domingo, 29 de noviembre de 2015

LA DIVISION CAMUS

A TRAVES DEL DESIERTO Y DE LA CORDILLERA
EXTRACTO DE MI DIARIO DE CAMPAÑA
 Eduardo Kinast Matus de la Parra
 Santiago de Chile
Imprenta de “Los Debates”
1891

Dedicatoria

“Al señor Intendente de la provincia de Antofagasta don Enrique Villegas, al señor coronel don Hermógenes Camus, a los señores Jefes, Oficiales y soldados de la DIVISIÓN DEL DESIERTO, dedica este trabajo.
EL AUTOR


ACLARACIÓN

Al dar a luz el presente folleto, aparte del deseo de rectificar los innumerables errores con que se publicó en LA NACIÓN el extracto de mi diario de campaña y de dejar constancia perenne de los sacrificios y mil penalidades que sufrieron durante la travesía del desierto y las cordilleras los leales soldados que componían la División Camus, para que ellos sirvan de ejemplo a los soldados del porvenir, llamados por su Constitución a sostener en todo caso al Gobierno constituido, he querido satisfacer las preguntas que muchos me han dirigido acerca del papel que desempeñé ante aquella división.

Comenzaré respondiendo a dichas preguntas, por decir que desde el 1º de enero de 1885 residía en el pueblo de la Noria donde desempeñaba las funciones de Oficial del Registro Civil y encargado de la Estafeta de Correos.

Al iniciarse la revolución en Chile con el levantamiento de la Escuadra el 7 de Enero, atendiendo a mis aficiones periodísticas y disponiendo de las columnas de la VOZ DE CHILE, la mejor publicación diaria que veía la luz pública en Tarapacá, me dediqué a escribir algunos artículos condenando la actitud antipatriótica de aquellos malos hijos de Chile que de la noche a la mañana se levantaban en armas para cubrir de luto el glorioso pabellón de la patria.

El día 23 de febrero a las 2 P. M. se presentó a la Noria el Delegado del Supremo Gobierno en la provincia de Tarapacá don Anselmo Blanlot Holley acompañado de un piquete de granaderos a caballo al mando del alférez Jordan. A la sazón el subdelegado sustituto don Pedro P. López no se encontraba en el pueblo, como tampoco el juez de subdelegación Pedro Julio Hermosilla; ambos se habían marchado días antes a Iquique para ponerse a disposición del titulado intendente de aquella ciudad don Gregorio Urrutia, a cuyas órdenes siguen sirviendo actualmente. En consecuencia, no había en la Noria, al arribo del señor Blanlot Holley, otro empleado público que yo, por cuya razón y cumpliendo con mi deber, salí al encuentro de este distinguido caballero para ponerme a sus órdenes y hacerle entrega del pueblo.


      El Delegado del Supremo Gobierno creyó conveniente conferirme el cargo de mandatario único de la Noria con facultades extraordinarias y así lo hizo saber de viva voz a los habitantes del pueblo, congregados en la calle Domingo Santa María.

Después de ejecutar algunas operaciones en el pueblo el señor Blanlot H. se retiró a la Estación Central donde estaba acampada desde la mañana una parte de la división Robles y a cuyo punto me dirigí al día siguiente para ofrecer mis servicios a aquel valiente jefe de nuestro ejército.

No es llegado el momento de dar a conocer la conferencia que tuve con el coronel Robles en presencia de los señores coroneles Gana y Arrate. A su tiempo se sabrá ella.

Recibí orden de desempeñar algunas comisiones y el 1º de marzo fui a dejar hasta la estación de Gallinazos, término de la línea férrea, un piquete de caballería compuesto de 20 hombres de granaderos al mando del capitán don Luis Leclerc y teniente don Juan A. Durán.  Acompañábame en esta comisión el sargento mayor don Félix Vivanco, ayudante del estado mayor general.

De regreso de Gallinazos cargamos en aquella estación dos carros con pasto, cebada y algunos víveres de propiedad de los señores Sotomayor, Carrasco y Cª y uniéndolos a nuestro convoy los arrastramos hasta la estación central donde dimos cuenta de nuestro cometido al señor coronel Robles.

Al día siguiente recibí órdenes para trasladarme nuevamente en ferrocarril al interior con el objeto de disminuir la presión en los estanques del agua de Pica y acaparar algunos víveres en las oficinas salitreras, necesarios para la división. Esta vez fui acompañado del teniente coronel don Manuel 2º Blanco.

A las 8 de la noche estábamos de vuelta en la Central.

El día 3 desempeñé análogas o parecidas comisiones, y a las 6 de la tarde cuando la división marchaba sobre Pozo Amonte obtuve permiso para ir a la Noria, con el objeto de comunicarme con mi familia.

En la mañana del 4 un vecino del pueblo de mi residencia me notició que las fuerzas revolucionarias habían ocupado la estación Central y calculó, como era natural, que horas más tarde penetrarían en la Noria.

Me encontraba solo en el pueblo, sin un soldado con que poder hacer resistencia y, queriendo poner a salvo a los míos, me dirigí a la oficina Paposo, distante ocho cuadras del lugar, con el objeto de buscar mulas para trasladar mi familia a Pica.

Me encontraba en ese establecimiento cuando a sus puertas se presentó un teniente del batallón Taltal de apellido Rojas, según él lo dijo en alta voz, solicitando caballos y a la vez preguntando por mí.

Se le contestó que yo no estaba ahí y que caballos no había en la oficina, lo que el cándido teniente creyó a pie juntillas; más como viera ensillado el que a mí me había conducido, lo tomó de la brida y entregándoselo a un soldado que le acompañaba, se marchó con él, profiriendo amenazas de destrucción y diciendo que un fuerte piquete de soldados de su cuerpo venía en camino para tomar posesión de la Noria.

Esto debía suceder necesariamente, y antes de caer en poder de los enemigos subí sobre una nueva cabalgadura que me proporcionó el caballeresco administrador de Paposo y me dirigí al pueblo para prevenir a mi esposa de lo que ocurría y ordenarle que se retirara a toda costa y sin pérdida de tiempo a Pica, a fin de evitar, de esta manera, los vejámenes que ella y mis pequeños hijos pudieran sufrir.

Volviendo bridas y al escape de mi cabalgadura marché sobre Pozo Almonte para incorporarme a la división Robles y dar cuenta de lo sucedido.

