ABRIL
30
Llegan
desde Buenos Aires don Santiago Sanz, delegado del gobierno chileno ante la
división Camus y el sargento mayor don Eduardo Mardones, de Salta. Este trae de
aquella ciudad quince individuos de granaderos a caballo pertenecientes a la
división Vargas quienes, dando crédito a las promesas de los revolucionarios,
se habían quedado en aquella ciudad esperando mejor suerte; pero bien pronto
salieron del error, pues al segundo día no tenían ni que comer, por lo que
cantando el mea culpa suplicaron al
mayor Mardones los llevara a Jujuy para reunirse con los suyos.
El mayor
Mardones, que ha hecho la marcha hasta Quillagua regresando de ese punto a
Calama y de allí a Salta por san Pedro de Atacama, que ha servido de ayudante
del coronel Camus, habiéndose mostrado entusiasta y aguerrido militar, ha
recibido aquí las felicitaciones de sus amigos por haber salido elegido
diputado al Congreso Nacional por el departamento de Putaendo.
Bien
merecido el honor que sus electores le han dispensado, pues el amigo Mardones
es un joven distinguido y de vasta ilustración que sabrá desempeñar con acierto
el mandato que se la ha confiado.
MAYO
1º
Los
revolucionarios chilenos de Jujuy se han puesto en campaña. Un grupo de ellos
encabezados por Alvaro Lama y Arturo Besa, se han trasladado al campamento para
perorar a nuestros soldados, pero regresan a poco jadeantes y furiosos de
rabia. Parece que no les ha acomodado el recibimiento que se les hizo, pues
protestan no volver a repetir la excursión. Durante ella, alguno perdió su
flamante colero, llegando con la
cabeza desnuda a su alojamiento.
En medio de
sus imprecaciones les oigo decir que la
suegra les salió respondona, que son muy diablos los niños de la División Camus y por lo demás descorteses
con las personas que, guiadas de santa
intención, van a visitarlos. Veo que alguien se frota con furor las
asentaderas. ¿Qué le habrá pasado?
Desconfiando
de la sabiduría de los médicos que me asisten, me entrego confiado en manos del
buen amigo señor Santillana, que me promete librarme de la enfermedad que me
aqueja por medio del tratamiento homeopático. Voy, pues, a probar los efectos
de este combatido sistema tragándome algunos globulillos microscópicos.
MAYO
2
Después de
mil carreras y de repetidas diligencias, el señor Villegas ha conseguido con la
empresa de los ferrocarriles que pongan trenes desde mañana a primera hora para
que la división comience a trasladarse a Mendoza.
Los
resultados de la curación homeopática han sido prodigiosos. Gracias a la bondad
del señor Santillana, puedo dejar la cama a las 9 de la noche preparándome a
partir, pues aunque no me siento del todo bueno, no quiero permanecer un día
más en Jujuy, ni mucho menos en el hotel donde estoy alojado, donde por poco no
nos matan de hambre a pesar de pagar la pensión a peso de oro.
Estoy
tentado a creer que su propietario, un señor Ortega, se ha aliado con los
revolucionarios para tratarnos mal.
¡Los
revolucionarios son capaces de todo!
Se denuncia
al señor Villegas un plan de éstos que consiste en desrielar los trenes que
conduzcan nuestras tropas.
No se paran
en medios los señores que se abrogan la representación del Congreso de Chile.
El crimen, el asesinato, no son armas vedadas para llegar al fin que ellos
persiguen.
¡Infames! Y
así pretenden el respeto y las consideraciones de la sociedad y de los
gobiernos neutrales!
El plan de
desrielamiento lo ha descubierto uno de los mismos individuos a quien,
ofreciéndole fuerte paga, se había buscado para llevarlo a efecto.
Como
garantía y comprobación de la verdad de su denuncio, el individuo en cuestión
se ha puesto a disposición del intendente de policía de Jujuy señor Alviña, a
quien el señor Villegas ha hecho llamar para enterarlo del proyectado crimen y
a fin de que descubra la verdad del caso.
El señor
Alviña, no obstante las repetidas instancias del señor Villegas, se niega a
proceder al inmediato esclarecimiento, ofreciendo hacerlo después que salga la
división, pero promete que evitará la consumación del acto infame que pretenden
llevar a cabo los revolucionarios.
MAYO
3
A la 1 A.
M. me traslado a la estación del ferrocarril en unión de los señores Villegas y
Sanz. El intendente de Antofagasta va con el objeto de presenciar el embarque
de la primera división, que la componen el batallón Andes, brigada de
Artillería, Gendarmes y Pontoneros, Sanz y yo con el fin de seguir viaje. El
amigo Sanz lleva importantes comisiones que evacuar en el trayecto y en la
ciudad de Mendoza.
