ABRIL
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A las 7 A.
M. nos ponemos en marcha y después de dos horas que dejamos atrás a Matancilla,
penetramos en territorio argentino. La raya divisoria está marcada por dos
pirámides de piedra de forma triangular y pequeña elevación.
Dejamos a
Bolivia.
Siguiendo
el curso de nuestra peregrinación política, damos el adiós de despedida a la
nación hermana, a la república generosa que, olvidando pasados rencores, no
sólo nos abrió de par en par las puertas de sus fronteras para que pasáramos
por ellas como si fuéramos sus propios hijos, sino que llevó más allá su
galantería ofreciéndonos generoso hospedaje, limpiando los caminos que debíamos
seguir, componiendo los vados de los ríos que hubimos de atravesar y
prodigándonos atenciones que han comprometido la gratitud nuestra y la de Chile
entero.
¡Salve
Bolivia!
La
generación presente y la generación venidera conservará y recordará con
gratitud los nombres del coronel don Adolfo Flores y del distinguido estadista
y político de nota de la República hermana don Francisco Arraya, subprefecto de
Tupiza, cuyo comportamiento para con la división Camus pasará a registrarse en
las páginas indelebles de la historia.
Continuamos
la marcha y a las 11 A. M. llegamos a la Quiaca, primera población argentina,
donde se levanta un edificio de pobre y desaseado aspecto que sirve de aduana,
correos y telégrafo. Tres o cuatro habitaciones y un gran despacho de licores y
mercaderías surtidas, forman la población de aquel lugarejo habitado en su
mayor parte por bolivianos.
En él nos
detuvimos el tiempo necesario para despedirnos del subprefecto de Tupiza, que
hasta allí nos había acompañado con alguno de sus ayudantes.
A las 2 P.
M. llegamos al campamento de Piedra Negra después de caminar con un sol
abrasador y mortificados por la sed, pues no encontramos una gota de agua en el
trayecto.
Aquí hemos
tenido que acampar en plena pampa para aprovechar una pequeña vertiente de agua
que nos sirve para aplacar la sed y confeccionar el rancho del día.
A las 7 P.
M. se produce gran alarma en el campamento con motivo de haberse soltado uno de
los toros destinados al degolladero. Este, presintiendo su cercano fin,
pretende escapar de las manos del verdugo y se lanza a través de la pampa
pasando a llevarse las improvisadas carpas de la tropa y cuanto se opone a su
paso.
Algunos
soldados, que a esa hora se habían entregado al sueño, se levantan despavoridos
huyendo de las astas del toro, otros se proponen seguirlo y muchos, terciando
al brazo los ponchos de bayetas de múltiples colores, a guisa de toreros,
capean al vicho, cual si estuviera en
pleno redondel, sacando suertes originales y divertidísimas.
Ha sido
esta una función inesperada y más que todo gratis, que ha venido a interrumpir
la interminable monotonía de la marcha.
El enfurecido toro, muy a su pesar, después de dos horas de persecución, hubo de
someterse y presentar su cuello a la afilada cuchilla del matador.
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A las 4.20
A. M. se toca diana y todos nos ponemos en pie para seguir adelante.
El frío que
hace es matador y los niños que forman parte de las bandas de músicos lloran a
sollozos, no pudiendo soportarlo.
La primera
jornada se hace casi al trote, pues es la única manera de calentar los pies,
que cada uno los siente cual si fueran una masa de hielo.
A las once
comienza a calentar el sol, y a la hora del meridiano sus rayos nos abrasan
materialmente.
Ni una
sombra ni un árbol bajo qué cobijarse. La arena quema las plantas.
Es infernal
la temperatura de esta región. En la mañana se sienten los fríos de Siberia, y
a partir del mediodía el calor de los trópicos.
A las 3 P.
M. llegamos a Puesto Marqués, pequeña posta situada al comienzo de las
extensísimas propiedades que allí poseen los herederos del marqués de Campero,
antiguo noble argentino, cuyos descendientes residen en la ciudad de Salta.
Aquí nos ha
venido a encontrar don Félix Santillana, respetable chileno vecino de Tilcara,
unido al señor Enrique Villegas por vínculos de amistad. El señor Santillana se
ofrece a guiar la división hasta Jujuy, prometiendo a la vez abastecerla de
todos los recursos que necesite.
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A las 6 A.
M., con el frío del día anterior, nos ponemos en camino, a paso más que ligero.
En mitad
del camino encontramos a don Pedro José Vega, Delegado del Supremo Gobierno
ante la división y conductor de pliegos para los señores Villegas y Camus.
Conocía
desde antes al señor Vega por haber estado en la Noria y en mi propia casa,
siendo, como ahora, portador de pliegos para el intendente Salinas, pliegos que
no alcanzó a entregar, pues su llegada coincidió con la toma de aquella plaza por
las fuerzas revolucionarias y la prisión de su jefe superior, el señor Salinas.
El amigo
Vega ha sido más feliz en esta vez, pues ha podido cumplir su delicada misión
acreditándose como uno de los mejores correos de gabinete, circunstancias que
el Supremo Gobierno no debe olvidar para lo futuro.
Después de
soportar el intenso frío de la mañana y el rigor de los rayos solares del día,
llegamos a Abra Pampa a las 5.40 P. M., entre cansados y molidos.
Este
campamento, que una hora después cambió su nombre por el de Las Vizcachas, está
situado en una ensenada formada por tres altos cerros, dos de ellos formados
por piedra o roca dura y el del fondo de una arenilla del más brillante y
purpurino color.
Denominamos
de las Vizcachas al campamento de Abra Pampa por la multitud de estos
animalejos que, alborotados con nuestra presencia comenzaban a correr
despavoridos por los cerros, buscando sitio seguro en que guarecerse.
Nuestros
rotitos, siempre enérgicos y entusiastas por las aventuras con que han tropezado
en el camino, olvidándose del cansancio natural de la jornada, trepan animosos
y en gran número las empinadas cuestas para dar una batida a las zorras, que
tal creyeron en un principio y con razón, por su parecido, a las vizcachas.
El
entusiasmo fue general en el campamento, presenciando todos, a la débil luz del
sol que se ponía en el ocaso, la carrera vertiginosa de aquellos pequeños
cuadrúpedos y la no menos de nuestros soldados que iban en su persecución.
Algunos de
estos caían, otros rodaban por las laderas en medio de la más completa
algarabía, hasta que el resultado vino a coronar sus esfuerzos.
Agonizantes
algunas y muertas otras, doce vizcachas llegaron a la planicie en manos de los
soldados quienes, después de quitarles cuidadosamente la bonita piel,
saborearon con ansia la exquisita carne de su cuerpo.
Después de
la inesperada fiesta de las vizcachas, a que debió el cambio de nombre del
campamento, se produjo otra sencillísima
a la vez que conmovedora.
El
regimiento Buin 1º de línea ha cumplido hoy el 40º aniversario de su
organización y con tal motivo las bandas de músicos de los distintos cuerpos
que forman la división han ido a tocar retreta frente al alojamiento de aquel
legendario cuerpo.
El
entusiasmo que con tal motivo se produce en el campamento es indescriptible.
Por todas partes resuenan aclamaciones y vítores a favor del cuerpo que forma
la vanguardia del ejército chileno, y aclamaciones y vítores a favor del
distinguido jefe que lo comanda, conjuntamente con la división: el coronel don
Hermógenes Camus.
Se toca
silencio un momento después de terminada esta simpática fiesta de compañerismo
y fraternidad militar, y cada cual busca, sobre la removida tierra, el descanso
necesario.
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