Al salir a la pampa divisé, por la quebrada que baja de Gentilar, un grupo de caballería que venía en mi seguimiento; mas, como conocedor de los caminos, pude sacarle considerable ventaja y llegar a Pozo Almonte a las 2.15 P. M., donde di conocimiento de lo ocurrido en la Noria a los coroneles Robles y Gana.

Al día siguiente recibí orden de salir en busca de la división Wood y lo acontecido posteriormente está relatado en mi diario de campaña que va a continuación.

Cerrada, pues, para mí la costa del litoral, me vi obligado a seguir viaje con la división Camus, sirviendo de ayudante privado al jefe de ella hasta llegar a los Andes.

He aquí explicada mi conducta y satisfechas las preguntas que se me han hecho con referencia al papel que desempeñé en la DIVISIÓN DEL DESIERTO.

Santiago, julio de 1981.
EDUARDO KINAST

 LA DIVISIÓN CAMUS


Pozo Almonte, marzo 4 de 1891.-
Señor E. Kinast.-
Noria.-

Estimado señor.
Agradezco a usted las noticias de nos ha mandado. El señor coronel Robles estima por conveniente que usted permanezca en su puesto para que así nos dé a conocer todos los movimientos del enemigo y todas las noticias que crea usted conveniente comunicarnos. Sólo en último caso, si el enemigo penetrara en la Noria, marchará usted a incorporarse a la división Wood  [1] a fin de que la conduzca a este lugar o bien la traiga directamente de Gallinazo guíe por la pampa; dándonos aviso inmediatamente.- Damos a usted las gracias por las medicinas que nos ha enviado.- Tiene el gusto de saludarle su afectísimo amigo y S.S.- M. Arrate.- P.D.- Intertanto mande propio a encontrar la división Wood para que apure su marcha y tener conocimiento exacto de su arribo.- Vale.”



En los precisos momentos en que el señor coronel don Miguel Arrate trazaba en Pozo Almonte los renglones de la carta que dejamos copiada, el pueblo de Noria era ocupado por fuerzas de la revolución.

Sin elementos de defensa, pues no tenía a mi disposición un solo soldado, hube de retirarme al cuartel general donde di cuenta de lo ocurrido al señor coronel don Eulogio Robles, quien se sirvió disponer aguardara órdenes en Pozo Almonte.

            Al día siguiente, 5 de marzo, fui llamado a presencia del valiente y malogrado jefe, recibiendo de sus labios la orden de salir en busca de la división que debía reforzar la nuestra y que, contradictorias noticias, la hacían ya en el punto denominado Gallinazos, ya en Cerro Gordo, ya en Quillagua, en la orilla opuesta del Loa.

Después de impartir las órdenes necesarias para que se me proveyera de las mejores cabalgaduras de la división, tanto para mí como para cuatro comisionados de la policía secreta de Iquique, que debían acompañarme, mientras dichos individuos se proveían de los víveres indispensables para la expedición, ascendí los cerros donde estaba colocada nuestra artillería para observar las posiciones del enemigo.

Un desaliento general se apoderó de mi espíritu, al contemplar las numerosas fuerzas de la revolución, dobles en número a las nuestras, que coronaban los cerros inmediatos, al ver los diversos movimientos que aquellas ejecutaban, aprestándose para el ataque y comprendí que no debía retardar el cumplimiento de la misión que se acababa de confiarme pues la llegada de un refuerzo sería lo único que podría darnos la victoria. 

Si aquel refuerzo no llegaba a tiempo, el desastre, a mi juicio, era inevitable, a pesar de que conocía la bravura indomable del jefe de la división, de que conocía de decisión de los jefes de cuerpos que la formaban y de habernos asegurado de la lealtad de cada uno de los soldados que habían jurado morir defendiendo la noble causa del derecho y de la Constitución.

Después de tomar un ligero refrigerio en compañía de mis distinguidos amigos el coronel Arrate, tenientes coroneles Silva y Almeida, sargentos mayores Larraín y otros, emprendí la marcha con los comisionados Canto, Flores, Rodríguez y un jovencito cuyo nombre se me escapa.

A las 8 de la noche llegábamos a los Canchones de la Huaica donde se me comunicó que fuerzas de caballería enemiga habían cruzado durante el día entre Gallinazos y Cerro Gordo, el camino que precisamente debíamos seguir.

En vista de tal noticia resolví pernoctar en la Huaica y a las 5 de la mañana del día siguiente emprendimos de nuevo la marcha.




[1]  Era creencia general en Pozo Almonte que la división que debía reforzar la nuestra venía mandada por el coronel don Carlos Wood. 

A TRAVÉS DEL DESIERTO EN BUSCA DE LA DIVISIÓN CAMUS

MARZO 6

El caballo de Flores se ha cansado. Lo he cambiado por una mula de don J. Soto en Cumiyalla, otorgando por ella el correspondiente recibo.

He destruido en el mismo lugar el teléfono de los estanques de agua de Pica, para evitar que se denuncie mi viaje.

Son las 11 A. M., y diviso frente a los cerros de Pintados dos jinetes que provistos de anteojos nos observan con marcada atención. Hago poner los caballos al paso para desviar sus sospechas. Avanzan al galope y se detienen como a 100 metros de distancia para observarnos nuevamente. No me han conocido indudablemente, porque retroceden y los pierdo de vista.

A la 1 P. M. encuentro en Pique de Agua dos carreteros que han oído decir que la división Wood está en Quillagua.

A las 7 P. M. llego a Cerro Gordo dejando atrás al comisionado Canto, cuyo caballo se gasta y no puede seguir. Ordeno dejarlo botado en el camino y le mando una mula que me dan en el establecimiento.

El gerente de él, don José Benito González, me comunica que días antes una montonera revolucionaria, mandada por Timoleón Lorca, había sorprendido un propio que de Calama traía comunicaciones oficiales del intendente de Antofagasta para mí y el coronel Robles. Uno de los subalternos de Lorca, Abraham Pinto, había pasado para Iquique el día anterior llevando dichas comunicaciones, que es indudable contienen noticias sobre la división Wood.

Me cuenta asimismo que un piquete de 20 hombres, de granaderos a caballo, mandados por el capitán Luis Leclerc y el teniente Agustín Durán, el que yo había despachado el día I.º de Gallinazos, había batido en el Monte de Soledad a la montonera de Lorca, matando a un individuo y aprisionando al resto.

