos vino el alma a los pies. ¡Aquello no es pieza de hotel, pero ni de fogón!
Tres
aparatos, a modo de catres, y un ex sofá sobre los cuales había esparcidos
tiras de mugrientos trapos, cueros de llamas de color indefinido, una anciana
mesa que había perdido dos de sus patas en fuerza del transcurso de los años y
una silla de palo, ascendida a la categoría de velador, porque sobre ella se
equilibraba una vela de sebo, componían el mobiliario de nuestra común
habitación.
Pero no es
esto sólo, que el cuarto antes que por nosotros, había sido invadido por
huéspedes extraños. Las paredes y los techos se presentaban cubiertos de
asquerosas y repugnantes vinchucas y por sobre la presunta mesa y el ascendido
velador marchan en batalla, como un ejército numeroso, multitud de chinches que
se aprestan a ofrecernos desigual combate.
Después de
consultarnos mutuamente, después de comprender las dificultades que se nos
presentan para salir tarde de la noche y en una población desconocida en busca
de nueva habitación, nos resolvemos a todo, sí, a todo, a pasar la velada en
medio de nuestros enemigos, aunque tomando las medidas del caso para no ser
atacados sorpresivamente.
Distribuimos
algunas velas encendidas alrededor de la pieza y con la consigna de estar
listos a la primera voz de alarma, cada uno va a tomar su pretendido lecho.
Un grito de
horror se escapa de los labios de Santiago herrera al alzar el extremo de uno
de los trapos que cubrían el suyo. Acaba de ver una bestia feroz, de color
plomizo y pequeñas dimensiones que le sale al encuentro. ¡Una nueva especie de
enemigo a quien combatir!
¡Qué
hacerle! Nuestros cuerpos están rendidos y nos piden tomar la horizontal.
Un nuevo
grito del compañero Herrera nos hace poner en pie sobresaltados. Pero el grito
es esta vez de ¡incendio! Y es efectivo.
Había
colocado mi sombrero, mi sombrero de castro plomo, que me acompañaba desde
Quillagua, en un madero saliente de la cama de Subercaseaux y en una de las
muchas vueltas que daba batiéndose en retirada del enemigo, lo arrojó al suelo
yendo a caer sobre una de las velas que incontinenti le prendió fuego.
Entre otras,
es la mayor peripecia, la de la pérdida de mi bonito sombrero plomo, la que me
ha ocurrido por alojarnos en el hotel principal
de Tupiza.
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