ABRIL
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La diana de
este día ha sido triste y luctuosa por demás.
Un soldado
del batallón Linares ha sucumbido la noche antes al pie de su bandera y en
defensa de sus principios. Víctima de una pulmonía fulminante, cayó entre los
suyos para no levantarse más.
Una ancha
fosa cavada en medio del desierto ha recibido sus despojos; el batallón a que
pertenecía, formado en filas de a dos y al compás de fúnebre marcha tocada por
la banda, desfila alrededor de la tumba para despedirse del amigo y del
compañero...
Pero
todavía hay otra víctima. Otro soldado del mismo cuerpo dejó también de existir
la noche de ayer. Venía en las carretas que conducen los enfermos y no alcanzó
a ir más allá.
A las 5 A.
M. seguimos adelante la penosa peregrinación. A las 2.30 P. M. estamos en Paso
Angosto. Aquí se ejecuta la tarea diaria: matar bueyes, recoger agua para
llenar los fondos, leña o chamisas
para encender el fuego con que se ha de cocer el cotidiano rancho. ¡Bien pesada
tarea para los oficiales y soldados que están encargados de este necesario
trabajo, pues son los únicos que no tienen un momento de reposo!
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A las 6 A.
M., al hombro las cacharpas y de nuevo adelante. Hoy debe acampar la división
en Rodero.
Don Pedro
José Vega recibe orden de adelantarse para llegar a Jujuy y preparar el
alojamiento de la tropa, confiándosele a la vez otras comisiones de
importancia.
Yo solicito
acompañarlo y nos desprendimos de la división al trote de las mulas.
En Negra
Muerta nos detenemos para almorzar siguiendo para Humahuaca donde llegamos a
las 6 P. M. después de caminar 15 leguas consecutivas. Esta población, que
tiene como ocho cuadras de largo por cuatro o cinco de ancho, con calles rectas
y edificios construidos de adobes, mantiene un regular comercio sostenido por
los habitantes de la campiña que se extiende a sus alrededores.
En la única
y estrechísima plaza que allí existe, se levanta la iglesia parroquial que
ostenta un bonito frontis y coronan dos elegantes torres.
Tuve
ocasión de ser presentado al cura, que lo es un excelente clérigo español
quien, a la vez que el Comisario, primera autoridad de Humahuaca, don Anselmo
Figueroa, nos dio la noticia de haber llegado el día antes al lugar un grupo de
italianos que, bajo el disfraz de mercachifles,
eran agentes de los revolucionarios chilenos y encargados de distribuir entre
nuestros soldados algunos miles de proclamas impresas, de las que el señor
comisario me obsequió un ejemplar que había llegado a sus manos.
En ella se
invita a los nuestros a la deserción, al desbande, ofreciéndoles en cambio la
libertad... de saquear las poblaciones de tránsito.
En posesión
de esta noticia, mandamos aviso al coronel Camus para que tuviera cuidado con
los mercachifles italianos y para que, caso de que los tales llegaran al
encuentro de la división, estuviera prevenido a fin de recibirlos como lo
merecen.
Ha llamado
grandemente mi atención la circunstancia de que tanto las oficinas públicas de
este lugar, correos y telégrafos, como las de otros pueblos argentinos, las
casas de comercio y las habitadas por particulares, no usen para su alumbrado
nocturno otra cosa que la primitiva vela
de sebo, al mismo tiempo que gastan fósforos de cera, y no conocen el de palo, lo que necesariamente forma un
contraste por demás notable.
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A las 8 A.
M., caballeros en nuestras cansadas mulas, abandonamos Humahuaca en dirección a
Tilcara, distante diez leguas, donde llegamos a las 3 P. M.
Hemos
dejado atrás los caseríos de Tres Cruces, Entre Ríos, Uquia, Yaracoste,
Huacalera, Chucalesna, Cieneguilla y otros.
Tilcara es
una linda población, cuyas blancas casas divisa el viajero desde una legua de
distancia salpicando la falda de una verde y pintoresca colina que se alza
sobre las riberas del río Humahuaca.
Con
muestras de la más cariñosa confraternidad nacional, nos recibe en el pueblo
nuestro compatriota don José Ramírez, que se encuentra aquí establecido desde
treinta años atrás, ocupado de las labores agrícolas de un fundo de su
propiedad.
El señor
Ramírez, su distinguida esposa doña Pabla Bustamante y su cuñada doña Isabel,
nos prodigan toda clase de atenciones y nos ofrecen hospitalario techo.