No me toma de nuevo la noticia, pues conociendo a Leclerc y Durán, y sabiendo la misión que los llevaba, era de esperar lo sucedido.

Después de comer, el señor González me aconseja marchar sin pérdida de tiempo, porque sabe que un piquete de 30 hombres de la caballería revolucionaria, que en la mañana había estado a buscarme en el establecimiento, volvería en la noche.

Acepto el consejo y después de remudar animales, sigo marcha, acampando a la una de la mañana en plena pampa.

MARZO 7

El frío es intenso y no podemos dormir. Son las 3 A. M., ¡arriba todos y adelante!

A las 5 A. M. tenemos a la vista el famoso y temido Monte de Soledad. La sed nos amenaza, pero uno de los comisionados me dice llegaremos pronto a la aguada. Efectivamente, a las 9,45 estamos al frente de un pequeño y sucio pozo de agua, el único a 20 leguas a la redonda.

Echamos pie a tierra y después de saciar nuestra sed con el gredoso y mugriento líquido, cedimos nuestro lugar a las bestias.

Mientras los animales descansan, aprovecho el tiempo en reconocer el terreno. Penetro en un pequeño monte de espinos y me llama la atención lo removido del suelo que acusa la reciente pasada de muchos animales cabalgares. Es indudable que allí ha sido el teatro del combate entre las fuerzas regulares de Leclerc y la montonera de Lorca.

Mi idea se confirma, viendo más allá una fosa recién abierta y una tosca cruz de madera que le presta sombra.

¡Una víctima más sacrificada inconscientemente en aras de la ambición desmedida de un puñado de hombres que han renegado la sangre que corre por sus venas!

¡Soldado de la revolución, descansa en paz y que Dios perdone tu extravío!

El descanso ha sido suficiente. Son las 10,30 A. M. y de nuevo a caminar.

Hemos andado sin cesar todo el día y no divisamos el término de la jornada. El comisionado Flores, que dice conocer el camino, me asegura que marchamos rectamente sobre Quillagua, pero yo creo que nos hemos extraviado.

¡Extraviados! ¡Y solos en el desierto! ¡Y la noche se acerca! ¡Y el agua se nos acaba!

Allá a la distancia se divisa un bulto, se acerca,... son dos... ¡estamos salvados!

Mando a su encuentro, nos hacen señas que nos reunamos a ellos, partimos a la carrera.

Es Carlos Vargas, propio y guía del piquete de Leclerc que va a Quillagua.

Seguimos juntos y a las 8 P. M. caímos sobre la ribera del Loa en medio de un inmenso y pintoresco bosque de algarrobos y pimientos.

Pero ¿y las casas del fundo? Imposible encontrarlas en la oscuridad de la noche.

Hice encender grandes fogatas con la leña esparcida alrededor para contrarrestar los rigores del frío, y acurrucados unos con otros, pasamos la noche dormitando a ratos, oyendo algunos los percances y aventuras que habían ocurrido a mis comisionados cuando la toma de la plaza de Iquique por las tropas de la escuadra.

MARZO 8

A las 5 A. M. nos ponemos en demanda de las casas del fundo, que encontramos a pocas cuadras de distancia.

Nos recibe con francas manifestaciones de cariño el antiguo amigo don Genaro Canelo, uno de los más acaudalados y activos propietarios de Quillagua.

Allí encontramos el piquete de granaderos mandados por el capitán Leclerc y los 16 prisioneros del combate de Monte de Soledad.

Se me apersona primero que todos el jefe de la montonera don Timoleón Lorca para narrarme el desastre de los suyos.

La suerte le fue adversa en el Monte de Soledad; pretendió sorprender a los nuestros, pero fue sorprendido. Se batió durante media hora, pero imposible luchar con los bravos granaderos: eran todos unas fieras; la retirada le fue imposible y fue hecho prisionero con su segundo don Alejandro Sola, antiguo preceptor de instrucción primaria y catorce de sus soldados, dejando uno tendido en el campo, aquel cuya tumba había yo visto el día antes en medio de la Soledad del Monte.

Abraham Pinto, otro de los que llamaban sus oficiales, había huido al comenzar el combate con ocho de sus soldados.

Timoleón Lorca me dice que el tal Pinto es un cobarde, un miserable ¡Bien le conocerá!

Hemos conversado un rato más. Lorca fía en su buena estrella y me dice que concluida la contienda volverá a establecerse en Iquique, donde fundará un diario para hacer la historia de la revolución. Me ofrece desde luego sus columnas para que pueda rebatir las ideas o el principio que él sustente.

Le aconsejo que para entonces no moje las puntas de su pluma en la hiel que destilaban sus artículos que provocaron las huelgas de junio y julio del año pasado, que no derrame el veneno contenido en sus publicaciones revolucionarias de reciente data.

Me voy a ver al amigo Leclerc que aún descansa de las pasadas fatigas del viaje. Allí lo encontré acompañado de los tenientes coroneles don Víctor A. Bianchi y don Manuel Saldivia, ayudantes de la división Camus, llegados la noche anterior.

Por ellos me impuse que dicha división venía aún marchando sobre el Toco y que no la mandaba, como yo creía, el coronel Wood, sino el de igual clase de guardias nacionales don Hermógenes Camus, y que sólo llegaría a Quillagua al subsiguiente día.

¡Y en Pozo Almonte se creía que esa división debía encontrarse en Cerro Gordo!

¡Ojalá que la demora no sea fatal para el intrépido coronel Robles!

Los detalles que el capitán Leclerc me da sobre el comandante de Monte Soledad, no son distintos a los suministrados por Lorca, con la diferencia que éste no hace alarde de bravura ni de heroísmo, limitándose a decirme con sencillez verdaderamente militar, que tuvo la suerte de vencer por hallarse prevenido; que él, Durán y los suyos había cumplido con su deber y que se felicitaba de no haber tenido una sola baja en su tropa, ni siquiera un contuso.

Sin embargo, de lo que Leclerc me dice, debo consignar en mi diario que, según las distintas versiones recogidas en opuestas filas, Lucho y su segundo Durán se batieron como bravos, y que. Mediante su serenidad y acertadas disposiciones, alcanzaron el más completo de los triunfos, peleando de igual a igual con la montonera enemiga.

