domingo, 29 de noviembre de 2015

EN TIERRAS ARGENTINAS

ABRIL 30

Llegan desde Buenos Aires don Santiago Sanz, delegado del gobierno chileno ante la división Camus y el sargento mayor don Eduardo Mardones, de Salta. Este trae de aquella ciudad quince individuos de granaderos a caballo pertenecientes a la división Vargas quienes, dando crédito a las promesas de los revolucionarios, se habían quedado en aquella ciudad esperando mejor suerte; pero bien pronto salieron del error, pues al segundo día no tenían ni que comer, por lo que cantando el mea culpa suplicaron al mayor Mardones los llevara a Jujuy para reunirse con los suyos.

El mayor Mardones, que ha hecho la marcha hasta Quillagua regresando de ese punto a Calama y de allí a Salta por san Pedro de Atacama, que ha servido de ayudante del coronel Camus, habiéndose mostrado entusiasta y aguerrido militar, ha recibido aquí las felicitaciones de sus amigos por haber salido elegido diputado al Congreso Nacional por el departamento de Putaendo.

Bien merecido el honor que sus electores le han dispensado, pues el amigo Mardones es un joven distinguido y de vasta ilustración que sabrá desempeñar con acierto el mandato que se la ha confiado.


MAYO 1º

Los revolucionarios chilenos de Jujuy se han puesto en campaña. Un grupo de ellos encabezados por Alvaro Lama y Arturo Besa, se han trasladado al campamento para perorar a nuestros soldados, pero regresan a poco jadeantes y furiosos de rabia. Parece que no les ha acomodado el recibimiento que se les hizo, pues protestan no volver a repetir la excursión. Durante ella, alguno perdió su flamante colero, llegando con la cabeza desnuda a su alojamiento.

En medio de sus imprecaciones les oigo decir que la suegra les salió respondona, que son muy diablos los niños de la División Camus y por lo demás descorteses con las personas que, guiadas de santa intención, van a visitarlos. Veo que alguien se frota con furor las asentaderas. ¿Qué le habrá pasado?

Desconfiando de la sabiduría de los médicos que me asisten, me entrego confiado en manos del buen amigo señor Santillana, que me promete librarme de la enfermedad que me aqueja por medio del tratamiento homeopático. Voy, pues, a probar los efectos de este combatido sistema tragándome algunos globulillos microscópicos.


MAYO 2

Después de mil carreras y de repetidas diligencias, el señor Villegas ha conseguido con la empresa de los ferrocarriles que pongan trenes desde mañana a primera hora para que la división comience a trasladarse a Mendoza.

Los resultados de la curación homeopática han sido prodigiosos. Gracias a la bondad del señor Santillana, puedo dejar la cama a las 9 de la noche preparándome a partir, pues aunque no me siento del todo bueno, no quiero permanecer un día más en Jujuy, ni mucho menos en el hotel donde estoy alojado, donde por poco no nos matan de hambre a pesar de pagar la pensión a peso de oro.

Estoy tentado a creer que su propietario, un señor Ortega, se ha aliado con los revolucionarios para tratarnos mal.

¡Los revolucionarios son capaces de todo!

Se denuncia al señor Villegas un plan de éstos que consiste en desrielar los trenes que conduzcan nuestras tropas.

No se paran en medios los señores que se abrogan la representación del Congreso de Chile. El crimen, el asesinato, no son armas vedadas para llegar al fin que ellos persiguen.

¡Infames! Y así pretenden el respeto y las consideraciones de la sociedad y de los gobiernos neutrales!

El plan de desrielamiento lo ha descubierto uno de los mismos individuos a quien, ofreciéndole fuerte paga, se había buscado para llevarlo a efecto.

Como garantía y comprobación de la verdad de su denuncio, el individuo en cuestión se ha puesto a disposición del intendente de policía de Jujuy señor Alviña, a quien el señor Villegas ha hecho llamar para enterarlo del proyectado crimen y a fin de que descubra la verdad del caso.

El señor Alviña, no obstante las repetidas instancias del señor Villegas, se niega a proceder al inmediato esclarecimiento, ofreciendo hacerlo después que salga la división, pero promete que evitará la consumación del acto infame que pretenden llevar a cabo los revolucionarios.


MAYO 3

A la 1 A. M. me traslado a la estación del ferrocarril en unión de los señores Villegas y Sanz. El intendente de Antofagasta va con el objeto de presenciar el embarque de la primera división, que la componen el batallón Andes, brigada de Artillería, Gendarmes y Pontoneros, Sanz y yo con el fin de seguir viaje. El amigo Sanz lleva importantes comisiones que evacuar en el trayecto y en la ciudad de Mendoza.