A poco de
llegar a Tilcara recibimos la visita del intendente de la policía de Jujuy,
señor N. Alviña que, acompañado de dos ayudantes y cuatro ordenanzas, ha venido
para encontrar la división.
Al habla
con él me dice que un número considerable de opositores chilenos se ha
constituido en Jujuy con el deliberado propósito de arrancar el mayor número de
soldados a nuestras filas, empleando para ello las proclamas subversivas, la
peroración de viva voz, el ofrecimiento de dinero, etc., etc., y que se
consideran seguros del éxito.
Después de
escuchar al señor Alviña, me limité a contestarle que, una vez él en presencia
de la división Camus, podría juzgar por sí mismo si los individuos que la
componen serían capaces de aceptar el cohecho o el soborno.
Invitado
más tarde para concurrir a una tertulia que una distinguida familia argentina
ofrecía al intendente de Jujuy, me excusé de concurrir a ella por sentirme
atacado de una grave afección a la garganta que me molestaba desde dos días
atrás. En cambio, los amigos Vega y Ramírez concurrieron a ella, dejando, como
no podía menos de suceder, bien plantado y muy en alto el querido pabellón de
Chile.
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A las 9.30
abandonamos el bonito pueblo de Tilcara y la hospitalaria casa del compatriota
Ramírez, donde la noche anterior su esposa y su arrogante cuñada se
constituyeron en mis más cariñosas enfermeras, propinándome, con caridad sin
igual, cuanto medicamento requería mi estado.
Consigno aquí
este recuerdo como demostración de mi sincero reconocimiento. No siempre se
encuentra en poblaciones extrañas, personas que de tal manera practiquen el
bien, cual lo hicieron conmigo los miembros de la familia del señor Ramírez.
Maimará,
Bellavista, Cieneguilla, Tagta, Ingahuasi, Tunalito, Santa Rosa, Purinamarca,
Chañar, Mollipunas, Corpos, Tumbaya, Huajal, Coiruro, son los nombres de los
fundos o pequeños caseríos que hemos atravesado para llegar a Volcán a las 5 P.
M., después de una caminata mayor de diez leguas y después de cruzar un
centenar de veces el río Humahuaca, cuyas aguas, a pesar de ir montados, nos
mojaban más allá de los tobillos.
El Volcán
pretendimos come y pasar la noche; pero el administrador de este fundo, uno de
los más valiosos de la provincia de Jujuy, con notable descortesía, se negó a
nuestros deseos.
Seguimos
adelante con la esperanza de tender nuestros huesos en la población vecina
denominada Río león, pero sus habitantes a nuestro paso sabiendo que el amigo
Vega y yo éramos chilenos, cerraban sus puertas y se escondían a gran prisa.
¡Dos
individuos indefensos causamos pavor a una población argentina por el sólo
hecho de ser chilenos!
Ateridos
por el frío, mortificados por el hambre y el cansancio y tomando en
consideración la inhospitalidad de aquellos parajes, resolvimos marchar
directamente hasta la ciudad de Jujuy, donde, después de mil penalidades,
llegamos a la 1 A. M. del siguiente día, demandando alojamiento en el primer
hotel que encontramos a nuestro paso.
Después de
salir de Volcán atravesamos por la Falda, Chorrillos, León, Yutumayo, Lozano,
Los Sauces, Yala, San Pablo, Río Reyes, Molinos, Burro Mayo, Huaicondo, La
Tegería y Tablada, sin que nadie se compadeciera de dos pobres viajeros, no
importa que uno de ellos invocara la grave enfermedad que lo aquejaba.
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Hemos
amanecido en Jujuy.
El amigo
don Pedro J. Vega se dedica al desempeño de las comisiones que se le han
confiado y yo a buscar médicos que atajen los progresos de la angina membranosa
que me ha atacado.
Francamente
tengo miedo de dejar mi pellejo en tierra extraña y lejos de los míos. Sería la primera vez que tal cosa me pasara.
Me dicen
que a la 1.30 P. M. ha llegado la división a La Tablada, una y media legua
distante de esta ciudad, donde deberá acamparse hasta que podamos seguir viaje
a Mendoza.
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Hoy ha
llegado a ésta don Enrique Villegas con el personal de empleados civiles de
Antofagasta.
Sabedor del
estado de mi salud, se ha apresurado a visitarme, enviando después y a cada
momento a informarse de ella, por lo que le quedo agradecido.
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