MARZO 9

A las 7 A. M. llega a visitarnos don Ricardo Sloman, administrador de la oficina Santa Fe, del Toco, y nos comunica que por telégrafo he sabido que ayer en la tarde había fondeado en Tocopilla la corbeta O’Higgins conduciendo tropas de desembarco, ignorando su número.

Agrega que la división Camus había acampado en la oficina Santa Isabel.

A las 2 P. M. un propio de Cerro Gordo trae una carta para Leclerc, en la que el gerente de ese establecimiento, don José B. González, comunica la llegada allí de un oficial de policía de apellido Gómez con la noticia de que la división Robles había sido derrotada en Pozo Almonte la tarde del día 7.

Aunque algunos se resisten a dar crédito a tal noticia, Leclerc manda ensillar la caballada para estar listo en cualquier evento.

Con este motivo se produce cierto movimiento en el campamento y de improviso suenan dos tiros hacia el sitio donde el prisionero Lorca está con un centinela de vista.

Llega éste a comunicar que Lorca, aprovechando la llegada del propio que vio pasar a su lado y el movimiento que luego se produjo, había tratado de fugarse en dirección al río, por cuya razón y después de haberle dado por dos veces la voz de alto sin ser obedecido, se vio obligado a disparar sobre él, matándolo en el acto.

¡Otra víctima más! ¡Pobre Timoleón! Has pagado con la vida tu loca temeridad.

¡Bien había calculado que procurarías aprovechar la primera oportunidad para recobrar tu libertad perdida! ¡Querías volver a reunirte con los tuyos para seguir luchando por una causa que Dios y los hombres reprueban! La causa era mala y Dios no permitió que fueras más allá. Ya habías hecho demasiado y demasiado malo. Pero Dios te habrá perdonado como te hemos perdonado tus adversarios.

¡Paz en tu tumba! ¡Y que el cielo de el consuelo necesario a tu pobre viuda y a tus pequeños y huérfanos hijos!

Leclerc se resuelve a esperar al oficial Gómez que viene de Cerro Gordo para cerciorarse por completo de la noticia enviada de aquel establecimiento.

A las 3 P. M. me pongo en marcha con los comandantes Saldivia y Bianchi para llevar la desastrosa noticia al coronel Camus.


A las 8 P. M. nos hemos detenido a comer en la oficina de Santa Fe, emprendiendo de nuevo la marcha después de concluida esta necesaria operación.

DEL DESIERTO A LA CORDILLERA CON EQUIPO DE VERANO

MARZO 10

A las 2,30 A. M. hemos llegado al campamento de la división situado en la ribera del Loa y en un paradero o posta denominado del huaso González, por residir allí desde muchos años atrás un chileno de este apellido.

Me hago introducir a la habitación del coronel Camus y le comunico la misión de que estoy encargado, agregándole la noticia del desastre del coronel Robles.

Me dice que esta última la oyó circular como rumor, en la mañana, en la oficina Santa Isabel, pero que no le ha dado entero crédito.

Oigo que me llaman de dos puntos diferentes. Son los antiguos amigos Juan Félix Urcullu y Santiago Herrera Gandarillas, comandante del Andes y Linares respectivamente, que tras largos años de separación han reconocido mi voz. Los veo allá recostados sobre el duro suelo, mullido lecho para el soldado en campaña, descansando de la fatigosa marcha del día.

Conversamos ligero rato sobre las noticias de que era portador y nos damos las buenas noches o los buenos días, y como ellos tomo la horizontal sobre los escasos avíos de mi montura.

A las 6,30, dudando aún el coronel Camus de la derrota de Robles, pone en marcha la división camino de Quillagua. Se me ordena avanzar con el mayor don Nicolás Yávar, jefe de Granaderos, para destruir el ferrocarril del Toco. Al llegar a la oficina Santa Fe recibimos contra-orden, debiendo esperar el arribo de la división. Esta llega a las 6 P. M. y 30 minutos después todos seguimos marcha, después de haber sido galantemente atendidos por el administrador del establecimiento, don Ricardo Sloman, antiguo y querido amigo de La Noria.

El capitán Leclerc y sus granaderos nos esperaban en la oficina y contramarchan con la división.

Esta trae como guía a un viejo boliviano de apellido Palalo, que el año 79 sirvió, en la clase de capitán, a las órdenes del capitán Ladislao Cabrera en la defensa del pueblo de Calama, donde reside cultivando unos potreritos de alfalfa en compañía de un hermano suyo. Es activo, servicial y de un carácter bonachón.

MARZO 19

Anoche el buen Palalo nos extravió el camino haciéndonos dar un gran rodeo, por cuya razón sólo a las 8,30 A. M. Hemos llegado a Quillagua.

A la vista de la hermosa y exuberante vegetación de aquella larga y estrecha ribera, a la vista de las cristalinas aunque salobres aguas del Loa, la tropa, que ha marchado ocho días por sobre las candentes arenas del desierto, cobra ánimos y el contento es general.

Bajo la sombra de los frondosos pimientos y algarrobos se forma el campamento de los batallones Buin, Andes y Linares, que son los cuerpos expedicionarios.

El Estado Mayor acampa en las casas del señor Canelo, donde él, su hijo Ignacio, el administrador del fundo don Arturo Malbrán y su distinguida esposa se disputan a porfía el derecho de prodigarnos sus más exquisitas atenciones.

¡Qué ricos son los choclos de Quillagua, qué tiernos y qué abundantes!

Se ha ordenado darlos a la tropa a discreción y a nosotros... hasta reventar.

A las 4.30 P. M. llega de Cerro Gordon don Benito Requejo, rico comerciante español, traficante en granados, confirmando el desastre de Pozo Almonte y aseverando que montoneras revolucionarias recorrían los caminos de Cerro Gordo y Monte Soledad.

Aún no se da crédito a la derrota del coronel Robles y Camus despacha propios a Tocopilla, Calama, Huatacondo y Cerro Gordo para cerciorarse de la efectividad de ello.

Reina gran ansiedad en el campamento.

MARZO 12

La tropa ha descansado bien, se ha alimentado mejor y espera entusiasta la orden de avanzar.

No se recibe ninguna noticia sobre la división Robles.

A las 9.15 las postas colocadas en el cerro norte del campamento anuncian una enorme polvareda que avanza hacia nosotros. ¿Es el enemigo? Se toca tropa y antes de cinco minutos varias compañías del Linares, Andes y Buin coronan las alturas. El coronel Camus, sus ayudantes y la caballería van adelante. Hemos corrido una legua. El enemigo se ha convertido en dos carretas rezagadas de la división, conductores de víveres que levantan más tierra que una legión de demonios.

