domingo, 29 de noviembre de 2015

DEL DESIERTO A LA CORDILLERA CON EQUIPO DE VERANO

MARZO 10

A las 2,30 A. M. hemos llegado al campamento de la división situado en la ribera del Loa y en un paradero o posta denominado del huaso González, por residir allí desde muchos años atrás un chileno de este apellido.

Me hago introducir a la habitación del coronel Camus y le comunico la misión de que estoy encargado, agregándole la noticia del desastre del coronel Robles.

Me dice que esta última la oyó circular como rumor, en la mañana, en la oficina Santa Isabel, pero que no le ha dado entero crédito.

Oigo que me llaman de dos puntos diferentes. Son los antiguos amigos Juan Félix Urcullu y Santiago Herrera Gandarillas, comandante del Andes y Linares respectivamente, que tras largos años de separación han reconocido mi voz. Los veo allá recostados sobre el duro suelo, mullido lecho para el soldado en campaña, descansando de la fatigosa marcha del día.

Conversamos ligero rato sobre las noticias de que era portador y nos damos las buenas noches o los buenos días, y como ellos tomo la horizontal sobre los escasos avíos de mi montura.

A las 6,30, dudando aún el coronel Camus de la derrota de Robles, pone en marcha la división camino de Quillagua. Se me ordena avanzar con el mayor don Nicolás Yávar, jefe de Granaderos, para destruir el ferrocarril del Toco. Al llegar a la oficina Santa Fe recibimos contra-orden, debiendo esperar el arribo de la división. Esta llega a las 6 P. M. y 30 minutos después todos seguimos marcha, después de haber sido galantemente atendidos por el administrador del establecimiento, don Ricardo Sloman, antiguo y querido amigo de La Noria.

El capitán Leclerc y sus granaderos nos esperaban en la oficina y contramarchan con la división.

Esta trae como guía a un viejo boliviano de apellido Palalo, que el año 79 sirvió, en la clase de capitán, a las órdenes del capitán Ladislao Cabrera en la defensa del pueblo de Calama, donde reside cultivando unos potreritos de alfalfa en compañía de un hermano suyo. Es activo, servicial y de un carácter bonachón.

MARZO 19

Anoche el buen Palalo nos extravió el camino haciéndonos dar un gran rodeo, por cuya razón sólo a las 8,30 A. M. Hemos llegado a Quillagua.

A la vista de la hermosa y exuberante vegetación de aquella larga y estrecha ribera, a la vista de las cristalinas aunque salobres aguas del Loa, la tropa, que ha marchado ocho días por sobre las candentes arenas del desierto, cobra ánimos y el contento es general.

Bajo la sombra de los frondosos pimientos y algarrobos se forma el campamento de los batallones Buin, Andes y Linares, que son los cuerpos expedicionarios.

El Estado Mayor acampa en las casas del señor Canelo, donde él, su hijo Ignacio, el administrador del fundo don Arturo Malbrán y su distinguida esposa se disputan a porfía el derecho de prodigarnos sus más exquisitas atenciones.

¡Qué ricos son los choclos de Quillagua, qué tiernos y qué abundantes!

Se ha ordenado darlos a la tropa a discreción y a nosotros... hasta reventar.

A las 4.30 P. M. llega de Cerro Gordon don Benito Requejo, rico comerciante español, traficante en granados, confirmando el desastre de Pozo Almonte y aseverando que montoneras revolucionarias recorrían los caminos de Cerro Gordo y Monte Soledad.

Aún no se da crédito a la derrota del coronel Robles y Camus despacha propios a Tocopilla, Calama, Huatacondo y Cerro Gordo para cerciorarse de la efectividad de ello.

Reina gran ansiedad en el campamento.

MARZO 12

La tropa ha descansado bien, se ha alimentado mejor y espera entusiasta la orden de avanzar.

No se recibe ninguna noticia sobre la división Robles.

A las 9.15 las postas colocadas en el cerro norte del campamento anuncian una enorme polvareda que avanza hacia nosotros. ¿Es el enemigo? Se toca tropa y antes de cinco minutos varias compañías del Linares, Andes y Buin coronan las alturas. El coronel Camus, sus ayudantes y la caballería van adelante. Hemos corrido una legua. El enemigo se ha convertido en dos carretas rezagadas de la división, conductores de víveres que levantan más tierra que una legión de demonios.

El percance ha sido grande. Se nos manda regresar y lo hacemos con las caras mustias.

Sin embargo, ha servido la alarma de un lucido y práctico ejercicio.

