MARZO
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A las 2,30
A. M. hemos llegado al campamento de la división situado en la ribera del Loa y
en un paradero o posta denominado del huaso
González, por residir allí desde muchos años atrás un chileno de este apellido.
Me hago
introducir a la habitación del coronel Camus y le comunico la misión de que
estoy encargado, agregándole la noticia del desastre del coronel Robles.
Me dice que
esta última la oyó circular como rumor, en la mañana, en la oficina Santa
Isabel, pero que no le ha dado entero crédito.
Oigo que me
llaman de dos puntos diferentes. Son los antiguos amigos Juan Félix Urcullu y
Santiago Herrera Gandarillas, comandante del Andes y Linares respectivamente,
que tras largos años de separación han reconocido mi voz. Los veo allá
recostados sobre el duro suelo, mullido lecho para el soldado en campaña,
descansando de la fatigosa marcha del día.
Conversamos
ligero rato sobre las noticias de que era portador y nos damos las buenas
noches o los buenos días, y como ellos tomo la horizontal sobre los escasos
avíos de mi montura.
A las 6,30,
dudando aún el coronel Camus de la derrota de Robles, pone en marcha la
división camino de Quillagua. Se me ordena avanzar con el mayor don Nicolás
Yávar, jefe de Granaderos, para destruir el ferrocarril del Toco. Al llegar a
la oficina Santa Fe recibimos contra-orden, debiendo esperar el arribo de la
división. Esta llega a las 6 P. M. y 30 minutos después todos seguimos marcha,
después de haber sido galantemente atendidos por el administrador del
establecimiento, don Ricardo Sloman, antiguo y querido amigo de La Noria.
El capitán
Leclerc y sus granaderos nos esperaban en la oficina y contramarchan con la
división.
Esta trae
como guía a un viejo boliviano de apellido Palalo, que el año 79 sirvió, en la
clase de capitán, a las órdenes del capitán Ladislao Cabrera en la defensa del
pueblo de Calama, donde reside cultivando unos potreritos de alfalfa en
compañía de un hermano suyo. Es activo, servicial y de un carácter bonachón.
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Anoche el
buen Palalo nos extravió el camino haciéndonos dar un gran rodeo, por cuya
razón sólo a las 8,30 A. M. Hemos llegado a Quillagua.
A la vista
de la hermosa y exuberante vegetación de aquella larga y estrecha ribera, a la
vista de las cristalinas aunque salobres aguas del Loa, la tropa, que ha
marchado ocho días por sobre las candentes arenas del desierto, cobra ánimos y
el contento es general.
Bajo la
sombra de los frondosos pimientos y algarrobos se forma el campamento de los
batallones Buin, Andes y Linares, que son los cuerpos expedicionarios.
El Estado
Mayor acampa en las casas del señor Canelo, donde él, su hijo Ignacio, el
administrador del fundo don Arturo Malbrán y su distinguida esposa se disputan
a porfía el derecho de prodigarnos sus más exquisitas atenciones.
¡Qué ricos
son los choclos de Quillagua, qué
tiernos y qué abundantes!
Se ha
ordenado darlos a la tropa a discreción y a nosotros... hasta reventar.
A las 4.30
P. M. llega de Cerro Gordon don Benito Requejo, rico comerciante español,
traficante en granados, confirmando el desastre de Pozo Almonte y aseverando
que montoneras revolucionarias recorrían los caminos de Cerro Gordo y Monte
Soledad.
Aún no se
da crédito a la derrota del coronel Robles y Camus despacha propios a
Tocopilla, Calama, Huatacondo y Cerro Gordo para cerciorarse de la efectividad
de ello.
Reina gran
ansiedad en el campamento.
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La tropa ha
descansado bien, se ha alimentado mejor y espera entusiasta la orden de
avanzar.
No se
recibe ninguna noticia sobre la división Robles.
A las 9.15
las postas colocadas en el cerro
norte del campamento anuncian una enorme polvareda que avanza hacia nosotros.
¿Es el enemigo? Se toca tropa y antes de cinco minutos varias compañías del
Linares, Andes y Buin coronan las alturas. El coronel Camus, sus ayudantes y la
caballería van adelante. Hemos corrido una legua. El enemigo se ha convertido
en dos carretas rezagadas de la división, conductores de víveres que levantan
más tierra que una legión de demonios.
El percance
ha sido grande. Se nos manda regresar y lo hacemos con las caras mustias.
Sin
embargo, ha servido la alarma de un lucido y práctico ejercicio.