El percance ha sido grande. Se nos manda regresar y lo hacemos con las caras mustias.

Sin embargo, ha servido la alarma de un lucido y práctico ejercicio.

Los cuerpos movilizados se han portado a la altura de los más bizarros cuerpos del ejército. Los reclutas del Andes y del Linares han trepado los cerros con la agilidad del gamo a la par que los bravos del Buin, dispersos en guerrillas, enhiesta la mirada y empuñando el rifle con la nervuda mano del que va dispuesto a clavar el yatagán en el pecho dele enemigo servil y miserable, que por unas cantas monedas se ha prestado para asesinar traidoramente a la madre que le dio el ser a la madre Patria.

¡Bien por los soldados que mandan Camus, Pérez, Urcullu, Herrera, Yávar y el gabacho Leclerc!

A las 2 P. M., un caballero argentino, traficante en ganado vacuno, llega de Calama y nos dice que el 9 del presente, se sublevó en Antofagasta parte de las tropas pertenecientes a los batallones movilizados Talca y San Felipe y que a consecuencia de ello ha habido un tiroteo con el Blanco y algunas lanchas de ese buque.

MARZO 13

La tropa sigue contenta en su campamento. El agua del Loa bastante salada, comienza a enfermar a la tropa; pero los doctores Mandiola y Casanova atacan con energía el mal y obtienen felices resultados.

A las 11.30 A. M. llega de Calama el comandante de la policía de ese pueblo, señor Santelices. Se confirma oficialmente la derrota de Robles, y en vista de ello se dan las órdenes del caso, a fin de que la división esté lista para contramarchar hacia Calama en la tarde del día siguiente.

En la noche el capitán Leclerc me invita juntamente con Bianchi y Saldivia a su alojamiento y a los pocos momentos nos traza sobre tersa hoja de papel el más notable plan de retirada, que militar alguno pudiera concebir.

Reímos de buena gana con la broma del amigo Lucho y nos retiramos a descansar.


MARZO 14

Se notan en el campamento los aprestos para la marcha. El simpático y caballeresco amigo y administrador de Quillagua, don Arturo Malbrán, su amable esposa, el señor Canelo y todos los dependientes del fundo van de aquí para allá, afanosos e incansables, recogiendo los últimos choclos para cocerlos, y el fruto abundante y exquisito de los numerosos membrillos para obsequiarles a oficiales y tropa.

No hay quien no tenga para ellos una palabra de gratitud por las innumerables atenciones que nos han prodigado.

Poseen en alto grado los señores Canelo, Malbrán y los suyos el sentimiento del patriotismo, aman la causa santa del orden y de la Constitución y aprovechan la oportunidad de demostrar sus simpatías a los defensores de ella.

¡Bien por esos dignos ciudadanos y bien por nosotros que hemos recibido sus favores!

A las 3 P. M. se emprende la marcha rumbo a Calama. No hemos tenido novedad en la noche.

MARZO 15

A las 7 P. M. pasamos por frente a la oficina Santa Fe. El administrador de ella nos dice que es posible nos salga el enemigo a cortar la retirada, pues tiene aviso de que pretendían salir de Tocopilla las tropas que habían dejado en aquel puerto la O’Higgins y el Aconcagua.

A las 11.40 A. M. llegamos al campamento del huaso González.

Aquí el coronel Camus recibe pliegos de Calama.

Después del rancho de la tropa nos encaminamos a la oficina de Santa Isabel.

Se ordena adelantarse al comandante del Andes, teniente coronel don Juan Félix Urcullu, para que destruya los aparatos telegráficos y telefónicos de la oficina. Lo acompañan en esta comisión los comandantes Bianchi y Saldivia.

A las 7.30 el coronel Camus, sus ayudantes, sargentos mayores V. Subercaseaux, Eduardo Mardones, teniente Tuñón y yo nos trasladamos a Santa Isabel. La tropa queda en su campamento, con excepción de la caballería, que también marcha a la oficina.

El mayor Yávar y capitán Leclerc reciben orden de salir con un piquete de Granaderos a destruir parte de la línea férrea de Tocopilla al Toco.

MARZO 16

Se aguarda con impaciencia llegue de Calama la caballería del coronel Vargas para emprender con ella algunas operaciones, pues la nuestra está mal montada y apenas alcanza a treinta hombres.

Se mandan treinta soldados del Linares para ayudar a los trabajos de la destrucción de la línea del ferrocarril.


A las 4.30 P. M. llegan de Calama veinte hombres del escuadrón Dragones, al mando de un alférez Encina. Traen todos ellos buenos caballos. El alférez es un tipo especial. Habla hasta por los codos y se dice un segundo Fierabrás.

HOSTILIZADOS POR FUERZAS MUY SUPERIORES

MARZO 17

A las 9 A. M. salen los 30 dragones al mando del Fierabrás de la víspera para reemplazar a los Granaderos y Linares, que acaban de regresar al campamento, en los trabajos de la línea férrea.

Van a dirigir estos los comandantes Santiago Herrera Gandarillas y Manuel Saldivia, teniente Robles y alférez Medina.

A las 11 regresa este último acompañando a don Siegfred Berheuts, jefe del tráfico del ferrocarril de Tocopilla, que es portador de un pliego protesta del vicecónsul inglés en aquel puerto. Mr. W. H. Williams, por supuestas  prisiones de algunos de sus súbditos efectuadas por el coronel Camus.

Probablemente en un momento de profundo sueño, fue sorprendido el vicecónsul de S. M. B. con tal noticia, y sin meditación ninguna, envió la protesta aludida.

No sé qué cara pondrá Mr. Williams al saber que sólo en su mente han ocurrido las prisiones de los empleados de las “Santa Isabel, Anglo Chilian Nitrate Company”, de los señores Concha y Toro, Walker Martínez y otros de la majada revolucionaria.

Se comisiona al comandante Santelices, de la policía de Calama, para que vaya a Tocopilla a tomar noticias del enemigo.

A las 2.30 P. M. llegaron a la oficina los comandantes Herrera G. y Saldivia y el teniente Robles, comunicando que el alférez Encina, con sus veinte soldados se había marchado a Tocopilla a ofrecerlos a la escuadra.

