MAYO
12
El Linares
deja el campamento a las 5.30 A. M. y dos horas después seguimos los de la
división civil trepando la empinada cuesta y los innumerables zig-zag que nos han de conducir a la
cumbre que divide la República Argentina con la de Chile.
La
ascensión es penosísima, pues los animales se detienen a cada paso fatigados
por efecto de la puna o soroche, y hay senderos que se hace necesario cruzarlos
a pie para no exponerse a rodar en el abismo.
A las 9 A.
M. el amigo Santiago Sanz me advierte que debemos decir adiós a la República
Argentina y saludar a Chile, en cuyo suelo penetramos.
Descendiendo
de nuestras cabalgaduras, cual si hubiéramos sido tocados por un resorte
eléctrico, nos descubrimos todos y con voz potente, que el eco repitió por
todas partes, lanzamos un sonoro ¡Viva Chile! Haciendo estremecer la montaña
que nos servía de pedestal.
¡Al fin nos
encontramos en la patria querida, contemplando el diáfano azul de su cielo y
aspirando su fresca y perfumada brisa!
¡Al fin nos
vemos libres del desierto y sus penalidades, y podemos admirar con patriótica
satisfacción la majestuosa corriente de nuestros ríos y sus verdes y
pintorescas riberas!
¡Al fin
vamos a llegar al ausente y desolado hogar donde nos esperan, angustiados por
ignorar nuestra suerte, la anciana y bondadosa madre, la tierna y gentil
esposa, la hermana querida y aquellos inocentes retoños de nuestro ser, que
sabrán de nuestros labios la historia de mil penalidades y sufrimientos, a la
vez que formarán sus corazones en la escuela del honor y de la lealtad, nobles
principios sustentados por los individuos de la División Camus!
¡Noble
Chile, querida patria mía, yo os saludo reverente desde la cumbre majestuosa
“que te dio por baluarte el Señor!” y pido al Dios de los cielos que destruya a
esa camarilla de infames y traidores que en estos momentos desgarran vuestras
entrañas, para repartirse el rico botín de vuestras glorias y de vuestros
caudales!
Comenzamos
el descenso de la cuesta de los Caracoles que necesariamente debe ejecutarse a
pie y llevando de la brida la respectiva cabalgadura, para evitar de este modo
ir rodando por las pendientes, y después de mil divertidas peripecias y no
pocos costalazos llegamos a la
planicie, o sea al lugar denominado Las Calaveras, a las 11 A. M.
Aquí nos
refieren que la pasada de los cuerpos que nos han precedido en la marcha por la
raya fronteriza de Chile, han sido actos verdaderamente patrióticos, donde se
ha dado la más franca expansión al corazón del soldado chileno.
Entre otras
escenas, un testigo ocular de ellas, me refiere la siguiente:
Ayer
llegaron a la raya los batallones 4º de línea y Mulchén donde los esperaban
arrieros venidos de los Andes con cargas de sabroso vino. Se reparte una chica
por plaza y en ese instante las bandas de músicos de ambos cuerpos rompen con
los acordes sublimes de la Canción Nacional.
Un viva
atronador hiende el espacio, un viva Chile que arranca del pecho de aquellos
generosos soldados, nobles defensores de la más noble de las causas: la
Constitución del país. Centenares de kepíes vuelan al aire, los que un segundo
después ruedan sobre la blanca nieve de la cordillera.
Un nuevo y
frenético viva se desprende de los labios de aquellos sufridos rotitos,
saludando al primer magistrado de la nación, al primer ciudadano de la
República, al incomparable político don José Manuel Balmaceda.
Restablecida
un tanto la calma, sube sobre empinada roca el sargento mayor del 4º de línea
don Vicente Hidalgo, y con elocuencia que en él es peculiar, perora a la tropa,
incitándola a seguir adelante en sus principios, a mantenerse firme en sus
convicciones y a estar siempre dispuesta a morir por la patria y por el
mandatario que rija sus destinos.
Apenas el
mayor Hidalgo abandona la imponente a la vez que improvisada tribuna, la ocupa
el teniente coronel don Luis Fierro Beytía quien, con frases de acendrado
patriotismo, saluda a Chile, al Presidente Balmaceda y a los soldados allí
presentes, fieles y decididos servidores de la causa del orden, la legalidad y
el honor del país.
Al concluir
los oradores, el entusiasmo fue indescriptible y aquello habría degenerado en
locura si las cornetas no hacen oír el toque de marcha.
Iguales
escenas me asegura mi interlocutor, se han repetido con los otros cuerpos de la
división.
Después de
un breve descanso, durante el cual el querido amigo don Emilio 2º Sotomayor, 2º
jefe del Linares, me hizo saborear exquisitas sardinas y un par de copas de
buen burdeos, seguimos adelante.
El señor
Villegas, a cuyo lado marcho, me hace admirar la obra incomprensible de la
Naturaleza, llamándome la atención hacia la soberbia estructura de los cerros
que se elevan a nuestro paso, a esas cumbres coronadas de eternas nieves, donde
sólo el cóndor puede remontar su vuelo.
El señor
Villegas, extasiado en la contemplación del majestuoso panorama que nos rodea,
piensa y sabe que Dios, el Supremo Hacedor de todas las cosas, inclina la
balanza de su justicia a nuestro favor, mostrándose esencialmente gobiernista,
pues ha permitido esta vez que las nieves no cierren el paso a más de dos mil
hombres que, empujados por su honor y su conciencia, regresan al seno de la
patria a cumplir como buenos los deberes que la lealtad les impone.