A las 3.30 A. M., embarcada toda la tropa, nos ponemos en marcha, despidiéndonos del señor Villegas.

Las locomotoras argentinas marchan a paso de tortuga y el viaje se hace abrumador.

Al clarear el día, la vista se recrea ante el espectáculo hermosísimo que nos ofrecen los campos del trayecto. Árboles, frutas, flores de variados matices nos hacen recordar las campiñas de Chile y nos aproximan con el pensamiento a la patria que nos viera nacer.

A las 4.15 P. M. almorzamos en la estación Rosario de la Frontera, siguiendo camino de Tucumán, donde llegamos a la 1.20 A. M. del siguiente día.


MAYO 4

En la estación de esta ciudad nos esperan con suculenta comida o cena; a la tropa se le raciona con carne cocida, pan, vino y cigarros en abundancia. De todo ello está encargado don Gabriel 2º Vidal, uno de los hijos de nuestro distinguido Ministro en Buenos Aires, del mismo nombre y apellido, quien, durante nuestra corta permanencia en Tucumán hizo gala de refinada educación y maneras caballerescas, que acusan la sangre que circula por sus venas.

Por el contrario, el intendente de policía de la ciudad, un señor  cuyo nombre no he consignado, ha pretendido hostilizarnos de todos modos.

Con descortesía nunca vista manda que sus subalternos registren los vagones y extraigan de ellos las espadas de los oficiales, obligando a la vez a éstos, prevalido de su fuero intendentil, a que entreguen las que llevan al cinto.

Tal conducta provocó las más enérgicas protestas de los nuestros y muy principalmente la del comandante del batallón Andes, teniente coronel Urcullu, cuyo comportamiento, en aquellos instantes, mereció la aprobación general.

Seguimos adelante almorzando en Recreo y a las oraciones comemos en Quilino.


MAYO 5

A las 4.30 A. M. llegamos a la estación de Córdoba. Aquí nos esperan con nueva comilona. El encargado de nuestro recibimiento es esta vez el comandante don Ricardo Canales y otro de los hijos del Ministro Vidal.

El desayuno de oficiales y tropa ha sido espléndido; para los primeros no ha faltado el espumoso champagne.

Al partir las luces de la alborada alumbran las góticas torres de la ciudad de Córdoba y los techos de sus elevados edificios. Vista así, al correr del tren que nos conduce, la ciudad ofrece una hermosísima perspectiva.

A un kilómetro de distancia se divisa, en medio de feraz campiña, una agrupación de blancas casitas del más encantador aspecto.

Es el lugar de recreo de los acaudalados comerciantes y de los ricos propietarios de Córdoba; algo como nuestro Viña del Mar en Valparaíso.

A las 11.30 A. M. nos recibe con alborozo, en la estación Villa María, el siempre alegre y entusiasta Domingo E. de Sarratea.

Está encargado de atender a la división, y a nuestro paso nos ofrece un magnífico almuerzo en el parque de la ciudad.

La tropa recibe aquí su ración confeccionada, es decir, caliente, a la vez que se le da otra en crudo para la continuación del viaje.

Una vez instalados en el gran comedor del parque recibimos la visita del general argentino Suspisischo, soldado de arrogante figura y de esmeradísimo trato.

A la conclusión del almuerzo, se puso de pie el comandante Sarratea para saludar a sus compatriotas y amigos.

El mayor don A. Bustamante, en inspiradas y patrióticas frases, que eran interrumpidas a cada momento por frenéticos aplausos, hizo la historia de la revolución chilena, condenando con energía a los infames hijos de la patria, quienes, sólo guiados del afán de lucro y de la ambición, no trepidan en sepultar en sus entrañas el puñal del asesino. Aplaude la conducta levantada del Presidente Balmaceda y pide una copa por ese hombre que encarna la representación del honor de Chile.

Chilenos y argentinos se ponen de pie en este momento y con entusiasmo indescriptible, arrebatador, vivan al primer magistrado de la nación que orgullosa se levanta allende los Andes.

El general Suspisischo, de pie, pide una copa por la unión de chilenos y argentinos y bebe a la vez por los primeros soldados de la División Camus que atraviesan por Villa Mercedes, soldados a quienes admira y aplaude de corazón.

Invitado por la concurrencia para hablar el que esto escribe, agradece los benévolos conceptos emitidos por el general argentino a favor de la División Camus y, a semejanza del compañero Bustamante, pide un nuevo viva, un hurra al Presidente de la República de Chile, que es contestado con indescriptible frenesí.


Después de pasear breves momentos por la población, a las 4 P. M. seguimos viaje a Río 4º hasta donde nos acompañará el general Suspisischo, pues es el lugar de su residencia.

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