Venía Encina resuelto a dar este paso desde su salida de Antofagasta, donde según sus propias expresiones, se había comprometido (¿?) con los revolucionarios.

Antes de marcharse Encina concibió la idea de asesinar a sus jefes los señores Herrera G. y Saldivia, como también al teniente Robles, el cual había sido su compañero de colegio y con el que aún conservaba relaciones de Amistad.

Robles escapó de las garras del moderno Fierabrás y pudo comunicar lo que ocurría a Herrera G. y Saldivia, que habían quedado tomando ligero desayuno en la estación de Puntillas, gracias a lo cual pudieron salvar de un peligro inminente, regresando a la oficina para comunicar lo ocurrido.

Tras de ellos y media hora más tarde llega Santelices a pie. El caballo, un hermoso moro, de propiedad del corrector de Santa Isabel, se lo ha robado el alférez Encina, quitándoselo a viva fuerza. También se hizo entregar el dinero que Santelices llevaba consigo y su reloj de plata; enseguida ordena dispararle dos tiros de carabina, que afortunadamente no le hieren y volviendo la grupa de sus caballos paren a escape en dirección a Tocopilla, quedando Santelices sólo y a pie en medio de la pampa.

¡Bien se inicia el joven Encina en la carrera revolucionaria! ¡Poco  o nada tendrán ya que enseñarle sus nuevos jefes!

A las 3.20 P. M. llega propio de Calama con pliegos para Camus.

Se resuelve levantar el campamento y ponerse en marcha.

Se sacan las válvulas y otras piezas de la maquinaria elevadora de salitre que se llevan con la división.

Esta operación es dirigida y llevada a efecto por el teniente coronel Urcullu.

A las 9 P. M. comenzamos la nueva jornada acampando en el Sorronal.

MARZO 18

Hemos caminado todo el día y acampamos en Chacauce, antiguo establecimiento para moler metales, que la crecida del Loa del año 84 destruyó por completo.

MARZO 19

Hemos hecho la primera jornada del día y llegamos a Miscante.

Víctima de furiosa pulmonía perdimos anoche a uno de nuestros valientes compañeros, soldado del Buin y ¡coincidencia rara! Se le acaba de sepultar en una fosa que él descubriera días antes para aprovechar la cruz que la señalaba y el ataúd que contuvo otros restos a fin de encender una fogata y calentar sus ateridos miembros.

¡Quién le dijera que inconscientemente y a remedo de los austeros trapenses habría cavado por propia mano la tumba llamada a guardar sus despojos fuera de la Patria, lejos, muy lejos de la familia!

¡Caprichos de la humana naturaleza!

MARZO 20

Hemos pernoctado en San Salvador, pequeño descanso y refresco de viajeros, situado entre las márgenes del río que le da su nombre y el Loa que hemos venido orillando durante todo el camino.

A las 4.30 P. M. nos ponemos en marcha para acampar a las 12 M. En plena pampa en un paraje sin nombre conocido.

MARZO 21

A las 9.30 A. M. llegamos a Opache, llamado por los nuestros el campamento de Siberia, a consecuencia del frío glacial que sintieron allí al pasar la primera noche de la salida de Calama.

A las 4.30 P. M. llega la división a Calama, donde es esperada por la banda de músicos del batallón Mulchén, jefes, oficiales del ejército y empleados civiles del pueblo y de Antofagasta.

Aquí se comunica que las autoridades y las pocas fuerzas que guarnecían aquella ciudad se habían retirado de ella el 19 del mes en curso después de sostener el día antes un reñido tiroteo con el Blanco Encalada y algunos trasportes de la Escuadra sublevada, durante el cual la tropa de la brigada de artillería de Antofagasta y un piquete del batallón Mulchén habían hecho prodigios de valor.

Las fuerzas de Antofagasta han llegado a Calama sin una pieza de artillería, la división Camus no posee tampoco esta arma; la caballería no sube de 80 hombres ¿qué haremos en un caso de ataque del enemigo?

Los cuerpos llegados de Quillagua se distribuyen en diversos puntos de la población, y el Estado mayor va a ocupar la casa en que funciona la oficina del Registro Civil, cedida por su propietario, mi antiguo amigo y colega don J. R. Lira.

Los jefes y oficiales del Mulchén me ofrecen la casa que ellos ocupan y se disputan entre sí las atenciones que me prodigan, por cuya razón dejo aquí consignados mis agradecimientos.

MARZO 22

Se dice que el capitán de Dragones, don Carlos Valdivieso, mandado con 50 hombres a sofocar un alzamiento de peones en Caracoles, se ha vendido a los revolucionarios, pero muchos no dan crédito al rumor. Más bien se acepta la idea de que ha sido sorprendido y tomado prisionero en el camino.


MARZO 23

No ha ocurrido nada de nuevo en este día.


MARZO 24

He oído decir a varios jefes y oficiales que saben positivamente vendrá el enemigo a atacarnos desde Antofagasta y Tocopilla, y creen los mismos que la resistencia es imposible por carecer de artillería y caballería, elementos de que disponen los contrarios.

Anoche se ha reunido un consejo de oficiales superiores y por mayoría de votos se acordó permanecer en Calama y preparar la resistencia.


MARZO 25

Se practican ejercicios militares por los cuerpos de la plaza, y reconocimientos de campaña fuera de la población.


MARZO 26

Han circulado en el día diversos rumores sobre salidas de tropas de Antofagasta para atacarnos.


A las 9 P. M. los batallones Buin, Andes y Mulchén salen a acamparse a orillas del río, pues se teme que el enemigo nos prepare una sorpresa. Los demás cuerpos quedan con el arma al brazo y todos están listos para combatir.

BIENVENIDOS A BOLIVIA

MARZO 27

Al amanecer regresan a sus cuarteles las tropas que anoche salieron fuera de la población. El enemigo no se presentó.

Llega un piquete del Buin y los Gendarmes de Antofagasta, que estaban destacados en Sierra Gorda.

Varios trenes artillados con fuerzas enemigas habían tratado de llegar a ese punto, pero no pudieron ejecutarlo por encontrar obstáculos en la vía férrea en algunas partes y por haber sido destruida en otras.

En consejo de oficiales generales se acuerda evacuar la plaza de Calama y a las 2 P. M. está toda la División fuerte de 2.200 hombres en la estación del ferrocarril.