Pienso como
el señor Villegas y adoro a Dios en sus designios y en la protección que nos
dispensa.
¡Son pocos
los que se atreven a cruzar los Andes en el mes de mayo, en el mes de las
nieves!
A la 1 P.
M. estamos en Juncal, fundo rústico de propiedad de un señor Parracia, si no me
equivoco, y donde, en pleno campo, teniendo por techo el claro firmamento y por
bastidores las blancas cumbres de la cordillera, se nos ofrece una bien servida
mesa, cubierta de numerosas gallinas y pichones, grandes pavos y hermosísimos
gansos, rodeados de una batería de botellas del más exquisito vino que producen
los viñedos de los Andes, el todo mandado preparar por el novel gobernador de
aquel departamento y antiguo y distinguido amigo Enrique Silva y Moreno.
Deseoso de
avanzar por estar más pronto al lado de los míos, me uní a mi consecuente
compañero don Pedro J. Vega y al galope de los magníficos caballos que el señor
Villegas nos hace proporcionar en cambio de los gastados que traíamos, llegamos
a Guardia Vieja a las 3.15 P. M.
Magnífico
paradero es, a fe, el de Guardia Vieja. En él se encuentran las comodidades que
puede apetecer el viajero, uniendo a ellas el buen trato y las maneras que
distinguen a su propietario, don Manuel
Mateluna.
No trepido
en recomendarlo a los que tienen necesidad de cruzar los Andes por esa vía,
seguro de que por ello me guardarán reconocimiento.
Aunque
debíamos seguir viaje, una indisposición del amigo Vega nos lo impide,
resolviendo, en consecuencia, descansar en los blandos y limpios lechos que se
nos ofrecen.
MAYO
13
A las 9.30
A. M. emprendimos de nuevo la marcha y a las 10.15 nos detienen en los
Quillayes algunos jóvenes oficiales de nuestro ejército para ofrecernos
cortésmente algo que almorzar o en su defecto, pues rechazamos el convite, una
copa de vino que bebemos con placer.
A las 11.30
estamos en Los Loros y a las 11.45 en Punta de Rieles, donde esperan el tren
que los ha de conducir, los batallones 4º de línea y Mulchén.
Nuestra
estadía en este punto no es larga, pues a los 15 minutos llega un convoy cuyo
primer carro abierto por sus cuatro costados, ostenta infinidad de banderas y
guirnaldas de frescas flores. En él vienen multitud de jóvenes y algunos jefes
del ejército, entre los cuales descubro a mis antiguos compañeros de armas en
la campaña del Perú, los sargentos mayores Germán Larraín y Germán Balbontín,
con los cuales me confundo en efusivo abrazo.
Oigo que
uno de los jóvenes llegado en el tren pregunta a voces por mi nombre y
naturalmente me apersono a él.
Ha venido
con el objeto de saludarme a nombre del gobernador de los Andes, el amigo Silva
y Moreno, siendo a la vez portador de una damajuana de chicha que aquél me envía como delicado presente. ¡Y no podía
llegar más a tiempo, pues todos estábamos hambrientos de saborear el exquisito
néctar que sólo Chile es capaz de producir!
Inútil me
parece consignar que el obsequio del amigo Silva duró lo que un pollo en casa
de un enfermo y que todos deploramos las reducidas proporciones del continente...
A las 2 P.
M. el tren se detiene en la estación de los Andes donde todo un pueblo nos
aclama con júbilo indescriptible.
El
gobernador, el diputado por el departamento señor Verdugo, los alcaldes
municipales y cuanto la ciudad de los Andes tiene de más distinguido, se cruzan
al paso de nuestros soldados saludándolos con demostraciones de la más viva
satisfacción.
¡Bien por
nuestros rotos y bien por los dignos ciudadanos que con sus aplausos pagan
tributos merecidos a los que saben servir a sus principios!
A las 5 de
la tarde llegó el señor Villegas con los empleados de su dependencia y,
deseosos todos de ir al seno de la familia que impaciente nos espera, nos
trasladamos a Santiago en tren de las 6 P. M., llegando a las 10.30 a la
hermosa ciudad que nos viera nacer y de la cual me había ausentado seis años
atrás.
Cuatro días
después, el 17 de mayo a la una de la tarde, arribada a la estación central de
los Ferrocarriles del estado toda la División Camus, fuerte de dos mil cien
plazas. Había salido de Calama con cien hombres más, de los cuales algunos
perdieron la vida en el penoso trayecto, otros quedaron extraviados en el
camino y muchos enfermos en los hospitales de Tupiza, de Jujuy y de Mendoza,
pero ninguno se pasó al enemigo, ninguno fue a engrosar las filas
revolucionarias, salvo un par de oficiales sin dignidad y sin conciencia!
Guiado por
el cariño y la respetuosa admiración que me causara la resignación de esos
legendarios hijos del trabajo, hoy soldados de la División Camus, de la División del Desierto, como la he
apellidado y, testigo ocular de sus sufrimientos, me permití saludarlo a la
llegada a esta ciudad, con la proclama que conjuntamente con la lanzada por S.
E. El Presidente de la República, se distribuyó con profusión en la Alameda de
las Delicias y calles de Santiago, las cuales se insertan a continuación:
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