Los cuerpos movilizados se han portado a la altura de los más bizarros cuerpos del ejército. Los reclutas del Andes y del Linares han trepado los cerros con la agilidad del gamo a la par que los bravos del Buin, dispersos en guerrillas, enhiesta la mirada y empuñando el rifle con la nervuda mano del que va dispuesto a clavar el yatagán en el pecho dele enemigo servil y miserable, que por unas cantas monedas se ha prestado para asesinar traidoramente a la madre que le dio el ser a la madre Patria.

¡Bien por los soldados que mandan Camus, Pérez, Urcullu, Herrera, Yávar y el gabacho Leclerc!

A las 2 P. M., un caballero argentino, traficante en ganado vacuno, llega de Calama y nos dice que el 9 del presente, se sublevó en Antofagasta parte de las tropas pertenecientes a los batallones movilizados Talca y San Felipe y que a consecuencia de ello ha habido un tiroteo con el Blanco y algunas lanchas de ese buque.

MARZO 13

La tropa sigue contenta en su campamento. El agua del Loa bastante salada, comienza a enfermar a la tropa; pero los doctores Mandiola y Casanova atacan con energía el mal y obtienen felices resultados.

A las 11.30 A. M. llega de Calama el comandante de la policía de ese pueblo, señor Santelices. Se confirma oficialmente la derrota de Robles, y en vista de ello se dan las órdenes del caso, a fin de que la división esté lista para contramarchar hacia Calama en la tarde del día siguiente.

En la noche el capitán Leclerc me invita juntamente con Bianchi y Saldivia a su alojamiento y a los pocos momentos nos traza sobre tersa hoja de papel el más notable plan de retirada, que militar alguno pudiera concebir.

Reímos de buena gana con la broma del amigo Lucho y nos retiramos a descansar.


MARZO 14

Se notan en el campamento los aprestos para la marcha. El simpático y caballeresco amigo y administrador de Quillagua, don Arturo Malbrán, su amable esposa, el señor Canelo y todos los dependientes del fundo van de aquí para allá, afanosos e incansables, recogiendo los últimos choclos para cocerlos, y el fruto abundante y exquisito de los numerosos membrillos para obsequiarles a oficiales y tropa.

No hay quien no tenga para ellos una palabra de gratitud por las innumerables atenciones que nos han prodigado.

Poseen en alto grado los señores Canelo, Malbrán y los suyos el sentimiento del patriotismo, aman la causa santa del orden y de la Constitución y aprovechan la oportunidad de demostrar sus simpatías a los defensores de ella.

¡Bien por esos dignos ciudadanos y bien por nosotros que hemos recibido sus favores!

A las 3 P. M. se emprende la marcha rumbo a Calama. No hemos tenido novedad en la noche.

MARZO 15

A las 7 P. M. pasamos por frente a la oficina Santa Fe. El administrador de ella nos dice que es posible nos salga el enemigo a cortar la retirada, pues tiene aviso de que pretendían salir de Tocopilla las tropas que habían dejado en aquel puerto la O’Higgins y el Aconcagua.

A las 11.40 A. M. llegamos al campamento del huaso González.

Aquí el coronel Camus recibe pliegos de Calama.

Después del rancho de la tropa nos encaminamos a la oficina de Santa Isabel.

Se ordena adelantarse al comandante del Andes, teniente coronel don Juan Félix Urcullu, para que destruya los aparatos telegráficos y telefónicos de la oficina. Lo acompañan en esta comisión los comandantes Bianchi y Saldivia.

A las 7.30 el coronel Camus, sus ayudantes, sargentos mayores V. Subercaseaux, Eduardo Mardones, teniente Tuñón y yo nos trasladamos a Santa Isabel. La tropa queda en su campamento, con excepción de la caballería, que también marcha a la oficina.

El mayor Yávar y capitán Leclerc reciben orden de salir con un piquete de Granaderos a destruir parte de la línea férrea de Tocopilla al Toco.

MARZO 16

Se aguarda con impaciencia llegue de Calama la caballería del coronel Vargas para emprender con ella algunas operaciones, pues la nuestra está mal montada y apenas alcanza a treinta hombres.

Se mandan treinta soldados del Linares para ayudar a los trabajos de la destrucción de la línea del ferrocarril.


A las 4.30 P. M. llegan de Calama veinte hombres del escuadrón Dragones, al mando de un alférez Encina. Traen todos ellos buenos caballos. El alférez es un tipo especial. Habla hasta por los codos y se dice un segundo Fierabrás.

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