Comienza a efectuarse esta operación con todo orden y regularidad.

A las 4 P. M. sale el primer convoy, a las 5 el segundo y a las 9 el último. En éste marchan el Intendente de Antofagasta, señor Enrique Villegas y todos los empleados civiles.

La caballería ha salido a las 7 P. M. para San Pedro de Atacama, llevando además algunas carretas con víveres, caballos y mulas en regular número.

MARZO 28

Al amanecer llegamos a Acotan después de haber atravesado durante la noche las estaciones de Cere, Conchi, San Pedro y Polapi y el famoso puente del Loa, que es considerado como uno de los más altos del mundo.

El frío que hace es terrible y que menos, si estamos al pie de la cordillera y a no menos de 16,000 sobre el nivel del mar.

El castañeteo de los dientes forma una música especial y todos se preocupan de encender pequeñas fogatas para calentar los entumecidos miembros. El té, el café y la simple agua caliente se sirven en profusión y posee un tesoro el que cuenta con unas pocas cucharadas siquiera de aquellos refrigerantes líquidos.

A las 8. A. M. El pito de las locomotoras anuncia que nos ponemos en marcha y, durante el trayecto que nos separa la de la estación de Ollagua, nos es dado contemplar la obra majestuosa de la naturaleza, divisando aquí páramos inmensos, allá las hermosas lagunas de Ascotán y Carcote, a todos lados los Andes soberbios, coronados de perpetuas nieves y en medio de ellos la inmensa espiral de humo y fuego que arroja por su cráter el volcán Ollagua.

A las 11 A. M. llegamos a la estación de este nombre, después de cruzar y detenernos momentáneamente en la de Cebollar.

Aquí nos anuncian que debemos esperar la llegada de dos representantes del sub.-prefecto de Uyuni, coronel don Adolfo Flores, que son portadores de instrucciones del Gobierno boliviano con referencia al paso de nuestra división por el territorio de aquella nación.

En efecto, a las 7 P. M. llegan el comandante don Casto Julio Suárez y don Zacarías González, secretario éste del coronel Flores.

MARZO 29

Amanecimos en Ollagua esperando la llegada del último convoy que había quedado en Ascotán.

En la conferencia habida entre los delegados bolivianos y los señores Enrique Villegas y coronel Camus, se ha acordado que el desarme de nuestras fuerzas tenga lugar en esta estación, última en territorio chileno, y que la entrega de armamento habrá de efectuarse en la ciudad de Pulacayo.

Comienza a efectuarse la operación del desarme después de haberse leído la siguiente orden del día: “Señores jefes, oficiales y soldados de la división de Antofagasta:

No existiendo los elementos necesarios para batir a los enemigos de la Patria y de la Constitución en este territorio, necesitamos volver al centro de la República para prestar con verdadero provecho nuestros servicios al Supremo Gobierno.

Para ello se hace preciso atravesar por territorio extranjero; y bien sabéis que uno de los principios más sagrados del Derecho Internacional es respetar la soberanía y la ley general de las naciones en virtud de la cual es absolutamente prohibido introducir tropas armadas en territorio neutral y amigo.

Vamos a depositar nuestras armas en manos honradas y nobles cuya cortesía y facilidades para nuestro cómodo tránsito han comprometido nuestra gratitud, y volveremos a tomarlas en nuestra hermosa capital a fin de cooperar, con toda la energía de nuestra alma, al restablecimiento de la paz, en mala hora ultrajada por hijos descarriados.

No se os ha presentado por ahora la oportunidad de poner a prueba vuestra bravura y lealtad a favor de la República; sin embargo de que también se necesita fuerza de voluntad para dominar, aunque sea por corto tiempo, la ansiedad que el amor de la Patria os inspira para batiros en su honor; pero si hacemos con paciencia, orden y entusiasmo la travesía hasta arribar la división en perfecto estado de disciplina y valor a nuestra capital, encontraréis muchas y brillantes oportunidades para manifestar a S. E. El Presidente de la República que vuestro honor, lealtad y amor a nuestras sagradas leyes han ocupado y siguen ocupando un lugar preferente en vuestros honrados y valientes pechos.

Vuestra conducta en el desierto ha sido digna de los soldados chilenos y espero confiadamente de vuestro patriotismo y virtudes cívicas que la orden del día que se dará a nuestra llegada al centro de la República será escuchada por los mismos valientes ciudadanos a quienes se dirige la presente, sin que falte uno solo a esta cita de honor, para que continuéis dando a la Patria días de gloria y de ventura.

Vuestro jefe y amigo

H. CAMUS

No han faltado en este acto sus notas discordantes.

Algunos oficiales y alguien con honores de jefe, ignorando por completo el derecho de soberanía de las naciones, desconociendo en absoluto las leyes que reglan las relaciones internacionales de los países, han pretendido romper sus espadas para no depositarlas en manos de un gobierno amigo.

¡Bien dice quien dice que Don Quijote, a pesar de haber muerto célibe, dejó numerosos descendientes!

A las 2.50 P. M. un convoy conduciendo el armamento y a los señores Villegas, Camus, ayudantes de Estado Mayor y algunos empleados civiles, se pone en marcha hacia la estación de Chiguana, primera del territorio boliviano, donde nos aguarda  el coronel Flores, subprefecto de la provincia de Uyuni.

A las 8 en punto atravesamos la raya que separa a Chile de Bolivia y todos a la vez damos un adiós silencioso a la Patria querida.

A las 3.40 P. M. se ofrece a nuestra vista, flameando sobre elevado mástil la bandera del iris, la bandera de Bolivia, cuyos pliegues, flotando al viento, nos envían cariñoso y fraternal saludo.

Estamos en Chiguana y, al detenerse el tren, descendimos los viajeros, al mismo tiempo que la “Columna Uyuni”, compuesta de cuarenta individuos de tropa, al mando de su jefe el sargento mayor don Simón Colodro, formada en batalla a lo largo del andén tercia sus rifles, ofreciéndonos con este saludo militar una prueba más de la favorable acogida que nos aguarda.

El coronel don Adolfo Flores, vestido de rigurosa parada, nos sale al encuentro para ofrecernos un corto descanso y algunos refrescos.

Igual cosa hace el comandante Suárez invitándonos a beber una copa en un carro-cantina de campaña.