A las 3.30
A. M., embarcada toda la tropa, nos ponemos en marcha, despidiéndonos del señor
Villegas.
Las
locomotoras argentinas marchan a paso de tortuga y el viaje se hace abrumador.
Al clarear
el día, la vista se recrea ante el espectáculo hermosísimo que nos ofrecen los
campos del trayecto. Árboles, frutas, flores de variados matices nos hacen
recordar las campiñas de Chile y nos aproximan con el pensamiento a la patria
que nos viera nacer.
A las 4.15
P. M. almorzamos en la estación Rosario de la Frontera, siguiendo camino de
Tucumán, donde llegamos a la 1.20 A. M. del siguiente día.
MAYO
4
En la
estación de esta ciudad nos esperan con suculenta comida o cena; a la tropa se
le raciona con carne cocida, pan, vino y cigarros en abundancia. De todo ello
está encargado don Gabriel 2º Vidal, uno de los hijos de nuestro distinguido
Ministro en Buenos Aires, del mismo nombre y apellido, quien, durante nuestra
corta permanencia en Tucumán hizo gala de refinada educación y maneras
caballerescas, que acusan la sangre que circula por sus venas.
Por el
contrario, el intendente de policía de la ciudad, un señor cuyo nombre no he consignado, ha pretendido
hostilizarnos de todos modos.
Con
descortesía nunca vista manda que sus subalternos registren los vagones y extraigan
de ellos las espadas de los oficiales, obligando a la vez a éstos, prevalido de
su fuero intendentil, a que entreguen las que llevan al cinto.
Tal
conducta provocó las más enérgicas protestas de los nuestros y muy
principalmente la del comandante del batallón Andes, teniente coronel Urcullu,
cuyo comportamiento, en aquellos instantes, mereció la aprobación general.
Seguimos
adelante almorzando en Recreo y a las oraciones comemos en Quilino.
MAYO
5
A las 4.30
A. M. llegamos a la estación de Córdoba. Aquí nos esperan con nueva comilona.
El encargado de nuestro recibimiento es esta vez el comandante don Ricardo
Canales y otro de los hijos del Ministro Vidal.
El desayuno de oficiales y tropa ha sido
espléndido; para los primeros no ha faltado el espumoso champagne.
Al partir
las luces de la alborada alumbran las góticas torres de la ciudad de Córdoba y
los techos de sus elevados edificios. Vista así, al correr del tren que nos
conduce, la ciudad ofrece una hermosísima perspectiva.
A un
kilómetro de distancia se divisa, en medio de feraz campiña, una agrupación de
blancas casitas del más encantador aspecto.
Es el lugar
de recreo de los acaudalados comerciantes y de los ricos propietarios de
Córdoba; algo como nuestro Viña del Mar en Valparaíso.
A las 11.30
A. M. nos recibe con alborozo, en la estación Villa María, el siempre alegre y
entusiasta Domingo E. de Sarratea.
Está
encargado de atender a la división, y a nuestro paso nos ofrece un magnífico
almuerzo en el parque de la ciudad.
La tropa recibe
aquí su ración confeccionada, es decir, caliente, a la vez que se le da otra en
crudo para la continuación del viaje.
Una vez
instalados en el gran comedor del parque recibimos la visita del general
argentino Suspisischo, soldado de arrogante figura y de esmeradísimo trato.
A la
conclusión del almuerzo, se puso de pie el comandante Sarratea para saludar a
sus compatriotas y amigos.
El mayor
don A. Bustamante, en inspiradas y patrióticas frases, que eran interrumpidas a
cada momento por frenéticos aplausos, hizo la historia de la revolución
chilena, condenando con energía a los infames hijos de la patria, quienes, sólo
guiados del afán de lucro y de la ambición, no trepidan en sepultar en sus
entrañas el puñal del asesino. Aplaude la conducta levantada del Presidente
Balmaceda y pide una copa por ese hombre que encarna la representación del
honor de Chile.
Chilenos y
argentinos se ponen de pie en este momento y con entusiasmo indescriptible,
arrebatador, vivan al primer magistrado de la nación que orgullosa se levanta
allende los Andes.
El general
Suspisischo, de pie, pide una copa por la unión de chilenos y argentinos y bebe
a la vez por los primeros soldados de la División Camus que atraviesan por
Villa Mercedes, soldados a quienes admira y aplaude de corazón.
Invitado
por la concurrencia para hablar el que esto escribe, agradece los benévolos
conceptos emitidos por el general argentino a favor de la División Camus y, a
semejanza del compañero Bustamante, pide un nuevo viva, un hurra al Presidente de
la República de Chile, que es contestado con indescriptible frenesí.
Después de
pasear breves momentos por la población, a las 4 P. M. seguimos viaje a Río 4º
hasta donde nos acompañará el general Suspisischo, pues es el lugar de su
residencia.
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