Los cuerpos
movilizados se han portado a la altura de los más bizarros cuerpos del
ejército. Los reclutas del Andes y del Linares han trepado los cerros con la
agilidad del gamo a la par que los bravos del Buin, dispersos en guerrillas,
enhiesta la mirada y empuñando el rifle con la nervuda mano del que va
dispuesto a clavar el yatagán en el pecho dele enemigo servil y miserable, que
por unas cantas monedas se ha prestado para asesinar traidoramente a la madre
que le dio el ser a la madre Patria.
¡Bien por
los soldados que mandan Camus, Pérez, Urcullu, Herrera, Yávar y el gabacho Leclerc!
A las 2 P.
M., un caballero argentino, traficante en ganado vacuno, llega de Calama y nos
dice que el 9 del presente, se sublevó en Antofagasta parte de las tropas
pertenecientes a los batallones movilizados Talca y San Felipe y que a
consecuencia de ello ha habido un tiroteo con el Blanco y algunas lanchas de ese buque.
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La tropa
sigue contenta en su campamento. El agua del Loa bastante salada, comienza a
enfermar a la tropa; pero los doctores Mandiola y Casanova atacan con energía
el mal y obtienen felices resultados.
A las 11.30
A. M. llega de Calama el comandante de la policía de ese pueblo, señor
Santelices. Se confirma oficialmente la derrota de Robles, y en vista de ello
se dan las órdenes del caso, a fin de que la división esté lista para
contramarchar hacia Calama en la tarde del día siguiente.
En la noche
el capitán Leclerc me invita juntamente con Bianchi y Saldivia a su alojamiento
y a los pocos momentos nos traza sobre tersa hoja de papel el más notable plan de retirada, que militar
alguno pudiera concebir.
Reímos de
buena gana con la broma del amigo Lucho y nos retiramos a descansar.
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Se notan en
el campamento los aprestos para la marcha. El simpático y caballeresco amigo y
administrador de Quillagua, don Arturo Malbrán, su amable esposa, el señor
Canelo y todos los dependientes del fundo van de aquí para allá, afanosos e
incansables, recogiendo los últimos choclos para cocerlos, y el fruto abundante
y exquisito de los numerosos membrillos para obsequiarles a oficiales y tropa.
No hay
quien no tenga para ellos una palabra de gratitud por las innumerables
atenciones que nos han prodigado.
Poseen en
alto grado los señores Canelo, Malbrán y los suyos el sentimiento del
patriotismo, aman la causa santa del orden y de la Constitución y aprovechan la
oportunidad de demostrar sus simpatías a los defensores de ella.
¡Bien por
esos dignos ciudadanos y bien por nosotros que hemos recibido sus favores!
A las 3 P.
M. se emprende la marcha rumbo a Calama. No hemos tenido novedad en la noche.
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A las 7 P.
M. pasamos por frente a la oficina Santa Fe. El administrador de ella nos dice
que es posible nos salga el enemigo a cortar la retirada, pues tiene aviso de
que pretendían salir de Tocopilla las tropas que habían dejado en aquel puerto
la O’Higgins y el Aconcagua.
A las 11.40
A. M. llegamos al campamento del huaso
González.
Aquí el
coronel Camus recibe pliegos de Calama.
Después del
rancho de la tropa nos encaminamos a la oficina de Santa Isabel.
Se ordena
adelantarse al comandante del Andes, teniente coronel don Juan Félix Urcullu,
para que destruya los aparatos telegráficos y telefónicos de la oficina. Lo
acompañan en esta comisión los comandantes Bianchi y Saldivia.
A las 7.30
el coronel Camus, sus ayudantes, sargentos mayores V. Subercaseaux, Eduardo
Mardones, teniente Tuñón y yo nos trasladamos a Santa Isabel. La tropa queda en
su campamento, con excepción de la caballería, que también marcha a la oficina.
El mayor
Yávar y capitán Leclerc reciben orden de salir con un piquete de Granaderos a
destruir parte de la línea férrea de Tocopilla al Toco.
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Se aguarda
con impaciencia llegue de Calama la caballería del coronel Vargas para
emprender con ella algunas operaciones, pues la nuestra está mal montada y
apenas alcanza a treinta hombres.
Se mandan
treinta soldados del Linares para ayudar a los trabajos de la destrucción de la
línea del ferrocarril.
A las 4.30
P. M. llegan de Calama veinte hombres del escuadrón Dragones, al mando de un
alférez Encina. Traen todos ellos buenos caballos. El alférez es un tipo
especial. Habla hasta por los codos y se dice un segundo Fierabrás.
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