Allí el sargento mayor don Alejandro Bustamante, pidió a sus compañeros de expedición saludar, copa en mano, al noble y generoso pueblo boliviano, agradeciendo la franca hospitalidad que nos ofrece. Las elocuentes y patrióticas frases del mayor Bustamante fueron aplaudidas con frenético entusiasmo.

Con no menos elocuencia contestó el comandante Suárez, agradeciendo la manifestación que se hacía al pueblo de Bolivia, el cual, olvidando pasados rencores, abría cariñoso sus brazos a los hijos de la nación hermana, ofreciéndole franco paso por su territorio en los momentos en que, azares de la vida política, lo habían arrojado a él.

 Con unísonos vivas a Bolivia y Chile terminó esta corta pero significativa manifestación de la confraternidad internacional.

Mientras tanto los señores Flores, Camus y Villegas han pactado la entrega en depósito del armamento de la división en la ciudad de Pulacayo, donde habrá de recibirlo el delegado ad hoc del Supremo Gobierno de Bolivia, don Guillermo Leiton.

Arriada la bandera boliviana, se embarcan en el convoy nuestros jefes, el coronel Flores y sus ayudantes y la “Columna Uyuni”, para seguir hasta la ciudad de este nombre, asiento de la subprefectura.

A las 7 P. M. nos detenemos un instante en la estación de Julaca y a las 10 P. M. llegamos a la de Uyuni, donde la guardia nacional de esta ciudad nos espera con armas terciadas. Enseguida marchamos al hotel Baubillard, donde se nos esperaba con una excelente comida.

Recibiendo las manifestaciones que nos prodigaban a porfía las autoridades, jefes militares y respetables vecinos de la ciudad, penetra al gran comedor del hotel un individuo en completo estado de ebriedad y nos lanza una andanada de los más torpes insultos, de los más crasos dicterios. Un compañero trata de castigar con sus puños al insolente, pero la policía de Uyuni no le da tiempo, pues lo atrapa y lo hace conducir al cuartel a dormir la soberana mona.

Averiguando quién es él, nos dicen que es un chileno de apellido González, zángano de profesión, recién llegado de Iquique para hacer propaganda revolucionaria.

¡Buen tipo de revolucionario es el tal González! ¡Cómo todos ellos! Trayendo a colación mis recuerdos, saco en limpio que había conocido al González en Iquique, desempeñando cierto papel en cierta casa de las muchas que abundan en aquella ciudad, emporio del salitre y del yodo.

El alojamiento es difícil en el hotel: todos los cuartos están ocupados, y aunque muchos de los vecinos de la localidad han ofrecido sus propias habitaciones a nuestros compañeros, yo me he quedado sin lecho donde recostar mi larga y estropeada humanidad.

Un alojado del hotel, el señor Carlos E. Moore, agente viajero de la casa Aramayo, Francke y Cª, chileno de nacionalidad, ha oído tal vez mis quejas y se acerca generoso para ofrecerme su propio cuarto y su propia cama, que acepto después de mil excusas.

El señor Moore me dice “que tiene placer en auxiliar, aunque de escaso modo, a un partidario de la causa del orden de su patria, a un servidor del Excmo. Señor Balmaceda, a quien profesa respetuosa veneración por su actitud digna y levantada en la situación a que lo han arrastrado los malos hijos de Chile”.

Esta espontánea y leal manifestación del señor Moore me compensa de sobra el mal rato que pasara oyendo las torpes injurias del ciudadano González.

MARZO 30

En la madrugada de hoy se ha hecho la entrega del armamento en Pulacayo. Esta operación se ha ejecutado bajo la inmediata dirección del teniente coronel don Nicanor Donoso, comisionado al efecto.

Se designa como campamento para la tropa el lugarejo denominado “Posta Vieja”, a 5 kilómetros de Uyuni.

Comienzan a llegar a él los distintos cuerpos que forman la división.

A la hora de almuerzo, el ciudadano González, el revolucionario de la noche anterior, vuelve a molestarnos con sus injurias soeces y su habitual lenguaje de taberna.

La policía, que le acababa de dar suelta, lo mete nuevamente a chirona.

He salido a recorrer la población que es de reciente data, pues sólo se inauguró oficialmente el 6 de agosto de 1889.

Levantada sobre una vasta planicie, sus edificios que ocupan hasta hoy un perímetro de cuatro a cinco cuadras, son construidos de piedras y cal en su mayor parte y están destinados a casas de comercio, de las cuales hay algunas de importancia.

Los edificios destinados a estación del ferrocarril y habitaciones del personal de empleados, son de madera y su aspecto elegantísimo.

La ciudad de Uyuni, capital de la provincia de Porco, del departamento de Potosí, no tiene vida propia y se mantiene con las transacciones que le procuran los asientos mineros de Huanchaca, San Cristóbal de Lipez y algunos pueblos indígenas del interior.

La mayor parte de la población de Uyuni es extranjera, descollando en número los chilenos, empleados y trabajadores en las diversas secciones del ferrocarril de Huanchaca.

Unos cuantos de éstos, con sus pretendidos sentimientos revolucionarios, nos molestan a cada momento y procuran, por todos los medios a su alcance, hacer que la tropa nuestra se regrese a Antofagasta para servir en las filas de los sublevados.

¡Pretensión inútil, pues los soldados nuestros saben a quién sirven, tienen conciencia de sus actos y no permitirán jamás que se les tilde con el apodo de traidores!

Noté que en Uyuni, población ya numerosa en habitantes, no hay un solo médico ni un mal botiquín y no comprendo cómo no se le ha dotado aún de tan indispensables servicios.

Aquí nos encontramos con una grave dificultad para efectuar nuestras transacciones de hospedaje y abastecimiento. El billete chileno, recibido con alguna dificultad, sólo vale la mitad de su precio efectivo, pues en Bolivia circula la plata sellada de 9 décimos de fino y el billete, que también lo hay, se cotiza a la par de la plata.

Aparte de la enorme diferencia de cambio que tiene nuestra moneda, los precios de las mercaderías son exorbitantes. Por ejemplo, un par de zapatos de pacotilla vale 10 a 12 bolivianos, o sea 20 a 24 pesos chilenos; un atado de cigarros chilenos 20 centavos de boliviano, o sea, 40 centavos de nuestra moneda y así los demás artículos, ya sean de consumo o prendas de vestir.


A este paso la renta que disfrutamos viene a quedar reducida a su más simple expresión.